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Evocación de Manuel J. Castilla
Evocación de Manuel J. Castilla
por Jorge Vehils, Diplomático, escritor, Ediciones Culturales Argentinas publicó en 1981, un libro del autor de esta nota, que es un ensayo, antología y selección testimonial sobre Manuel J. Castilla.
 
Si la tierra pudiera reconocer a sus hijos predilectos y levantar, por ejemplo, una montaña en su memoria, así debería celebrar la devoción que tuvo por ella Manuel J. Castilla.
Supongo que el ignoto Creador habrá sin duda ideado otras formas de gratitud, mejores y más espirituales.
Nosotros, lectores del gran poeta salteño, debemos contentarnos con difundir y comentar sus poemas. Para probar que cuando la inspiración estremece y se renueva día a día por efecto de ese gran amor por la tierra y sus habitantes, la poesía llamada “regional” puede ofrecer obras tan acabadas y de tan grande universalidad como las del “barbudo” Manuel Jota.
Esta poesía, que exalta al indio, al paisaje, al minero, al hachero, a todo lo que en suma rodea al poeta en sus cotidianas tribulaciones, encontró felizmente anchas vías de expresión en el noroeste argentino. En 1946, un grupo de artistas y poetas de la región (entre ellos Castilla) publicaba el manifiesto fundador de “La Carpa”, entidad efímera pero de acción eficaz.
Aunque un poco ingrata con los antecesores, evidenciaba una envidiable energía y afán renovador: “Creemos que la poesía es flor de la tierra, en ella se nutre y se presenta como una armoniosa resonancia de las vibraciones telúricas. Creemos que el poeta es la expresión mas cabal del hombre, del hombre hijo de la tierra, aunque se yerga como el árbol en aspiración de altura... tenemos conciencia de que en esta parte del país la poesía comienza con nosotros...”
Salta fué, para Manuel J. Castilla, la raíz, la motivación y el objetivo permanente. Pero también hizo incursiones en temas relacionados con otras provincias y consagró todo un libro (Copajira) a los mineros bolivianos. También abordó en ocasiones el arte universal y escribió poemas sobre pintores europeos. Viajó por el mundo, con cierta frecuencia en los últimos años de su vida, gozando de las singularidades que descubría en cada país. Escribió catorce libros, numerosas canciones folclóricas, muchas de ellas de vasta repercusión, dirigió la biblioteca de su provincia, fué periodista, titiritero, conferencista y amigo ejemplar.
Recibió el gran premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y el Premio Nacional de poesía. Conocía como pocos, y con infinitos recodos, sus montañas, valles, bosques y barrancos. Admiraba con extraña singularidad a los anónimos trabajadores que, en sus versos, adquirieron nombres para siempre: Juan el Aserradero, Juan Lucena, La Palliri... Personajes que se mueven por generaciones, tal vez sin edad y sin destino en la puna, en las sierras, en los ríos, los que, en definitiva, humanizan el paisaje.
Su poesía es pura y auténtica, como las aguas que descienden, impetuosas a veces, desde la cordillera de los Andes hasta el fértil valle de Lerma, donde nació hace casi noventa años y donde murió, un 18 de Julio de 1980.

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