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2013 Abril
Grandes textos se nos aproximan desde el recuerdo. No siempre están al alcance de la mano y, la verdad sea dicha, deben y merecen estar vigentes. Son cierta y suficientemente valiosos como para que los re-leamos. O si es el caso, que podamos leerlos por primera vez. Valen la pena, sin duda. El Pregón Criollo quiere por ello traerlos nuevamente a esta luz, aún pequeña, que difunde. Intentamos a la vez rescatarlos, y con respeto y moderación, llamar la atención sobre ellos. Es que desde este “otro tiempo” en que hoy los leemos, pueden apreciarse ciertos ejes que demuestran una concepción implícita en los autores de los mismos. Y esto sirve sin dudas para des-cubrir y reflexionar mas sobre ellos. Un juego intelectual que solo los grandes merecen, y permiten.
 
Literatura folklórica

   
y comentada al pasar…
                                (por Carlos Molinero)



Si en esta edición de Abril otros artículos entrelazan la historia, el humor y la cocina judías de Entre Rios y Santa Fe, residencia inicial de los inmigrantes llegados de Rusia, en esta sección hemos seleccionado la Obra de Alberto Gerchunoff (1883-1950), hijo de una familia escapada de la Rusia zarista, que  llegó a la Argentina en 1889 y vivió en las colonias de Moisés Ville, Santa Fe, y Rajil, Entre Ríos, donde transcurre su creación más famosa.  Es entonces natural recipendario de nuestro interés por rastrear seas vivencias de la segunda mitad del siglo XIX, que fundaron la construcción ideológico- simbólica del Centenario. No es casual que en ese marco él diga: “En la colonia judía aprendí a amar el cielo argentino y mi alma se impregnó con el espíritu de la tierra”. Se aprende  a amar al otro, pero la tierra  o mejor , su espíritu, es más fuerte y lo invade, lo hace suyo, al impregnarlo lo transforma, en algo diferente. Parece parte del imaginario de “crisol de razas”  (un algo nuevo y uniforme a partir de elementos constitutivos diversos) que en “el Centenario” estaba tratando de fundar o al menos de encontrar. La invasión de inmigrantes hacía difícil reconocer  “que era” el argentino. De allí la fertilidad intelectual del período. “Los Gauchos Judíos”  entonces mucho puede decirnos.

Tampoco entendemos casual que del índice de los 26 capítulos, solo uno, (La muerte del rabí Abraham) refiera explícitamente a lo judaico, mientras  el resto puede ser leído mayoritariamente como campestre, criollo (criado en la tierra). Repasémoslos: El surco, Leche fresca, La lluvia, La siesta,  La trilla, La huella perdida, , El boyero, La lechuza, Las bodas de Camacho, La visita, Las brujas,  Historia de un caballo robado, El poeta, La triste del lugar, El viejo colono, etc.
Si las consecuencias del desarraigo, claves en todo “expatriado” (las vivimos por caso nosotros en Venezuela) afectarían por igual a inmigrantes, italianos, españoles o judíos de Europa oriental, lo que diferenciaba a éstos era, aquí,  el “saberse abrazados por la libertad”. Una libertad que no tenían en su patria de origen. Y esto se trasunta en la obra de Guerchunoff, que por otra parte tuvo que aguardar hasta 1997 para ser publicada en hebreo en Israel, aunque fuera ampliamente leída desde principios de los años 50 gracias a sus traducciones al ídish y al inglés. Como dice Senkman (Los gauchos judíos - una lectura desde Israel_ Leonardo Senkman  Universidad Hebrea de Jerusalem) para “aquellos inmigrantes que cruzaban el océano hacia la América del Sur había un país que simbolizaba la tierra utópica: Argentina” Esa era la libertad y de alguna manera la posibilidad de la Tierra prometida. Pues de alguna manera “la emigración a la Argentina les permitiría renacer en calidad de otros en una tierra de asilo y refugio para todos los perseguidos”: ese ideario fue consolidándose fuertemente en el imaginario que la generación del Centenario formó en su búsqueda de consolidar el SER NACIONAL.
Un “ser” al que parecía que se le borraban fronteras y contornos, cuando una avalancha de inmigrantes trastornó la conformación cuantitativa, y consecuentemente cualitativa de la población preexistente.  Si nunca actúa solo una fuerza en las grandes migraciones, en ese período  había países expulsores, como los había receptores. America en general y Argentina en particular, eran receptores de una Europa Meridional y Oriental que no retenía sus habitantes. Dentro de los diferentes lugares  de América “sólo en la Argentina pudo un grupo de inmigrantes que huían del oprobio crear y sostener, durante más de cincuenta años consecutivos, las bases agrícolas de una nueva Tierra Prometida, que logró incluso competir con Sión. Eran los judíos asquenazíes perseguidos en la Rusia zarista, que recibieron con beneplácito el proyecto del Barón Mauricio de Hirsch para convertirlos en colonos agricultores en las pampas argentina”.  En ese marco que tiene de cierta forma caracteres prácticos y raíces bíblicas, puede comprenderse muchas afirmaciones de  “Los gauchos judíos”, publicado en 1910: una gran “expresión literaria de la utopía rural americana de los judíos que huían de la opresión zarista” (…y cuyo) “verdadero protagonista era el espíritu de la tierra que los escritores regionalistas argentinos de la época denominaban telurismo. Al igual que El país de los matreros, de Fray Mocho, Montaraz, de Martiniano Leguizamón, El país de la selva, de Ricardo Rojas o La Australia argentina de Roberto Payró, Alberto Gerchunoff buscó exhumar el Volkgeist argentino en las capas más profundas de las chacras donde trabajaban los colonos de la JCA. La intención del autor era integrarse a la narrativa nacional para los festejos del Centenario y mostrar que un inmigrante judío también era capaz de aprehender el espíritu criollo”(Selkman, op cit).
Esto no es indiferente, a esa bipolaridad “expulsora- receptora” que vimos con los inmigrantes. En el Centenario, en cierta analogía, podemos encontrar que  los intelectuales de diversas vertientes se esforzaban por mostrar que había un Ser Nacional. Además de caracterizarlo.  Y que éste no estaba en “derrumbe” ocasionado por los inmigrantes. Algunos lo buscaron en el Folklore, que en tanto antiguo, resistía mejor las variaciones que las oleadas de nuevos llegados aportaban. Y en tanto rural, ubicaba las esencias más cerca de los dueños de la tierra, y menos de los trabajadores urbanos que constituían la mayoría de los inmigrantes. Los colonos (“gauchos judíos” o “la pampa gringa”) eran un caso frontera en ese sentido. Ese sentido asignado al folklore, fue exitoso y duradero.
     En cuanto a la visión de los mismos colonos, debe tratarse como muy pionera y válida el tratamiento de la cuestión  en el libro que nos ocupa. Dice Selkman: “Ninguna otra corriente inmigratoria había logrado producir hacia 1910 un narrador como aquel joven judío naturalizado argentino, capaz de escribir un libro para celebrar las nupcias de la identidad de la estirpe hebrea con la intimidad del terruño patrio”. La fusión que Guerchunoff deseaba mostrar, era base de un proyecto, la integración: “La nueva identidad judeo-gaucha inventada por Gerchunoff, de connotaciones criollistas, no ocultaba sus orígenes, aunque el paisaje pastoral de la tierra de promisión borraba todos los contornos europeos en su orgullo cívico de ser ciudadano argentino:
“En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas comarcanas... En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos, mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes y me hizo argentino.”

 Si es cierta la afirmación de Jorge Luis Borges que Los gauchos judíos es “menos un testimonio histórico sobre las colonias de la JCA que un testimonio de la nostalgia y amor por Entre Ríos”,  no menos cierta es la afirmación del escritor Bernardo Verbitzky que con ese libro los judíos argentinos obtuvieron "la verdadera carta de ciudadanía".

     Pero tal vez debamos preguntarnos: ¿Qué tipo de Integración, cuál ciudadanía, con que características?
En la respuesta a esa pregunta, el libro aumenta sus valores;  no solo por sus objetivos, sino justamente por los espacios de No linealidad que posibilita obtener de él. No hay una historia en blanco y negro. Todos los matices del criollo y del inmigrante se dan cita en él. Falsos y valientes, buenos y malos hay en ambos lados.  Vive, con las contradicciones, y fomenta su realidad con esa vibración.  En otras palabras, más que buscar (como la mayoría ha leído) fundirse en el crisol de razas, Guerchunoff parece defender la posibilidad de ser gaucho y judío, en una temprana muestra de multiculturalismo, como propuesta para ese ser nacional en formación. Distinto entonces  del cosificado, y también del único. 
    Aunque más hay para leer, sin dudas, en esta obra tan representativa de las realidades que cambiaban como de las visiones en pugna por dominarlas simbólicamente,  baste en estas breves líneas (para inspirar estudios mejores), reproducir párrafos de varios capítulos donde ese paralelismo de caracteres entre ambas partes de la ecuación “gaucho judío” entran en juego sin bandos  reduccionistamente calificados.

    Las bodas de Camacho:    “desde hacía dos semanas los vecinos de todas las colonias  esperaban el día del casamiento de Pascula Liske, hijo del rico Liske, que vivía en Espíndola . Naturalmente lo más respetable de cada colonia se preparaba para la fiesta que prometía, a juzgar por las noticias, ser cosa excepcional(…) En Rajil se sabía que la familia del novio había comprado en Villaguay ocho damajuanas de vino, un barril de cerveza y varias botellas de refresco color rosado. “hijo del rico Liske”, y en el volumen de alcohol y hasta el “lujo” del refresco rosado, con lacres, como se aclara más adelante. >Pascual fue el más pertinaz, pero no el más afortunado durante los primeros tiempos, a pesar de su insistencia y de sus regalos. Raquiel No lo quería (…) Sabiase que Raquel y Gabriel entendíanse desde meses atrás  (… pero ) La familia obligola a aceptar a Pascual, y la bosa se convino (… y aunque ya casados y en la fiesta, por la falta de habilidad del novio Raquel baila con Gabriel… ) Los músicos , acordeón y guitarra, atacaban trozos populares del repertorio judío, coreados por un murmullos de voces (…) Estaba triste Raquel.  < En pocos trazos se presenta la conveniencia que guía la vida social, la tristeza de la muchacha , el poder familiar y hasta la unidad de estilos en la fiesta (que se detalla con mucha precision, y en la sensibilidad musical con instrumentos que serían más que representativos de la música  entrerriana.  Judios y Criollos son unívocamente “familiares” en ese dibujo social;  aunque la música sea de origen étnico. Hasta que no se encuentra a la novia…>  Payá , Camino de San Geregorio, vide un sulky que manejaba Gabriel  y una muchaha a su lao…
- La robó! Grito con voz desesperada la vieja Liske. (…)
- Es una adultera infame – rugió Liske! 
- No es adúltera -proclamo el matarife- lo sería, añadió si hubiera abandonado al esposo “por lo menos un día después del casamiento” como muy bien dice la ley.(…)Pascual te invito a otorgar el divorcio a Raquel”


 
Como ves, desocupado lector , en la colonia judía donde aprendía  a mara el cielo argentino y mi alma se impregno con el espíritu de la tierra, hay, junto al rabino de estampa arcaica gauchos arrogantes y fieros, Camachos, Quiterias y Basiliso. Esto prueba que la historia referida con mas puntualidad que arte, es veridíca como lo es la de las bodas de Camacho el rico “

El Epìsodio de Miryam es simétrico, Rogelio era un  mozo “eximio improvisador de vidalitas , sabia modularlas en los bailes campestres y arrancar junto con los gemidos de su ilustre guitarra , lágrimas a las muchachas”. Y aunque Su padre Don Jacobo aseguranba “Miryam no se casará con un cristiano , no tengan miedo”,  una tarde  los ven huirse : “Rogelio en su portentoso alazán, venía a todo correr con Miryam en ancas. Pasaron como viento, erguido altivamente el criollo, y ella, suelta la cabellera, envolvió a la gente en una mirada de desafío, hechos una llama los ojos,  y cuando los colonos volvieron de su asombro, la pareja fugitiva era un punto en la distancia”

Habilidad, masculina, desafío de la mujer, libertad para romper incluso lo mas rigído de los códigos sociales, que las colonias judías transmitían exteriormente como ningunas.  En éste como en otros episodios se juega una unidad humana por encima (o más bien, por debajo) de las ropas culturales. Una unidad que le permite al escritor  aprender a amar el cielo entrerriano por comprender el espíritu de la tierra… sin renunciar ni a las costumbres ni a la religión. De allí que entendemos que en efecto Guerchunoff aparenta solicitar carta de ciudadanía para los judíos como gauchos, pero en esencia está pidiendo la apertura de una sociedad, que ya se mostraba no uniforme sino multifacética… u que debía empezar a entenderse así simbólicamente también.
     La dualidad mostrada en la reacción tan “humana” y comprensible de Miryam o de Raquel,  puestas ambas, en juego interétnico o nó, en simetría., muestran el poder de las nuevas realidades: mujeres, independencia, libertad, sabiduría, y a la vez la formación de un nuevo horizonte. Otros juegos de paralelismos se dan sin dudas en esto, como el caso que también entendemos humanos en sentido profundo, y a la vez extraño. Si podría entenderse que resulta extraño entender al “muy religioso”, aunque no de los mas instruídos, Guedalí, quien reza desde la mañana del sábado, en la concentración y falta de acción que el dia requiere, no puede ni impedirle al desconocido que por la ventana del rancho roba su candelabro de plata, sin que él  haga nada por impedirlo. El esperable y airado reclamo de la mujer, cuando regresa:  “¿Y no estabas ahí pedazo de…?”, es respondido con la lógica de otra lógica: “yo le advertí que era sábado….” Para asi terminar el libro.  Que no hace sino jugar con una estructura igualmente fuerte de por caso un padre criollo, Don Remigio,  que mata al propio hijo, Juan,  para que no “recule” en un duelo”. Difíciles de comprender, no son entonces judíos o cristianos, sino el hombre, múltiple y complejo. Firmes en sus convicciones, aun  extrañas, son ambos componentes de esa ecuación de gauchos judíos que intenta el título. Es éste clima el que permea el libro.

Mosaico, y regional como el folklore… pensamos.

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