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Martiniano Leguizamón
Martiniano Leguizamón
Nacido el 28 de abril de 1858 en Calá, Entre Ríos, falleció el 26 de Marzo de 1935. Dedicó su vida a la enseñanza y llegó a presidir el Consejo Escolar y la Sociedad Argentina de Autores. Viajó por Sudamérica y Europa, mas fue, sobre todo, un escritor regional de la vida del campo, concebida como base para fundar una literatura verdaderamente nacional.
 

Su pasión por la historia lo llevó a trabajar sobre los errores que en ella se cometen (“La persistencia del error histórico”, por caso).Entre sus obras más conocidas figuran Calandria (obra de teatro) y Montaraz  (1900), narracióncuya acción se desarrolla en Entre Ríos, con la intensidad y la violencia de la época. Otras obras suyas son Recuerdos de la tierra (1896), Alma Nativa (1906), De cepa criolla(1908) y Fiesta en la estancia (1917). Dejó sin acabar Papeles de Rosas y La cuna del gaucho. Dicen que Don Atahualpa se sacaba el sombrero cuando pasaba frente a la casa que habito en Rosario del Tala…
Presentamos y comentamos aquí uno de los cuentos: La minga

  Leguizamón  formo parte de la generación que, luego de promover y ver avanzar la inmigración, lo que seguía a un concepto del gaucho como lo atrasado y sujeto no apto para la construcción de la sociedad a formar, se decepciona de sus propios resultados. Se comienza a apreciar que esta “solución” para los futuros desarrollos del país, en lo económico- tecnológico (“el progreso”) y organizacional, no lo eran tanto en lo social, y particularmente con la sustitución de modos de vida tradicionales, que comienzan a ser vistos con nostalgia, pues los nuevos son amenazadores y “extraños”.
            Así, él presenta con Lugones y otros autores, en el entorno del Centenario, una “nueva visión” del habitante rural de la nación como sujeto valioso, de costumbres “sanas e ingenuas”. Habró otros que, en paralelo, detecten conductas “enfermas” ( ver Salvatore,…). Entre ambnas concecpciones postularán la necesidad de “enderezar la sociedad.Una Argentina a re-construir, no sobre los valores del inmigrante, sino sobre los de la rápida educacion de sus hijos, enlos valores nacionales.

Este cuento, basado en la colectiva y tradicional practica india de la minga (ayuda colectiva para el momento de la cosecha) advierte en pocas pero decisivos y muy fuertes trazos, las ventajas de la tradición, y de los valores rurales, sobre los de la tecnología y el lucro.
Por caso apreciamos en él sin esfuerzo que los moradores del rancho son presentados como  “tranquilos”, aún frente a su pobreza (el quincho lleno de “buracos”). Los visitantes son criollos que muy bien cuidan a sus caballos (gordos y bien tusados). Lostrabajadores no son asalariados sino amigos, y los “gringos” son alarifes aprovechadores, o “logreros”. Hay diversión en cuadreras, bailes y canciones nativas (tristes, pericón, firmeza o cielo).
Los gringos sin embargo, se dice han vencido , tecnológicamente mas avanzados. El porgreso ( contra el cual no se habla, eds irremediable… tiene costos y desventajas. Algo hay que hacer.
Esto se muestra en clara sintonía con la visión del Santos Vega de Rafael Obligado ( aunque polemizaban sobre el tipo de “lenguaje” que m,ejor loexpresaria las ideas nacionales):
Y a la par que en abismo

Una edad se desmorona

Al conjuro en la ancha zona

Derramábase la Europa

Que sin duda Juan sin ropa

Era la ciencia en persona

  La mejor descripción que Martiniano Leguizamón hace de esta contradictoria visión del derrumbe de costumbres que debieran preservarse, frente a las que el progreso ( que se apoya)se imponepuede reflejarse  en la descripción del fin de la experiencia:
“La minga había terminado. Pronto no quedaría igualmente más que el recuerdo de esta tradicional fiesta campestre.”

   Pues el gringo incorporado trae el capitalismo, el interés, y entonces una sociedad en conflicto, una nueva discusión de poder y dinero, que en cambio, para el paisano (antes denostado)  no lo hacía, pues en su “esencia” solo había  “rasgos de desinterés, ese desdén altanero y bizarro por  las riquezas, que lo caracterizaba”.

Un simple cuento es, entonces, una ocasión para leer nuestra historia y la de las ideas que sustentaron cada época, aun en autocrítica…

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La Minga– de Martiniano Leguizamón

  El rancho de Lázaro Peñalva tenía aquella tarde un inusitado movimiento; un trajín de día de fiesta, de bullicio, traía excitados a sus tranquilos moradores. Se acusaba desde lejos por la columna de azulado humito que flotaba sobre la cocina, petiza, corcovado, con el techo de quincho lleno de buracos que los remesones del pampero y de las lluvias iban agrandando.
A un lado del hornito de barro, emperingotado en un zarzo de palos como una habitación lacustre, humeaba también caldeándose a fuego lento para cocer las empanadas.

            Atados al palenque y bajo la ramada se veían varios caballos de pelaje y marcas desconocidas; eran pingos de gente forastera, gordos, bien tusados,  y desvastados con esa prolijidad minuciosa del criollo que funda su mayor satisfacción en la buena estampa del flete que monta. Más allá, junto al rastrojo que amarilleaba con ese matiz de tierra recién segada, un grupo de trabajadores cargaba al trigo de la era en pelotas de cuero que unos muchachos arrastraban a la cincha en medio de una gritería ensordecedora.
Con el chiripá cortón, el calzoncillo arremangado, un pañuelo de vincha en la cabeza y la barba cebruna de polvo, peñalva recibía el trigo y lo iba amontonando en el granero. – ¡Métanle lonja, muchachos, que ya acabamos! – exclamaba animando a los peloteadores, afanado por terminar de encerrar la cosecha en los trojes. El año había sido de gran rendimiento, las fanegas se desmoronaban bajo sus pies, se extendían llenando el cuarto en capas pesadas, calientes de granos dorados: El paisano estaba contento y sonreía a la mujer que le alcanzaba mate, contemplando sin engreírse el fruto de tantas fatigas.

-¡Aura que ya no hay miedo de langostas ni de heladas! Con tal que no salgan después esos gringos alarifes  ofreciendo cuatro riales porque la cosecha es güeña… son tan logreros, tan sin yel los condenados – continuaba diciendo- . Pero siempre habrá pa`comer locro y tortas fritas, ¿no le parece mi vieja?...

            Las pelotadas seguían llegandohasta que un correntinito de los acarreadores gritó desde la puerta haciendo rayar el caballo –O-pá catú Ño Peñalva, ¡ésta es la última!- y en pocos momentos la pelota fue vaciada en el montón que ya tocaba la solera del rancho.
El lado de la chacra partía una estruendosa algaraza que se mezclaba al rumor de las pisadas de los peloteadores que, con los cueros vacíos a la rastra se perseguían dándose pechadas por llegar primero a las casas.

            Más atrás dos corrían una carrera.
            Los costillares pegados, las orejas gachas, el cuerpo extendido en los jarretes que apenas rozaban el suelo, iban los caballos; recogidos sobre las cruces, haciendo un ovillo del cuerpo para recibir el menor aire posible y el ojo alerta por sacar una ventajaal contrario, los corredores apuraban a los animales con voces sordas, sin castigarlos, llevándolos alzados en las riendas. Un bayo empezó a hacer punta; entonces su rival, un zaino cuadril blanco, a un grito de corredor que le taloneaba los ijares, se estiró en un esfuerzo supremo y se puso a la par; los rebenques cayeron a un tiempo, volvieron a lanzarse y a caer otra vez confundiendo sus golpes, secos, rápidos, que cortaban el aire como hachazos. ¡Se debatieron breves instantes aún hasta que el bayo en una atropellada violenta, se cortó adelante y salvó la raya como un relámpago, con la cola tendida y los encuentros temblorosos, bañados de espuma!
            Marchando despacio en dirección a las casas venían lo trabajadores de a pie bromeando contentos, con esa inacabable y bullanguera alegría que acompaña al paisano hasta en las más rudas tareas. Un vientito del sur con efluvios frescos de los campos soplaba agitando las matas del cardal en flor, se metió susurrando por entre el monte de duraznos y se alejó alzando espirales de polvo al cruzar por la lomada del corral de ovejas…
El movimiento y el andar  de la gente atareada en el rancho continuaba. Ña Juliana, la consorte de Peñalva, sus hijas, dos chirucitas agraciadas y varias vecinas que habían concurrido para ayudarles, no se daban un punto de reposo por agasajar debidamente a los convidados; sonrosadas, ligeras iban y venían del horno a la cocina, entraban y salían del rancho cruzando el patio recién carpido.

            En el fuego se doraban los costillares y la picana con cuero de la vaquillona más gorda del rodeíto de tamberas –que había clavado la guampa- como decía Peñalva. En otro lado su mujer parada frente al pozo daba la última mano a las empanadas de gallina pincelándolas de azúcar y huevo batido: La pulpería vecina de Las Vasca había provisto de las damajuanas de vino sin mestura para remojarlas.
            Un frasco de ginebra que se alternaba con otro de hesperidina o un mate cimarrón, o de leche cebado por las hijas del dueño de casa, servían de aperitivo mientras llegaba la hora de la cena.
-Tome algo, amigo. ¡Préndalé un beso a la limeta que esto quita el calor! Sírvase un matecito, Pite un negro… Con confianza, caballeros, que hay reserva… Eran las exclamaciones con que a cada instante el rumboso paisano obsequiaba a sus huéspedes; porque aquellos hombres no eran peones sino amigos, convidados que venían  hasta de pagos lejanos para ayudarlo en la recolección de las sementeras sin interés alguno, por simple espíritu de aparcería, de recíproca ayuda, creyéndose largamente recompensados con la celebración de la alegre minga –la fiesta tradicional de las cosechas de antaño- con su inevitable carne con cuero, pasteles, beberaje en abundancia y un bailecito hasta la salida del sol.

            Ése era el único aliciente; la diversión, la jarana al terminar las faenas. Si la cosecha había sido abundante, mayor tenía que ser el obligado derroche en el festejo, ¡y era de admirar el contento, la sanidad del alma con que aquellos espíritus sencillos y generosos celebraban –el güen año del amigazo- serenos, gozosos sin una sombra de emulación!...
            -Ño Lázaro no necesita unmensual…- exclamaba al pronto un gauchito presumido mirando sonriente a la muchacha que le alcanzaba mate.
            -Ché, mirá que no come chancho – retrucaba uno.
            -Si ya haé tener dueño la prenda – añadía mas allá otro.
            -¡Atropellá hijito nomás, que es güen campo! Agregaba alegremente un viejo.
            - Yo, hasta de carpiador de abrojos me quedo –añadía el paisanito al notar la sonrisa velada con que la cebadora le correspondía.
            El dueño de casa contemplando en silencio la escena acariciaba con la memoria el hermoso tiempo lejano, en que él también había recorrido el camino de la vida tapizado de rosas y el alma embriagada del gozo de vivir…
            Terminada la cena comenzaron los aprestos para el baile. El guitarrero después de pasar largo rato subiendo y bajando alternativamente el cordaje hasta que lo tuvo templado, y tras de un arpegio de floreo –haciendo gemir la prima y suspirar la bordona- empezó a tocar uno de esos tristes de la tierra en que parecen vibrar las hondas congojas; pero de pronto, como si quisiera borrar la sombra de fugitiva tristeza:
-¡A la voz de aura, muchachos! exclamó con voz serena acompañando con la cabeza los primeros compases de un alegre pericón.

            Entre las mudanzas con cepillado de un malambo, el contrapunto de un canto con cifra, el gracioso estribillo de una firmeza o de un cielo, las horas de la noche se deslizaban.
            -Baile mozo, mire que a las muchachas ni mella les hace; son capaces de prenderle hasta mañana sin resollar –insinuaba Peñalva para animar a algún rezagado que se andaba arrinconando.
            La fiesta estaba en todo su apogeo. Las paisanitas vibraban sus miradas sombrías sobre el compañero preferido que las había conquistado con la arrogancia de su porte y sus habilidades como danzante. Silenciosos los labios, pero hablándose calladamente con los ojos, bajo la armonía arrulladora de la música giraban las parejas, felices, ágiles, rozando apenas con las plantas el suelo. Y cuando la guitarra callaba, algunos todavía seguían bailando como si escucharan arrobados las notas de una cadencia misteriosa, hasta que el guitarrero les cantaba con acento burlón, imitando un suspiro:
¡Ay cielo de mi cielito

Ya se acabó el bailecito!...

            Entre risas y bromas el aludido se confundía con el alegre grupo, y la música, los cantares de amor con su melopea plañidera estallaban de nuevo y se extinguían a lo lejos en la calma tranquila de las sombras…
            La campiña arrebujada aún en ese vaho lechoso, tenue de las neblinas, iba descubriéndose a trechos desgarrada por el sol  naciente que la atravesaba con sus flechas de oro. Un rumor confuso, grande,  de susurros, de aleteos, de cantos y mugidos estentóreos se alzó entre los totorales del cañadón, pasó rozando las aguas plomizas de la laguna, recorrió el llano, trepó la duna de las cuchillas y se perdió en las azules lejanías del horizonte, como un himno sonoro que saludaba el nuevo día!
            Vióse entonces a un grupo de jinetes alejarse del rancho de Peñalva, que bien pronto no fue mas que una manchita inmóvil, solitaria, perdida en la esmeralda de la llanura…
            La minga había terminado. Pronto no quedaría igualmente más que el recuerdo de esta tradicional fiesta campestre.
            El elemento extranjero y los adelantos de la maquinaria agrícola que ha llevado hasta las más apartadas regiones de nuestro territorioesos maravillosos inventos con que los Auden, Collins y Osborne han mostrado al labrador los medios de obtener el mayor y más perfecto producto en el menor tiempo, al simplificar su tarea, lo han reducido a la condición de una pieza automática más o menos inteligente. Los gringos, los maturrangos, los chapetones –como llamaban desdeñosamente al colono- han vencido al criollo en su propio elemento enseñándole a ser agricultor; mas al renunciar a los procedimientos primitivos y rutinarios se han borrado casi totalmente esos rasgos de desinterés, ese desdén altanero y bizarro por  las riquezas, que lo caracterizaba.
            ¡Ya no hay mingas en mi tierra! El áspero silbato de la trilladora al resonar en sus campos montuosos, asustó como a una ave huraña, la libre y sana alegría que informaba esassencillas fiestas del pasado. Ya no resuenan en las noches de verano bajo la trémula claridad de las estrellas, las músicas, las danzas y lo s cantos con que se festejaban las felices faenas de la tierra. La soltura de aquel buen humor campechano, agreste y generoso, ha desaparecido; la guitarra de las dulces trovas está muda; cegado el raudal de la ingenua poesía…

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Vocabulario

Alarifes:Aunque en general se refiere al “maestro de obras “ (o arquitecto), y proviene del árabe como “experto”, en general en Argentina se refiere al “listo” o “avisado”. Un sinónimo actual sería “vivos”.

Corcovado: jorobado

Chiripá : Manta cuadrilonga de algodón o paño que usa el paisano en vez del pantalón. De voces quíchuas: chiri, frío, ppacha, la ropa o vestido; y chach, cubrir; lo que nos daría: ropa para cubrir el frío.

Chirusitas: diminutivo de chirusa, mujer de baja condición social, en general usado para las mestizas. Aquí casi usado cuasi “cariñosamente” (al estilo de “negritas”).

Emperingotado: Adornado, arreglado en exceso y recargado.  Emperifollado. 

Fanegas: usualmente una medida devolumen(a veces de superficie) anterior al sistema métrico decimal. Aquí se la usa con sentido de “parvas”.

Flete: El caballo; igualmente se le dice pingo.

Jarretes: parte de la   "jarra" o  pata del animal; siendo el jarrete la parte alta y con carne que va desde la pantorrilla hasta la corva.

Pampero
: Viento fuerte y frío de la pampa que sopla del sudoeste.

Picana:la parte del anca del animal que se come con cuero. También se llama así la caña larga con un clavo en la punta que usan los paisanos para hacer andar los bueyes cuando aran o trabajan con carretas.

Quincha:  Del quíchua khincha, Pared o tejido de totoras y pajas con que se cubren los techos y paredes del rancho.
Sin yel
: sin hiel. Aquí se lo usa en el sentido de “fríos”.
Tamberas
- Grupo de vacas lecheras, mansas, que se ordeñan bajo la ramada del tambo (del quíchua tampu, el lugar donde se vende la leche).
Tristes:
Canto popular con acento muy melancólico y donde el gaucho acompañado de la guitarra luce sus habilidades de cantor y músico. Los tristes, estilos, vidalitas y cielitos son predilectos .
Trojes
: depósitos de granos
Vincha
:  Del quíchua “huincha”, la faja de colores que sujetaba los cabellos de las mujeres indígenas; fué también el distintivo o diadema imperial (llautu).
Zarzo
: era una de los dos ranchos que en toda finca de labranza constituía la cocina de fogon de leña, comedor en bancas y sitio en donde se preparaba en porrones el guarapo.


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