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Indicadores Verbales
Indicadores Verbales
Indicadores verbales de tendencias sobre arraigo y desarrollo de la familia en las comunidades rurales de la Argentina siglo XXI
 
                   Por Olga Fernández Latour de Botas
                            Universidad Católica Argentina


La preocupación por el país interior, por aquella “Argentina profunda” de la cual con pasión personal  y contagiosa nos habla Eduardo Mallea , posee  ahora características muy diversas a aquellas de las cuales se partía en la década de 1930.  El mundo ha cambiado y, así como se han producido grandes cataclismos bélicos, se han creado, desmoronado y reproducido bajo otras formas, muros materiales, morales y comunicacionales que entonces eran imprevisibles. Hoy las aspiraciones al arraigo y al desarrollo no siempre corren juntas, como entonces era frecuente, y,  en la mira de los jóvenes, especialmente, “desarrollo” es meta  que exige un anterior desarraigo, una ruptura con la costumbre, con la tradición. Esta actitud parece haber sido alentada especialmente desde el mismo sistema educativo en el cual se ha opuesto con singular énfasis la supuestamente virtuosa “escuela nueva” a la  “escuela tradicional”, calificada de obsoleta.
     En los días en que Mallea escribía  aquellos trabajos paradigmáticos en los que opone la mentalidad del hombre conformista, frente a la del que se rebela y la del arraigado a su tierra, frente a la de aquel “cuya región es el aire”, la Argentina era una fiesta  o al menos parecía serlo hasta que la mirada del escritor se posaba en la decadencia de valores que había invadido a la gente  por influencia de un recién iniciado auge del consumismo y del endiosamiento del “tener”.  Por su parte Ezequiel Martínez Estrada, que mostrara su pesimismo en 1933 en Radiografía de la pampa  y también en 1940 ante La cabeza de Goliath, la sobredimensionada capital porteña, ya había dejado en su evocación del pago natal “San José de la Esquina” (Argentina, 1927), la clave de tanto desaliento. Esa clave es para mí, precisamente,  la de la fiesta triste, aguada por el incomprensible y casi imperdonable llanto de su madre (a quien entendemos como metáfora de la Argentina), que ponía fin a las ilusiones, las esperanzas, las expectativas. En ambos autores la preocupación por la conformación inarmónica de nuestra distribución poblacional y de nuestras riquezas tangibles o potenciales quedaba sin propuesta de solución. E influía, sin duda, más en el plano de la literatura que en el de la política. Pero la génesis del problema parece residir en que siempre se miró al país interior desde su afuera, desde las ciudades cosmopolitas, en lugar de intentar hacerlo desde los enclaves profundos de las plurales conformaciones de su identidad regional y colectiva.
     En la Argentina lo más notorio, de acuerdo con mi enfoque del tema que se basa en la observación y estudio de las comunidades con alto componente de patrimonio tradicional vigente, es el cambio de rumbo en materia de costumbres y de creencias respecto de los modelos antes  prestigiosos – equilibrados por la tradición aunque no siempre angélicos ni ideales-,  por la penetración sin pausa de los introducidos por la cultura mediática y por la propaganda política. 
- Del pago nativo a la villa de emergencia: cambios en las pautas de conducta y en sus denotadores de prestigio.
     Cuando hace más de dos décadas proponía yo como definición de folklore (en tanto cultura popular tradicional, anónima, de transmisión oral y empírica, localizada, funcional a la vida de sus portadores y socialmente vigente), la que lo caracterizaba como: “Una síntesis esencial del ejercicio de la libertad creadora por parte del pueblo, en relación con sus modelos”, debí introducir también una imprescindible relación entre mi concepto de “modelo” y otros contenidos semánticos  dados al mismo lexema.  Afirmaba entonces:
“/…/ podemos decir que el folklore de un grupo social dado, como patrimonio fenoménico y como conjunto de los comportamientos en que dicho patrimonio se manifiesta externamente, merece ese nombre en consideración de la relación existente entre tales bienes y tales conductas con otros bienes y otras conductas de procedencia endógena o exógena que  han sido sus modelos.”  
    Definimos a estos modelos como respuestas culturales, de funcionalidad probada en algún segmento social, que trascienden su circunstancia original y son adoptados como paradigmas aglutinadores e identificantes  no solo en el núcleo que los generó –donde a veces solo perduran durante poco tiempo-  sino también en otros que, al adoptarlos, adaptarlos, colectivizarlos y transmitirlos generacionalmente, los hacen suyos en propiedad indiscutible y les otorgan un alto grado de prestigio.
   No debe confundirse aquí al concepto de “moda” con el de “modelo”. La moda es, entendemos, una propuesta cultural basada en el gusto por la renovación de los hábitos preexistentes, que afecta extendida pero superficialmente a la cultura y a la sociedad, y que es reemplazada por otra moda tras un lapso, generalmente breve, de auge, al que sigue la decadencia. En cambio el modelo, decíamos “es una resultante depurada de la cultura que surge cuando un hecho no solo es propuesta sino también respuesta funcional a las necesidades del grupo que la usufructúa”. La aceptación de un bien cultural en función modelizante, por parte de la comunidad receptora, implica una suerte de muerte y resurrección del modelo-semilla, como recurso promisorio de una a veces plurisecular permanencia.
     La metáfora de la siembra es siempre tan rica que resulta difícil sustraerse al deseo de continuar explotando sus casi inagotables capacidades para generar recursos retóricos y abrirse en imágenes adecuables a distintos contextos. Pero, a fin de no abundar en este sentido, nos quedaremos por ahora en la simple idea de explorar  las características actuales del terreno en el cual nos proponemos evaluar las posibilidades de arraigo o, por el contrario, los elementos desarraigantes que es dado establecer con referencia al objeto de nuestro interés: la familia y su desarrollo en el  contexto de una Nación integrada a partir de su esencial federalismo.  
    El arraigo y el desarrollo de la familia en su conjunto y de sus individualidades constituyentes, en la variedad de sus distintas circunstancias, se han visto afectados por los modelos imperantes, que llegan a todos los rincones del país a través de los medios de comunicación  y del mismo corpus narrativo elaborado por los individuos  desgajados del ser cultural nativo, repertorio que, naturalmente, adquiere proyecciones casi míticas entre los que aún se mantienen en el lugar de origen. Son emergentes y al mismo tiempo administradores de sustancia nutricia para tales procesos, tanto la literatura contemporánea como sus puestas en escena en espacios teatrales  o las exteriorizaciones poéticas de su vigente “cancionero”,  tanto los argumentos de telenovelas como el contenido irrefrenable de los noticieros. Todo ello llega a las zonas rurales de nuestro país lo mismo que a las grandes ciudades. La globalización actúa incontrolablemente y la pérdida de prestigio de los valores ancestrales en los medios más debilitados por carencias tecnológicas y  económicas, favorece su  fuerte impacto modelizador. Sin embargo, en el contexto de repertorios caracterizados por el nihilismo de sus mensajes  y, en muchos casos, por su decidida obscenidad, se encuentran obras de autores que no han perdido los vínculos con afectos familiares y, sobre todo, lo que es notable, en quienes persiste un profundo trasfondo de la tradición monoteísta judeo cristiana y de la trascendencia del espíritu.  No es posible intentar aquí, por la obligada síntesis que el medio exige, un diagnóstico contrastivo de los modelos existenciales que surgen del canto popular: folklore y proyecciones del folklore argentino, incluido el Tango suburbano versus Rock’n roll, Cumbia villera, Reggae, narco corrido y otras formas actuales del canto de estos géneros musicales, de fuerte impacto en Latinoamérica, considerados aptos para la circunstancia del baile social tanto como para su audición en conciertos, generalmente de multitudinaria concurrencia.  Del primer grupo poseemos una extensísima bibliografía, a partir de los Cancioneros populares recogidos por Juan Alfonso Carrizo y otros estudiosos de todas las áreas culturales del país, que se complementa con lo que corresponde al tratamiento de la poesía gauchesca, de la nativista y de la de corte costumbrista apta para su difusión  por medio del canto en el ámbito de lo que técnicamente llamamos “folklore de proyección”  y que es lo que el público en general denomina “folklore” en términos del canto, la música y el baile.   En cuanto al segundo grupo trataremos de proporcionar algunos ejemplos de estos materiales que han sido estudiados en detallados trabajos sobre  la Historia del Rock nacional y de la Cumbia argentina que, de ser especie popularizada incluso en los ámbitos de la música popular tradicional,  deriva, a fines de la década de 1990, en la  llamada Cumbia villera . Por lo demás, están a disposición de todos, no solo en Internet sino también en los lugares donde se venden publicaciones relacionadas con este tipo de literatura y con otros temas asociados  (como los kioscos de los aeropuertos donde, para sorpresa del viajero, se encuentran prospectos relativos a las bondades de la cannabis sativa, más conocida como marihuana.)
     Algunos de los ejes temáticos que consideraremos en función del arraigo y el desarrollo de las personas  son la religiosidad esencial,  la familia y sus constituyentes, el lugar al que se pertenece, la casa; el trabajo, los hombres, las mujeres, los ancianos, los jóvenes, los adolescentes, los niños; y también los con capacidades diferentes y los marginados por cualquier causa o efecto.  
Para completar la lectura pulsar         Educación no formal-folklore- enlace 01

Nuestro deseo es coadyuvar en intentos de tanta importancia como el que enuncia el doctor  Ignacio Garda Ortiz en su obra Gobernar para las familias , comentado con erudición por Germán Masserdotti en el número 30 de Civilidad  , donde, entre otros conceptos que revelan profundo conocimiento de la realidad actual de la sociedad argentina, coloca como  elementos axiomáticos los siguientes: “Las familias, las sociedades intermedias, los municipios, las asociaciones de municipios, las provincias, las naciones territoriales y las asociaciones regionales de naciones, son agregaciones que siempre deben respetar las unidades menores sobre las que se apoyan”. Y enuncia su propuesta diciendo que, de acuerdo con sus objetivos, su trabajo “constituirá un elemento valioso para ir recuperando el dato empírico, tan necesario para el ajuste de las teorías, y cubrir la brecha que generan las consideraciones teóricas alejadas de la materia sobre la cual operan”.
     Para responder desde nuestro particular campo de aproximación a los datos empíricos  propongo ahora un recorrido mínimo del sector cultural emergente de toda sociedad que está constituido por las expresiones verbales de su cancionero, poniendo el acento en el poder modelizante que ejercen sobre sus receptores  y de su valor testimonial para quienes deseen establecer diagnósticos sobre las tendencias socio-culturales de un pueblo.
     Que el canto popular, de cualquier procedencia,  puede influir en las vidas de sus portadores por la capacidad ínsita que posee para crear climas existenciales sostenidos durante toda la vida  en quienes se han consustanciado con ellos en la niñez y en la juventud, ha sido comprobado por las experiencias de musicoterapeutas que se valen de ellos en la tarea de detectar el ISO  de sus pacientes a efectos de reconstituir las identidades debilitadas por distintos procesos de deterioro cognitivo.
- Poder modelizante de la expresión verbal.
     Los cantares tradicionales de la Argentina tienen variada temática y diversas formas.  Funcionalmente los hay que  son utilizados para hacer dormir, hacer callar o entretener a los bebés o para que jueguen los niños; otros hay que se cantan en rituales diversos, como los de carácter religioso  (novenas, gozos, trisagios, villancicos navideños, tonos de velorios); están también  los adecuados para establecer contrapuntos improvisados de destreza e inteligencia, ya sea en cuartetas (ámbito de la Baguala)  o en décimas (ámbito del Estilo, la Cifra y la Milonga campera) y los que complementan el complejo música-canto-manifestación coreográfica, es decir las coplas de bailes. Aunque no parezca, porque no tiene buena prensa ni difusión en las escuelas, la mayoría de estos hechos culturales está vigente y es parte de la identidad reconocida aún  por nuestro pueblo.   La afirmación que sigue, curiosamente, puede escandalizar a descreídos: sus principios e ideas están encuadrados siempre en la cosmovisión del Catolicismo. Es muy frecuente que se realicen invocaciones al Señor, a la Santísima Virgen o a los Ángeles y Santos  antes de entrar de lleno en la situación del canto.  Modelos ancestrales de este tipo de coplas dicen, por ejemplo, como solía repetir don Juan Alfonso Carrizo en algunas de sus conferencias pronunciadas en lugares antes no frecuentados por él: Por ser la primera vez/ que en esta casa yo canto/ ¡Gloria al Padre, gloria al Hijo,/ gloria al Espíritu Santo!  Pero también afloran en las nuevas coplas de los bagualeros de los valles y quebradas noroésticos cada Carnaval con estrofas como la que recogimos hace poco tiempo de una cantora de  Jujuy, bastante pasadita de chicha y  en cuyo amplio bolsillo rebozaban las hojitas seleccionadas de coca: Cuando se muera esta moza/ no han de rezar ni un Bendito/ ¡Que se salve como pueda/ como el mejor angelito!  Imagen dolorosa de la juventud pensando en su propia muerte, que ha de repetirse con demasiada frecuencia en los repertorios de las especies urbanas contemporáneas. Estas fórmulas tradicionales trascienden el ámbito de la canción oral y anónima y pasan al de proyección del folklore, como ocurre con las manifestaciones del nativismo o, particularmente, de la poesía gauchesca, es decir a aquella que, sin ser folklórica por carecer de anonimia, y circular en soportes escritos o mediáticos diversos, refleja por la intención y el arte de sus autores, el espíritu criollo rioplatense.  Y así, en el Martín Fierro de José Hernández, obra cumbre del género gauchesco,  encontramos, entre otros ejemplos la invocación inicial: Pido a los santos del cielo/ Que ayuden mi pensamiento,/ Les pido en este momento/ Que vengo a contar mi historia,/ Me refresquen la memoria / Y aclaren mi entendimiento.  Pero el  cristianismo popular aflora hasta en el universo del Tango urbano u orillero, como un pre-supuesto indiscutible, y dicen sus letras, aún en los casos menos edificantes, cosas como estas:  El día del casorio dijo el tipo’e la sotana/ “El coso debe siempre mantener a su fulana”    o bien el clásico No me has dejao ni el pucho en la oreja/  de aquel pasao malevo y feroz./¡Ya no me falta, pa’ completar, /más que ir a misa e hincarme a rezar...!  .
      Tanto en la poética del folklore como en la del Tango, por sobre toda pena, priva la valoración de la vida.
     Por su parte, el cancionero de la mesomúsica  actualmente más aceptada y difundida, a partir de modelos extranjeros y de reelaboraciones locales transmitidas por todos los sistemas de la industria cultural,  trasluce una mentalidad  de intención transgresora, con un creciente culto a la energía, venga de donde venga, aunque paradójicamente el mensaje resuma un deslizarse hacia la muerte. La exaltación de la droga, de los elementos tóxicos que ponen en riesgo la vida, como el hongo estiercolero llamado cucumelo, son corrientes aún en composiciones de rockeros de  formación intelectual sólida, como Andrés Calamaro. Y junto a esta posición afloran tristemente  las ideas de la muerte y aún de la trascendencia del espíritu, en un peligroso juego dialéctico.  Así dice Los chicos, una pieza del citado autor e intérprete: Si te toca ir arriba, antes que yo,/porque existe la vida eterna,/lleva de parte mía un cucumelo,/por si no llovía en el cielo, /…/  No totalmente ajena a la  tradición cristiana, la literatura de este cancionero está  más bien inspirada en la rebeldía contra sus principios.  Así es  frecuente hallar letras como la titulada Se fue al cielo que canta una banda de Rock cuyo solo nombre, “Intoxicados”, es reflejo de una triste realidad marcada por la búsqueda de paraísos artificiales  viva entre grandes sectores de nuestra juventud.  Increíblemente, entre  su repertorio de letras  desalentadas y  a veces desafiantes, donde no falta la referencia al alcohol, al tabaco y a  “la planta que fumo en casa”,  alienta todavía la idea de que, aún para quienes se están “armando su propia religión”, existe un trascender espiritual, un infierno y un cielo. Y dice así su letra: Pero ahora no quiero hacerte pensar/ porque pensar tanto no es bueno/ Eso me lo dijo un viejo/ que de tristeza se fue al cielo.// Se fue al cielo,/ pero pudo ir al infierno también,/ yo creo que fue al cielo . Estos modelos, llevados por el ritmo movilizador de su música, penetran en todos los ámbitos del país, con mecenazgo oficial o privado y mensajes claramente de una crispación claramente expresada en los nombres de las bandas.
   La familia nuclear y la consideración por los mayores ha sido respetada por el criollo dentro del contexto ancestral de su cosmovisión. Las coplas mantienen vigente esta posición cuando dicen, por ejemplo: Pa corpachar  tu cariño,/vidita, voy a mingar /a tu tata y a tu mama/que vengan a tijtinchar . O bien: Vidita si me querís,/ pronto estaremos casados,/ tus padres serán mis suegros,/ tus hermanos mis cuñados. A veces se recurre a figuras retóricas para significar las características del aporte a la vida de una persona que realizan las distintas etapas del ciclo litúrgico anual.   Mi padre se llama Pascua, / mi mamita Navidad,/yo me llamo Todos Santos,/mi apellido es Carnaval,
dice una cuarteta que, tras mencionar la presencia axiológica de las dos Pascuas (de Navidad y de Resurrección)  se refiere a la fecha aproximada de nacimiento del cantor al que, en coincidencia con la de muchos niños de nuestras provincias noroésticas, se ha dado el nombre de Todos Santos por haber venido al mundo en los primeros días de noviembre, es decir nueve meses después de los festejos y desenfrenos comunes entre los jóvenes durante el Carnaval.
     El matrimonio,  paso fundacional de la familia, goza de un gran respeto como institución natural, como deber civil  y como sacramento, si bien muchas uniones, sobre todo en lugares alejados de las poblaciones donde las instituciones tienen sus asientos,  no llegan  a formalizarse ni por civil ni “por la Iglesia” y, cuando esto ocurre,  se realizan  con frecuencia varios meses y hasta años después de que los novios se hayan “amañado”, por lo que no es extraño que participen en las ceremonias, gozosamente,  los hijos de la pareja celebrante.  “Amañarse” equivale a lo que ahora se menciona en la sociedad urbana como “irse a vivir juntos”, pero con el consentimiento de ambas familias; es costumbre andina  de ascendencia precolombina y se denomina en ese contexto “servinacuy”: los jóvenes se enamoran y deciden compartir sus destinos.  No siempre la fidelidad impera en las vidas de los  “amañados” y la separación está considerada con aceptación social después de un año de convivencia, especialmente cuando no hay hijos. Por eso dice la copla de reproche a quien rompió el lazo acordado antes de un mínimo tiempo: Azucena y margarita,/ flores de Punta Corral,/ ¡Me quieres dejar, vidita,/ antes del año cabal!
     “El casado casa quiere”, dice el axioma del refranero tradicional y las nuevas familias de nuestros medios populares no solían tener un concepto ligero respecto de este hecho. Tener “rancho aparte” era un deseo de las jóvenes parejas, mientras que no pocas veces las carencias económicas, la distribución del trabajo o las necesidades de los mayores las obligaban a aceptar como conveniente la convivencia en la casa paterna de cualquiera de las dos familias. La casa, aunque fuera un rancho, se pensaba generalmente como parte de un poblado, a menos que se tratara de “puestos” de estancia en los que la casa de los patrones asume categoría de centro al que se recurre por toda necesidad y servicio. Nuestro poblado, como núcleo habitacional virtuoso, es la aldea, con su plaza central, con su entorno de edificios más antiguos e importantes, sus tiendas y almacenes y terrenos con quintas y chacras en los alrededores, donde no falta el espacio que espera, no sin la recompensa de su feliz llegada, la presencia ambulante de los tradicionales circos. Ese “pueblo” criollo es el que posee todo lo que el hombre debería tener para desarrollar decentemente y sin trabas de ninguna índole, sus facultades innatas, como lo dice Hernández (y nos complace recordar aunque sea para repetirnos) : Debe el gaucho tener casa,/ escuela, iglesia y derechos.
      Los roles del padre y de la madre, en las comunidades folk de nuestro país, han estado bien identificados y, en algunas zonas del país, bastante relacionados en principio con la primitiva organización de los grupos cazadores recolectores (hombres que obtienen materias primas alimentarias del medio natural; mujeres que se hacen cargo, y eventualmente transportan,  las cargas, los hijos y los enseres básicos para su elaboración). Esto podía observarse en la ya casi perdida costumbre de las migraciones “golondrina” para los trabajos de la zafra azucarera, la cosecha del algodón, del maní, del tabaco, de la fruta, en distintas áreas de nuestro país. Pero, en general, lo que está íntimamente ligado con el arraigo de la familia campesina argentina es la vida de aldea y en ella, en nuestros “pueblos” de campo, se quedaban los ancianos y los niños pequeños esperando a los migrantes estacionales, fieles a sus prácticas acostumbradas para jalonar de trabajos y de celebraciones el ciclo anual y el ciclo vital de la gente. Si bien el ayllu incaico fue centralista y, aunque con total igualdad entre sus componentes,  era férreamente regido por el poder del Imperio, la alcaldía del período hispánico, con  sus severas obligaciones para las autoridades que la ejercieran, y los posteriores municipios de nuestra organización independiente fueron, durante mucho tiempo, las células fundamentales de una organización socio-económica y cultural que encerraba los gérmenes del más auténtico y virtuoso federalismo.
     De allí procede el lema del programa social que he titulado “Marginalidad cero= multiplicación de los centros”  un intento de aplicación de los conocimientos del folklore para mejorar la existencia de sus propios portadores legítimos. 

                         Olga Fernández Latour de Botas-UCA
        Más datos de la autora en su página: www.ferlabo.com.ar 
                            Para contactarla por este artículo: info@academiadelfolklore.com

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