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Historias de pago chico
Historias de pago chico
La plaza de la infancia tiene su historia. En realidad en cada uno de los pueblos y ciudades de la Argentina hay una “historia chica” y una tradición, que todos conocen. Así, entre todos pueden ir haciendo, al folklore, o la historia grande. En el Oeste del Gran Buenos Aires, por ejemplo, se alza una estatua, a un gallo en una plaza. Historia, canto popular, leyendas y fantasmas circulan alrededor. Es que en Morón todo ha girado en torno a la plaza
 

El Gallo de Morón

Alberto César Lacoste (“Las mejores plumas del gallo de Morón”, Autores asociados, Bs As, 1961) cuenta que  Saturnino Salas, Agrimensor, fue el primero que realizó el plano y traza del pueblo (perdido el del Cnel. Pedro Andrés García) en 1834, donde ya figuraban la plaza, el templo y la escuela (las primeras allí fueron la “nº1” y el Colegio San José). Un pueblo que allá por los años 1600 tenía antecedentes: ya se levantaba una pequeña ermita junto al arroyo de ese rincón del Oeste, en la que se detenían los viajeros a Chile, Perú, o al norte de lo que hoy es nuestra patria. El lugar se convirtió así en la Primera Posta del país. Cuando después el “fortín levantado sobre el morón, sobre la pequeña altura de la zona” (con el sentido de monte pequeño de tierra, según el diccionario de la RAE) dejó de prestar servicios y se abandonó, ese lugar fue elegido para levantar  la Iglesia de la parroquia, fundada en 1730, un templo que se terminó 40 años después. Tradiciones poblaron rápidamente el lugar, dice el autor. Que Lavalle y Rosas estuvieron allí, como también Bartolomé Hidalgo (nuestro primer payador) y que “es tradición unánime que ante nuestra Virgen del Buen Viaje se postraron los Padres de la Patria: Belgrano y San Martín”. En el Café de Labarta, en una de sus esquinas (Belgrano y Almirante Brown) cantaron Jose Bettinotti  y Gabino Ezeiza (a quienes Lacoste mismo escuchó en Pobre mi madre querida y Heroico Paysandú, respectivamente). Y se contaba  también que a inicios del siglo XX, y  cerca de la carbonería de los Capurro (Belgrano y García), “pasaba un perro negro, grande, arrastrando una larga cadena”, en reminiscencia gran-bonaerense de la leyenda tucumana del Familiar. Como también  que en la calle larga que llevaba a Hurlingham,  por el “boliche de los Tesei” aparecía un chancho negro que espantaba las cabalgaduras distraídas…  y volteaba a sus jinetes. En la plaza central, inicialmente  con iluminación a gas y bajo grandes arcos rígidos en medio de la calle, pasaron las carrozas de los carnavales, a las que se le cobraba entrada (500 de ellas llegaron a pagar para poder desfilar). La luz (con la Compañía Trasatlántica Alemana de Electricidad) le llegó  en la Nochebuena de 1906. En 1925 una comisión de vecinos se encargó que todos los domingos hubiera en esa plaza una banda de música (en el kiosko central). Las fotos de 1937, como la que ilustra esta nota,  ya muestran (además de  un norte de la ciudad de descampado general) la forma de la Plaza y su arboleda, pero sin el monumento al Libertador, ni el edificio municipal (inaugurado el 10/12/39) aunque  sí con  el tradicional Ombú (reciente y lamentablemente “secado”, vaya a saber por que razón …) . La plaza era eje, y no solo ocasional, o popular.
Adolfo Speratti (Relatos moronenses, Autores ASOCIADOS, Bs As, 1974) contaba que aunque para “promover decentemente parejas en el pueblo”, veladas, tertulias, fiestas, paseos campestres el teatro o el templo eran escenario propicio, “la plaza de los domingos a la noche” fue siempre el sustituto más universal y  económico de todo lo que, siendo privado, pudiera llamarse una “reunión de conocimiento”. Como decía Ortega, las familias aristocratas de antaño vivían de invitarse y de no invitarse. La plaza resolvia la ecuación. Lo fundamental de la fiesta, la música, la proveía el cuartel más próximo. Su banda se instalaba en el kiosko central. Melómanos y curiosos se agolpaban alrededor. Los jóvenes paseaban en grupo entre doble fila de otros jóvenes… y madres. Saludos gentiles, miradas, y miradas. Esto le hace decir que “la plaza como muchas cosas era un fenómeno natural y a las cosas naturales el hombre no las hace, las obedece”.
En 1963 se inauguró en esa plaza el pilar al Gallo de Morón, a cuyo pie de declara: “Por el año 1500 se dividieron en dos bandos los vecinos de Morón de la Frontera (España). Para poner orden en la Villa, la Cancillería de Granada envió como juez a un sujeto con fama de matón. Los moronenses cansados de sus bravatas (terminadas siempre con la muletilla  `donde canta este gallo no canta otro`) se pusieron de acuerdo y una noche lo sacaron al campo, lo desnudaron y le propinaron una formidable paliza. Corriendo y gritando se marchó a su pueblo. Naciendo entonces un popular refrán: “te vas a quedar como el Gallo de Morón, sin plumas y cacareando, en la mejor ocasión”. (…y ante las famosa riñas de gallos, ya en este lado del Atlantico se ) aplicaron la palabras “como el gallo de Morón” a las contingencias de esas riñas, y más tarde a las bravuras de los gauchos del lugar”. Ese Gallo de Morón, que es con plumas, y tiene un aire campeón y de triunfo, fue decretado el 22/7/1968 emblema, para distinguir a personas, o instituciones  destacados.







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