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Diciembre 2012   Fernando Justo y Olga Fernandez Latour de Botas
Diciembre 2012 Fernando Justo y Olga Fernandez Latour de Botas
En esta sección tomamos, con la fuente mencionada, algunos artículos que nos parecen interesante para provocar el interés, y hasta debate, de nuestros lectores. En este caso dos artículos
 


NUEVOS APORTES PARA EL ESTUDIO DEL TINCUNACO

Autor: Fernando Justo
Fuente: http://www.lariojacultural.com.ar/Nota.asp?id=746




 

¿Desde cuando existe el vínculo entre San Nicolás de Bari y el Niño Alcalde? ¿lo Introdujo San Fancisco Solano? En este Artículo el Lic. Fernando Justo intenta responder a la pregunta.

Introducción:
Las fiestas patronales de San Nicolás y el Niño Alcalde tienen lugar en la ciudad de La Rioja y en algunas poblaciones menores de la provincia durante los festejos de fin de año. En la ciudad capital de la provincia se celebra el 31 de diciembre a las 12 del mediodía exactamente, frente a la Casa de Gobierno y la Iglesia Catedral. Quince minutos antes, desde el Convento de San Francisco, a solo dos cuadras del lugar de destino, sale la procesión del Niño Alcalde acompañado por el Inca y los demás miembros de la cofradía llamados “allis”. Van ataviados con unas vinchas y escapularios con espejos y al son de la caja del Inca van cantando “la quichua” o “año nuevo pacari”.

En la plaza lo espera la imagen de San Nicolás acompañado de su cofradía con su Apóstol Mayor, los demás apóstoles, los alféreces y promesantes ataviados con ropas donde predomina el color morado y una gran multitud de fieles que colman el lugar. Al producirse el Encuentro o Tincunaco de las imágenes, justo al mediodía, todos, gobernantes y gobernados, ricos y pobres, patrones y empleados se arrodillan tres veces ante el Niño Alcalde. Luego ambas imágenes ingresan a la Catedral donde son veneradas por los promesantes, turistas y pueblo en general que se dio cita. La fiesta se remonta a la Semana Santa de 1593 cuando un levantamiento de miles de naturales contra los atropellos de los encomenderos, amenazaban con destruir la ciudad fundada hacía poco más de un año. Fue allí que el sacerdote Francisco Solano es convocado por la población para que salve la ciudad. El futuro santo, convenció a los naturales de adorar a Cristo que había muerto por nuestros pecados. Cuentan las tradiciones que los indígenas decidieron reconocer la autoridad del Alcalde, si éste reconocían que había un Alcalde mayor a todos que era Jesucristo. De este modo se produjo el milagro de la conversión y bautismo de miles de diaguitas, y su evocación pasó de la Semana Santa al 31 de diciembre, fecha en la que se elegía al nuevo Alcalde de la ciudad. Muchos investigadores trabajaron profundamente sobre los orígenes y simbología de esta tradicional fiesta. Sirva citar a Julián Cáceres Freyre, Sofía Oguic, Cristian Nieto, Jorge Ponce, Juan Aurelio Ortiz, Juan Carlos Vera Vallejos y Bruno Jacovella entre otros. En todos los casos nunca hubo una explicación completa acerca de la introducción del San Nicolás en la fiesta del Encuentro y la tradición oral acerca de la aparición del Niño Alcalde es opinable. El presente aporte solo trata de echar luz sobre uno de los puntos oscuros nunca dilucidados.
San Nicolás Y El Niño Alcalde.
Leyendo el libro “San Nicolás. De obispo a San Claus” de José Miguel Pero-Sanz (Ed. Arcaduz. Madrid. 2002) observo una curiosa tradición que tenía lugar el 6 de diciembre (día del San Nicolás según el santoral católico) en la Edad Media.
Entre los escolares del convento de San Nicolás se elegía a un niño y lo vestían como “Obispo Nicolás” y lo llevaban en procesión a la iglesia. Luego del festejo salían por el pueblo donde había francachela que duraba hasta los días cercanos a la Navidad entre grandes libaciones. La costumbre llegó hasta varios siglos después en aquellas escuelas donde, para esta fecha, se elegía entre las niñas la “priora” (una estudiante que ese día oficiaba de Madre Superiora del convento) y entre los niños elegían al “ALCALDE”. O sea, entre los estudiantes, para el día de San Nicolás se elegía al Niño Alcalde del convento. ¿Puede ser éste el origen de la presencia del Niño Alcalde en la Fiesta Patronal de San Nicolás de Bari en La Rioja? Por de pronto, ninguno de los tratadistas que han investigado el Tincunaco han podido dar una explicación fuerte acerca de la presencia del Niño Alcalde en las Fiestas Patronales de San Nicolás de Bari.
Las tradiciones orales riojanas dicen que San Francisco Solano les dijo a los naturales – en aquella Semana Santa de 1593- que había un Alcalde más poderoso que el español, y era el Alcalde del mundo. Desde entonces los aborígenes rindieron culto al Niño Alcalde. La evocación se habría trasladado al 31 de diciembre, en virtud de que ese día el Cabildo elegía al nuevo Alcalde. Sin embargo, resulta más plausible pensar que el binomio “San Nicolás- Niño Alcalde” provenga de antiguas tradiciones europeas llegadas a América.
La Fiesta De San Nicolás De Invierno Y De Verano.
Otro dato que se deduce del citado libro de Pero-Sanz es el referido a las dos fiestas anuales que se celebran en honor a San Nicolás. El Santoral Católico fijó al 6 de diciembre como día dedicado a San Nicolás de Bari. Este día cae en pleno invierno en el hemisferio norte. Aunque el toda Europa San Nicolás es recordado con dos fiestas patronales al año, la del Santoral (6 de diciembre) y la del traslado de sus resto de Myra a Bari. Cabal demostración de la devoción que el pueblo tiene por el Santo.
Una leyenda folklórica rusa da cuenta de esta curiosidad (recordemos de San Nicolás junto con San Basilio es Santo Patrón de Rusia): San Nicolás y San Casiano habían bajado al mundo cuando se encontraron un hombre con su carro empantanado en el barro que les pedía ayuda. San Casiano, temeroso de embarrar su inmaculada túnica de santo, se negó a prestar ayuda, pero San Nicolás se introdujo en el pantanal y colaboró con el hombre para sacar el carro atascado. De vuelta al Cielo, Dios les preguntó por su paso por la Tierra. San Casiano contó que había preservado la blancura de su túnica, y San Nicolás todo embarrado contó cómo había ayudado al carrero. Entonces el Justo Juez dictaminó: Por su caridad, San Nicolás tendría dos funciones al año (la de invierno y la de verano) y San Casiano tendría su función el 29 de febrero (una vez cada cuatro años). De este modo se explica porque San Nicolás tiene dos fiestas patronales al año.

Epílogo.
Es por todos sabido que San Nicolás de Bari fue uno de los Santos más populares de la cristiandad junto con San Pedro y San Pablo, y más tardíamente con San Francisco de Asís. San Nicolás había nacido hacia el año 255, y vivido y predicado en la provincia de Lycia (Asia menor, actual Turquía) donde realizó en vida diversos milagros entre la ciudad de Pátara y Myra, lo que le dio fama como hombre santo.
Con cerca de los cincuenta años llegó a obispo y participó del Concilio de Nicea donde quedaron definitivamente establecidas las diferencias con la herejía de Arrio que suponía que Dios era superior a Cristo pues éste último había sido hecho del primero. El Concilio estableció que ambos estaban hechos de la misma substancia.
Hacia el siglo XI, cuando su popularidad de Santo de la cristiandad alcanzaba talla descomunal, y ante el avance del Islam sobre las ciudades de Asia menor, los pobladores de Bari fueron hasta Myra y se llevaron sus restos a la ciudad portuaria de la península itálica, donde aún permanecen. El culto a San Nicolás de Bari fue extendiéndose a tal punto de que en Europa hay unos seis mil templos bajo su advocación y al menos cuatro países de ese mismo continente lo tienen como Santo Patrono. San Nicolás es patrono además de navegantes, pescadores, perfumistas, peregrinos, viajeros, escolares, panaderos, molineros, comerciantes, lustrabotas, carniceros, notarios, jueces y abogados entre otras profesiones y oficios, lo que demuestra la devoción mundial que goza nuestro Santo.
Lic. Fernando María Justo

 


 


Y YO… ¿QUÉ SÉ?

Autora:  Olga Fernández Latour de Botas

Fuente: http://ferlabo.com.ar/olga-elena-fernandez-latour-de-botas.html

 




La Argentina ha dado la espalda, desde hace mucho tiempo, a los valores que esa diversidad encierra y, en la actualidad, ya casi nadie piensa en ellos como recursos adecuados para la fundamentación de planes de desarrollo sustentable o como elementos aptos para lograr la vigencia consensuada de programas auxiliares de gobernabilidad.

La pobreza, como mal instalado y mudo, suele parecer menos dramática que el empobrecimiento en proceso, con los gritos de dolor de quienes ven sus manos vaciadas y sus mentes yermas de ideas para producir un cambio en el progresivo agotamiento de su capacidad para sobrevivir. Los nuevos pobres no se resignan a que su destino sea la dependencia y la mendicidad. Es el momento de recordar que, los que antes eran considerados “pobres”, no lo fueron siempre hasta tales extremos.


No eran mendigos los pueblos indígenas, sino señores del medio en que habitaban. No se enseñó a ser mendicantes sino labriegos, artesanos y artistas a los aborígenes de las misiones que el cristianismo instaló en nuestro territorio después de la conquista. No eran mendigos sino poseedores orgullosos de la sabiduría pluricultural de sus predecesores los pobladores criollos de la Argentina. Durante siglos la gente supo ubicarse en el medio natural, recoger de él sus primicias, conservarlas y transformarlas en beneficio de la sociedad humana no sin cuidar (con la ayuda del pensamiento mítico en “dueños” y “abuelos” de la flora, de la fauna, del agua y de la tierra) el debido equilibrio que hoy proclama la Ecología. Se sabía celebrar fiestas y ceremonias, cantar, bailar y jugar, adorar a Dios, educar a los niños y jóvenes y honrar la memoria de los antepasados. Las familias vivían con otras familias de su grupo regidas por diversas normas de comportamiento . La existencia en poblados homogéneos les daba apoyo y contención. Era causa de orgullo colectivo la hazaña individual y la afrenta o el delito eran penados, no sólo con la vergüenza y la exclusión de ciertos beneficios para quien los cometiera, sino con la exigencia de reparaciones brindadas por su familia a una comunidad que creía que aquel mal atraería hacia todos el rigor de lo sobrenatural Los ancianos eran respetados como consejeros y no ha de pensarse que sus leyendas y relatos explicativos fueran tediosos o se tornaran obsoletos: sorprendería hoy a muchos intelectuales vanguardistas cuánta picardía y cuánta movilidad creadora encierran esos tesoros de la oralidad.
Tampoco fueron pordioseros sino esforzados y dignos trabajadores, plenos de conocimientos ancestrales y de proyectos nuevos, los colonos y los inmigrantes en general que, desde otras partes del mundo, llegaron a nuestra América para aplicar sus experiencias en las nuevas tierras que se ofrecían a su porvenir.
Ante los protagonistas de la extrema pobreza actual – fenómeno urbano y periurbano, más que campesino- importa detenerse a observar su postura de airada resignación frente a una condición ónticamente desvalida que están transmitiendo a sus descendientes como única respuesta cultural al hecho básico de existir. Todos somos, en alguna medida, culpables de que así sea.
No debe ocurrir más que aquellas personas, que en su mayor parte no son analfabetas, se refieran a su futuro con un lapidario “¡Y yo qué sé!. No, mientras sea posible usar las mismas palabras para inducirlas a reflexionar “Y yo…¿qué sé?”.
Será ese el paso previo, sin duda el más difícil, para un remontarse desde la actual actividad mendicante, explícita o encubierta, a la sabiduría de sus antepasados, hasta llegar a aquellos que sabían otras cosas, y cuyos conocimientos sobre el hombre y la naturaleza los ayudaban no sólo a sobrevivir malamente sino a vivir con la dignidad plena de quien es capaz de decodificar los signos de su medio.
Un retorno planificado a la vida aldeana o pueblerina en distintos lugares aptos del extenso territorio argentino es el primer remedio para este mal que tanto nos duele. Ya no serán los pueblos de antes. Por la industria de los propios habitantes, dirigida y sustentada desde otros niveles económicos y tecnológicos, habrá servicios esenciales, accesos y comunicaciones adecuados, educación y salud debidamente asistidas y controladas. Es cierto que los pobladores no estarán ya cerca de los grandes clubes de fútbol ni de los canales de televisión para ver diariamente en persona a sus ídolos mediáticos, pero será aliciente para su trabajo fecundo el poder trasladarse a ellos en jornadas de fiesta. La vida de pueblo restituirá a estas personas – entre las que se encuentran valores morales y capacidades intelectuales tal altos como en cualquier otro grupo- el deseo de ser respetables, de educar a sus hijos en el trabajo honrado, no en busca del alivio especioso de la dádiva ni mucho menos de la oportunidad tentadora del descuidismo, cuyas técnicas de viveza y habilidad destruyen moralmente porque, ya lo dijo José Hernández por boca de Martín Fierro: “Muchas cosas pierde el hombre/ que a veces las vuelve a hallar/ pero les debo enseñar,/ y es bueno que lo recuerden: / si la vergüenza se pierde/ jamás se vuelve a encontrar.”
Si pasó el tiempo en que los pueblos nacían en torno de la estación del ferrocarril, tal vez venga ahora otro en que se reúnan nucleados por actividades de producción selectiva y alto valor agregado, como hierbas medicinales, conservas alimenticias y artesanías, cuya calidad alcance con el tiempo merecido prestigio y fomente tanto su exportación como el turismo atraído por su particular microclima cultural. Pensamos en comunidades cuyo afán de alcanzar una identidad respetada sea comparable al que nuestro pueblo pone en las actividades deportivas, con gremios que tengan sus colores, sus fiestas, sus patronos y una presencia orgullosa de su localismo en el concierto de la sociedad nacional. Ésta, por su parte, en los comienzos del proceso, debería volcar en ellas su firme espíritu de solidaridad moral y material, que a veces se traduce en meras acciones asistencialistas.
¿Utopía? No necesariamente. Tal vez, al aliviar a las ciudades de quienes se alimentan de sus humores más contaminados, los gobernantes logren imaginar, además de planes técnicamente apropiados para las soluciones macroeconómicas, espacios educativos aptos para restituir a la gente conceptos olvidados: algunos tan simples como que una vivienda, por pobre que sea, debe tener cierta estética no desprovista de sacralidad (hasta los pájaros parece que así lo sienten) o que las manos poseen funciones más gratificantes que la de tenderse para pedir.

 

Todos los seres humanos tenemos las mismas necesidades básicas. Lo diferente son las respuestas culturales que poseemos para satisfacerlas.

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