Opciones
PrincipalIndexPrimer Simposio Nacional de la Danza FolklóricaSegundo Simposio Nacional de la Danza FolklóricaEnlacesQuienes somosMesa DirectivaAporte TeóricosArtículos PrestadosArmando PoesíasAves del PaísArtesaníaArtesanos de la VidaBreves HomenajesBoletín MensualCarnavalesCanal de You TubeCiclosColaboracionesComidasContando CancionesCONGRESOS NACIONALESCorreo de lectoresCumpleañosDanzas TradicionalesDebatesDevociones PopularesDiscosENCUENTROS NAC/ REGIONALESEscritoresEstudiosFestivalesFolklore de LatinoamericaFolklore LaboralFolklore LiterarioFolkloristasGastronomíaHomenajesHistoriaHistoria del CantoHumorInvestigaciónInstrumentos MusicalesJoyitas de RecuerdoLiteraturaLibrosLeyendasLiteratura FolklóricaMultimediaMedicina PopularMúsicaNovedadesNoticiasNuestros MaestrosObras IntegralesPartidasPelículasPinturaPonenciasPoetas de la TierraReflexionesRecuerdosPosicionamientosRegionalismosRegionalesReligiosidadTercer Certamen de CancionesDelegacionesVidas ParalelasContáctenos

Suscribase a nuestra gacetilla electrónica
Nombre:
e-Mail:

 

Notas sobre el Antiguo Tucumán
En este boletín “Notas sobre el Antiguo Tucumán” colaboración de Romina Zamora, Licenciada en historia de la UNT y magíster en historia de América Latina de la UPO de Sevilla
 
Los conquistadores entraron a la tierra del Tucma buscando el Oro de los Césares. Asi fue que desde Lima, Juan Nuñez del Prado y su gente llegó al Tucumán, en la mitad del siglo XVI.
      No había oro. Había tierras fértiles e indios bravos. De un lado los diaguitas del Valle Calchaquí. Del otro, los mocovíes del Chaco Gualamba. Los diaguitas calchaquíes resistieron la invasión por 120 años, hasta la entrada triunfal del gobernador Mercado y Villacorta en 1665. Los indios del Chaco todavía resistían la entrada de los hombres del General Roca en 1884.
      Debajo de esos grandes nombres que les daban los conquistadores, se sumergían decenas de pueblos diferentes, pueblos extraños y ricos, que todavía laten en las entrañas de las selvas y las montañas.
      Apenas habrá provincia, dicen los cronistas, cuyos principales pueblos hayan tenido más mutaciones que ésta del Tucumán. Apenas hay ciudad en ella, dicen los informantes del rey,  que esté en el sitio de su primera fundación.
      En 1562 don Francisco de Aguirre fundó la ciudad de San Tiago, llamada del Estero por estar arriba de un suelo arenoso cerca de un estero del Río Dulce. Es la más vieja de las ciudades que sobrevivieron. San Miguel de Tucumán fue fundada en 1565 por don Diego de Villarroel y en 1685 trasladada 14 leguas al sitio en que hoy se halla por el Gobernador don Fernando de Mendoza y Mate de Luna, dicen las crónicas, por haberse casi destruido por una inundación que se llevó la Iglesia y una calle de casas. El río era insalubre, las gentes enfermaban por los males del agua y era conveniente acercar la ciudad al camino de Perú, la ruta de la Plata.
      Años después se completó el rosario de ciudades que enhebraría el camino real entre el Cerro Rico y Villa Imperial de Potosí, y el Puerto de Buenos Aires. Córdoba fue fundada por don Jerónimo Luis de Cabrera en el país de los comechingones en 1572, sobre una margen del río que llamaban Zuquía y la llamaron Nueva Andalucía. Por muchos inconvenientes tuvo que trasladarse a la parte meridional del mismo río. Salta fue llamada la Nueva Sevilla, y la ciudad actual fue trasladada a 8 leguas del pueblo viejo, por don Felipe de Lerma, en 1582. La antigua ciudad de Londres, llamada así en honor a la reina de Inglaterra, fue pasada en 1689 al Valle de Catamarca, donde se llamó San Fernando. En 1692 un terremoto arrasó con la ciudad de Nuestra Señora de Talavera del Esteco, en el límite entre Tucumán y Salta hacia los márgenes del río Salado. Dicen los cronistas que sucedió por sus muchos pecados, por su orgullo, su soberbia y su voluptuosidad.
      Los conquistadores de este suelo buscaban la Ciudad de los Césares, Trapalanda, las desbordantes minas de oro de la ciudad encantada. Sin poder hallarla, siguieron hacia el sur.
En antiguas crónicas del siglo XVI, los conquistadores llamaban Trapalanda a Santiago del Estero. Después la ciudad mítica se corrió más al sur y decían que se hallaba en la Patagonia. Después, en el Chile austral. Y después nada.
      El oro mítico no pudo hallarse. En el medio quedaron kilómetros infinitos regados con la sangre de los pueblos originarios, tierras fértiles surcadas por incontables cauces de agua clara, nuevas ciudades que no se alimentaban del oro del los Césares sino de plata del Potosí. Y un Mundo Nuevo creciendo, palpitante, desde sus entrañas.

« Volver

 

CopyRight 2018 Academia de Folklore de la República Argentina | Todos los derechos reservados
Cap.Fed. Argentina 
Powered by Sistemas On Line