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Los Meleros
Por su parte el segundo trabajo es de la Dra Claudia Forgione, quien ha trabajado sobre este tema en una conferencia dada en el día Mundial del Folklore en el Centro de Estudios Folklóricos “Dr. Augusto Raúl Cortazar”, de la UCA, en Buenos Aires. Por Claudia Forgione
 
El de LOS MELEROS es un tema que me ha interesado desde mis años de estudiante merced a don Enrique Palavecino, uno de nuestros muy respetados y queridos profesores en la Licenciatura en Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la U. B. A. Él fue quien nos hizo gustar de estos temas del área chaqueña que conocía como la palma de su mano, y este fue el motivo por el cual, luego de muchos años desde aquellos años inaugurales, retomé el tema para tratarlo aquí.  De seguro conocieron o leyeron a don Ramón Alderete Núñez, estudioso del folklore de Tucumán y también de este tema, que nos legó una descripción acabada de la actividad que desplegaron los meleros, curiosamente hombres esencialmente dedicados a la actividad pastoril, iniciada en el siglo XVIII, y observados y descriptos por este folklorista en los primeros años del siglo XX, en tiempos en que aún realizaban sus periódicas trashumancias con el ganado, dirigiéndose hacia el este, dejando su hábitat temporariamente,  en busca de pastajes y aguadas para sus animales. Travesías que, según confirma Palavecino, continuaron ya entrado el siglo XX.
Estamos en un área cultural tradicional de transición, según la  nomenclatura de la Dra. Fernández Latour, entre el noroeste y el área chaqueña-litoraleña, a la altura del paralelo 26, al este del río Salado (donde el Juramento y el Salado se unen, al este de Metán, Salta).  Estos singulares ganaderos, que estudió Alderete Núñez en el año 1912, origen de su libro Los meleros -por la actividad subsidiaria de recolección de miel que debieron desplegar-, estaba integrado por un grupo singular de hombres que, partiendo de las orillas del Salado, en penoso avance cubrieron 15 leguas, a través de un ambiente de espeso monte, en partes chato y espinoso, selva virgen y bosques densos y enmarañados. Clima, flora y fauna tienen en este espacio un particular aspecto salvaje, hasta arribar a un sitio que por sus características físicas prometía la formación de algunas aguadas. El recorrido que se extendió por dos meses, inauguró un nuevo asentamiento que los ganaderos denominaron El Palmar, haciendo alusión a la vegetación preponderante: la palmera yatay. (1) “Fue necesario agrandar las aguadas, trabajar la tierra y preparar la región para hacerla habitable y resolvieron entonces regresar con la intención de realizar al año siguiente una nueva exploración.”  El lugar prometía, pero no solo por la posibilidad de aguadas y alimento para el ganado, sino también el abastecimiento de abundante miel.  Cada año los vio regresar a El Palmar. Construyeron casas sencillas, algún horno para hacer el pan, trabajaron con herramientas muy rudimentarias. Cargaban con sus manos o sus palas, el barro de la aguada para colocarlo sobre la balsa: un cuero vacuno arrastrado mediante un lazo, por una yunta de bueyes. Durante 15 años concretaron idéntica travesía, profundizaron pozos, agrandaron aguadas, roturaron la tierra sembrando sus semillas o criando las primeros animales para carne. Regresaban, cada invierno, al punto de partida a orillas del Salado, hasta que el caserío de El Palmar se transformó en un pueblo.  Lo que acabo de comentar, tomando como base los escritos de Alderete Núñez, es un fenómeno que se acrecentó a lo largo de los años porque la conquista y ocupación del Chaco occidental, desde el Salado al Pilcomayo, y desde el meridiano 61 (aprox. a la altura de Presidente Roque Sáenz Peña, Chaco) fue concretada por diversos grupos de salteños ‘fronterizos’ y santiagueños, motivados por la búsqueda de aguadas y nuevos campos de pastaje.  La exploración de este nuevo paisaje, realizada infatigablemente por estos ‘fronterizos’ dio lugar a una actividad que cubriría en los primeros años, la recolección de miel silvestre que, amasada con harina de maíz, cubría las necesidades elementales de alimentación, tarea que se hacía sobre un cuero. He aquí otro elemento característico de este grupo: la presencia del cuero en el atuendo hoy considerado tradicional, que nos da una idea de las dificultades que el ambiente geográfico le presentaba en estos recorridos. Esta indumentaria, consistente en un sistema de piezas de cuero, cubren al jinete y al caballo. Actualmente, la vestimenta del gaucho salteño y la del chaqueño, guardan estrecho parecido. En Formosa, por ejemplo, el sombrero retobado en cuero, el guardacalzón y el guardamonte siguen protegiendo de la agresión del monte a los hombres de campo.
La actividad melera, a su vez, se perfecciona con el tiempo y en este sentido, el hombre, alerta a sus necesidades y adecuándose a cada situación nueva que lo cotidiano le plantea, hizo que se proveyera de una serie de herramientas y utensilios apropiados para la extracción de la miel.  Dice Palavecino que si una persona desprevenida ve acercarse un jinete montado en un caballo así vestido tiene la absurda sensación de que el melero está montado en un caballo con pantalones.
La miel sirvió de alimento y, como en siglos anteriores, para endulzar confituras y bebidas cuando el azúcar, en la colonia, era un artículo importado exclusivo al que pocos podían acceder por su elevado costo. El panal brindaba la materia para elaborar las velas para alumbrarse en las casas e iluminar a sus santos patronos. Nuestro hombre, un gaucho adaptado al ambiente del Chaco tiene hoy su expresión en el trabajo agrícola pero esencialmente por el manejo de los caballos y su afición por las destrezas camperas: Piala vacunos de a caballo con tiros certeros, destreza excepcional al no practicar esta actividad de a pie porque generalmente trabaja en suelos anegados. Machete, facón y cuchillo -en cuya vaina lleva siempre una "chaira" para afilarlos- son a la vez, armas y herramientas de trabajo. "El Impenetrable" extensa zona boscosa que responde acabadamente a su nombre, es un lugar que por sí solo define a la región y hace del poblador una suerte de héroe, "aguantador a cualquier cosa"...
Pero ir a meliar no solo fue tarea de humanos porque cuenta la tradición oral del zorro y el quirquincho meleros (2). El cuento empieza así: “Este es el cuento de la bala (3) cuando se lo hizo comer guano el quirquincho al zorro.  Primero iban los dos, el quirquincho y el zorro a meliar, a buscar panales de abejas para juntar miel. Y el quirquincho pícaro se colgó y le pegó el grito al zorro:
- Compañero, -¡una bala! Y el zorro corrió y vio esto colgado y creyó que era una bala. Y con un palito le hurgaba, y el quirquincho comenzó a largar el guano y el zorro comía:
-¡Ah, qué linda miel!, -dice. Pero después se dio cuenta el zorro que no era bala, y el quirquincho se ha largau riéndose del zorro. De vuelta, el zorro ha hecho lo mesmo. Y cuando si ha colgau le ha pegau el grito al quirquincho, y el quirquincho a agarrado un palo. Y con el palo lo ha bajau para abajo. -¡A! ¡qué linda bala! –ha dicho- ¡Aura la bajo! –y li ha pegau, le dio un palo y claro lo bajó al zorro.
                                               Y que pase por un zapato roto para que me cuente otro….
Nota 1: Es nativa del sur de Brasil, Uruguay y el noreste argentino. Es una palmera sumamente longeva, y formaba grandes palmares en su región de origen, muchos de los cuales han desaparecido por la deforestación de tierras para el cultivo. El único que se conserva es El Palmar, de E. Ríos
Nota 2: Vidal de Battini, Berta Elena. Cuentos y Leyendas populares de la Argentina. Tucumán. Moisés Medina, 59 años, Tacanas, Leales, Tucumán, 1970, en Tomo II: 213.
Nota 3 Bala: colmena menor que la lechiguana;; o  cualquier colmena, particularmente la que cuelga de los árboles


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