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2013 Junio
Martín Miguel de Gúemes y Horacio Guaraní
 
Martin Miguel de Güemes

El boletín Guemesiano, es una valiosa contribución a la memoria y justipreciación de este héroe salteño, argentino y americano. Y de hecho, con  motivo de cumplirse el 191 aniversario del fallecimiento del General Martín Miguel de Güemes, el martes 18 de junio a las 18,30 Hs. se realizará una serie de conferencias en homenaje al héroe, con la
Presentación por el Dr. Alberto Gelly Cantilo: “General Martín Miguel de Güemes, héroe y mártir de la Independencia” por la Prof. María Cristina Fernández. “Martín Miguel de Güemes y su pensamiento político” por el Dr. Alberto González Arzac. “Genealogía y heráldica de Martín Miguel de Güemes” por el Dr. Sergio Núñez y Ruiz-Díaz.

La actividad se concretará en el Salón “Los Caudillos” del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas (Montevideo 641-C.A.B.A.) y se difunde por:
http://institutojuanmanuelderosas.blogspot.com.ar/2013/05/homenaje-martin-miguel-de-guemes.html

Es un honor reproducir el contenido del nº 157, que recomendamos para su suscripción:


CONTENIDO del Boletín


I.    MUERTE DE GUEMES, por Luis Güemes.
II.  RECUERDOS DEL CENTENARIO DE LA MUERTE DE GUEMES, por el Dr. Miguel Carrillo Bascary
III.  DON MARTIN MIGUEL DE GUEMES, por Mons. Dante Bernacki
IV.  EL EDECAN DE BELGRANO, por María Cristina Fernández
V.   AGENDA GUEMESIANA MAYO DE 2013
VI.  CORREO DE LECTORES
VII. HOMENAJE AL GRL GUEMES EN LA C.A.B.A
VIII.PALABRAS FINALES
IX. Y en fin to,mar prestado un artículo de entre los tantos, para mantener viva la lama también entre los lectores del Pregon Criollo:


DESARROLLO
I.    MUERTE DE GUEMES


La obra Güemes Documentado registra información que permite conocer en profundidad la Gesta Güemesiana. En el marco del aniversario de la muerte del prócer, se recurre a las investigaciones realizadas por Luis Güemes para reseñar los sucesos de aquél fatídico Junio de 1821. Dice el autor:

“Sofocada la revolución del Comercio, Güemes se dedicó a reorganizar su ejército. La ciudad estaba prácticamente desierta, pues hasta los culpables de la revolución, como se ha dicho, la habían evacuado, huyendo.

Olañeta, después de la derrota sufrida por su vanguardia al mando de Marquiegui en Jujuy y prisión de éste, simuló una retirada a sus antiguos cuarteles de Tupiza a esperar noticias de los complotados que, aunque derrotados, no se consideraron vencidos. Así fue que cuando vieron el momento propicio, enviaron un emisario para alertar al general realista, el que despachó un destacamento al mando del coronel José María Valdez (a) “El Barbarucho”, con la misión de tomar a Güemes por sorpresa, de acuerdo a un plan premeditado.

Don José Manuel García, en unos apuntes suyos, entregados personalmente al doctor Domingo Güemes y que obran en nuestro archivo, dice: “El cordobés Benítez (don Mariano) fue quien trajo a Valdez para sorprender a Güemes, ganándose 5000 pesos. Valdez se iba ya en retirada con 4000 hombres. En Tupiza lo alcanzó Benítez. El comercio hizo suscripción para pagar los 5000 pesos a Benítez” y agrega: “El Barbarucho” era español, de buena estatura, colorado, pecoso; se alojó la noche de la sorpresa a Güemes, en casa de las Gurruchagas”.
(Sigue)
Güemes, desde su vuelta de Tucumán, residía transitoriamente en su campamento de Velarde, mejor dicho en su finca “El Carmen”, donde mantenía una especie de academia militar de oficiales. El coronel Vidt, en una carta al general Puch dice: “Nosotros estábamos acampados a una legua, más o menos de Salta, organizando las fuerzas de la provincia para marchar al encuentro del enemigo, cuando el general Güemes tuvo la fatal idea de ir, durante la noche, escoltado por algunos hombres de caballería a la ciudad a objeto de tomar allí, personalmente, algunas disposiciones”…

Bernardo Frías expresa: “Hacía pocos meses que Güemes había trasladado su casa habitación y las oficinas del gobierno, que según inveterada costumbre se establecían en el domicilio particular del magistrado, de la casa del prófugo al campo enemigo, don Francisco Graña, en 1819, a una de las de don Manuel Antonio Tejada, español como Graña, al lado de la de su hermana (antigua casa de la Tesorería, hoy España 720) y otra era de una cuadra de extensión, no ocupaba todo él la parte edificada, quedando a los fondos, sobre la puerta falsa y hacia el norte, el extremo vacío y abierto, como existían varias en la ciudad, por los suburbios, y que denominaban huecos. Este era llamado el hueco de Tejada, como a su frente, hacia el naciente, estaba el hueco de los Esteves. El tagarete de Tineo (hoy avenida Belgrano) pasaba por frente a ellos, en cuya banda opuesta y a media cuadra solamente al naciente quedaba la casa de Tineo con la calle de la Amargura, que iba de norte a sur –llamada así porque en la procesión del Miércoles Santo la Virgen de los Dolores se encontraba en aquel punto con San Juan y la Verónica- y que separaba uno de otro hueco, un sólido puente de arco de piedra daba paso al torrente, en esta estación del año en seco. Hacia el norte se entraba ya a lo que se llamaba el campo o simplemente el Campo de la Cruz.

“Por su parte, el temerario jefe enemigo seguía acompañado de una fortuna singular. Desde el pie del Nevado, siete leguas lo separaban aún de la ciudad, pero como en el mes de junio la noche llega más temprano, aún no acaba de terminar el descenso de la montaña cuando sus sombras comenzaron a bajar. Mayor beneficio fue para su empresa esto también. Seguía de allí la quebrada de los Yacones, abierta entre dos ríos, uno torrentoso que se abre paso por la quebrada de Lesser, su vecina, y el otro de mansas y cristalinas aguas, llamado también de los Yacones, mas ya en ambos reducido a un hilo sus raudales por la estación totalmente falta de lluvias, los cuales se deslizaban entre una eterna y callada soledad… se encontró a cosa ya de media noche, sobre el Campo de la Cruz… logrando con esto conservar el importantísimo y, a la vez, difícil misterio de su avance y presencia allí. Una vez así en frente de la presa, dio sus disposiciones. Dividió su fuerza de 300 hombres de infantería en partidas, a cada una de las cuales las puso en manos de comandantes expertos y conocedores cumplidos de la ciudad, y ordenó que penetrando silenciosamente por las calles que de los cuatro vientos se dirigían a la casa de Güemes, se aproximaran a ella hasta lograr bloquear completamente la manzana, apostándose, al efecto, en los sitios convenientes. Una de ellas, de esta suerte, entrando por la calle de la Caridad Vieja, la calle real de entrada a la ciudad viniendo del Perú y que desembocaba en la plaza, debía tomar posesión del punto al llegar a la confluencia de esta calle con la de la Victoria; otra, tomando la del poniente de la manzana de Güemes, se apostaría en la esquina sobre esta misma calle de la Victoria, esquina entonces de Abuela; una tercera penetraría por la calle del Comercio (hoy Caseros), viniendo desde el poniente rumbo a la plaza, donde desembocaba; una cuarta, viniendo del sur, subiría por la calle de la Amargura, buscando todas sitiar la manzana en que estaba la casa de Güemes, y otra finalmente tomando el extremo norte de esta misma calle, guardaría su salida por el puente del tagarete al campo; todas con la orden de hacer fuego sobre cualquier grupo o persona que ofreciera sospecha de ser enemigo y que buscara escapar.

De esta manera, cualquiera que fuera el camino que Güemes tomara para salvar y volar a ponerse al frente de sus tropas, caería seguramente muerto o prisionero de las partidas; y si estas lograban su principal objeto, de no ser sentidas, entonces el audaz pensamiento que lo llevaba al Barbarucho a acometer paso semejante, se consumaría. Las partidas destinadas para el caso, darían el asalto inesperado  a la casa de Güemes, tomándolo de sorpresa, matándolo allí o cogiéndolo prisionero, en cuya posición se fortificarían y conservarían hasta la reunión de Olañeta con el grueso del ejército, que no tardaría en llegar.

Así fueron tomadas las medidas y se dispusieron las cosas. Era ya como la medianoche; noche tenebrosa y fría. Algunas familias que no se habían recogido aún, percibieron el insólito ruido acompasado que a esa hora tan avanzada producían las partidas que penetraban sigilosamente. Del balcón de don Santiago Saravia, suegro de Huergo, como del siguiente don Pedro Pablo Aráoz, observaron, por ejemplo, la que penetraba por la calle del Comercio rumbo a la plaza; y por el chas-chas de sus pisadas, ruido peculiar de las ojotas con que calzan los coyas, los que tantas veces habían penetrado en la ciudad en las invasiones, les reveló con exactitud de qué gente se trataba. Otro tanto ocurrió con la que penetraba por el sur, por la calle hoy de La Florida. El doctor Francisco Claudio de Castro, coya emigrado y casado en Salta, y segundo ministro que fue de Güemes, había sido de los revolucionarios; mas como el rigor del invierno había causado en él una grave afección pulmonar, Güemes le permitió ser atendido en su domicilio. Su esposa velaba. Era doña Manuela Antonia Castellanos; la cual sintiendo idéntico ruido producido por la partida que avanzaba, aguzó el oído, y cerciorada de ello como de que era de coyas, exclamó llena de agradable impresión: “¡Castro, ojotas!”.

A poco de esto, se oyó resonar una descarga por el rumbo de la plaza a lo que el enfermo exclamó lleno igualmente de satisfacción: “¡Gracias a Dios!”, juntando las manos y elevando al cielo los ojos, en señal de gratitud. ¿Esperaban alguno de éstos la protección de Olañeta, secretamente contratada por los realistas? ¿Era, acaso, tal júbilo sentido por la libertad que esperaban de tanto preso como rebosaba el cabildo, la de Castro entre otras, y que salvaban la vida muchos merced a este inesperado favor? El sepulcro de tantos patriotas y de tantos realistas, ha llevado a su fondo estos misterios.
Aquella misma descarga fue la notificación ya indudable que recibió Güemes del peligro. Estaba cenando en su casa particular en compañía de su hermana y de algunos ayudantes. Su caballo ensillado yacía listo en el patio principal, y a la puerta de la casa, la escolta de 25 hombres, en la calle, con la brida en la mano, aguardando sus órdenes.

Güemes había enviado hacia el lado de la plaza a practicar una diligencia administrativa a uno de sus ayudantes, don Luis Refojos, y el encuentro de éste con la partida del rey había causado el disparo de sus armas.

Al escuchar el eco de la descarga, Güemes comprendió toda la verdad que hacía pocas horas había desdeñado: “¡El enemigo!”, gritó, dando la voz de alarma y poniéndose súbitamente de pie. -“Escapate, Martín, por la puerta falsa!”- díjole su hermana Macacha, siempre previsora y sagaz. “¿Y la escolta?” le observó Güemes tocado en su pundonor. “¡No, no puedo huir abandonando la escolta, sería una cobardía!”. Y abalanzándose sobre el caballo, echóse velozmente a la calle. La escolta lo siguió.

Su ánimo era en este momento volar al campamento que tenía en Velarde, dos leguas al sur de la ciudad. Tomó por el poniente, rumbo opuesto a la plaza; mas al acercarse a la esquina, entonces de la Abuela, en la propia manzana de su casa, la encontró ocupada por el enemigo, que le hizo una descarga, tirada al grupo, en la oscuridad de la noche.

Viendo, por este incidente, que aquella salida ya está tomada, volvió el caballo sobre la marcha, pasó de nuevo por enfrente de su casa y dobló en otra esquina, por la calle de la Amargura, tomando dirección al sur, siempre en busca de su campamento, y aquí dio con la partida cuya marcha había sentido la familia de Castro, la cual lo recibió con otra descarga, volteándole algunos hombres y dispersándose casi todos los demás.

Este nuevo incidente lo hizo volver de aquí también, tomando entonces el rumbo del norte, por la misma calle y el único que le quedaba por experimentar. Iba tendido sobre el cuello de su caballo a objeto de no presentar mayor blanco al enemigo, y a todo escape. Al acercarse a la mitad de la cuadra siguiente, cerca ya de los huecos nombrados de Tejada y de Esteves, una línea de tiradores del rey le cruzó la calle. Güemes, sin detenerse en la carrera y persuadido, al fin, de que todas las calles por donde podía salir, estaban tomadas, empuñó sus armas, y picando las espuelas al caballo, lo lanzó sobre la línea enemiga descerrajando sobre ella sus pistolas y la atravesó de parte a parte en medio de una granizada de balas.

“Con todo esto, llevaba ya Güemes destrozados a balazos sus vestidos, atravesada su gorra y hasta los tiros de su espada; viniendo al fin una de aquellas últimas balas disparadas al acaso, cuando ya Güemes salvaba el puente que daba paso al tagarete de Tineo a herirlo mortalmente, penetrándole por la parte inferior del espinazo y desgarrándole la ingle derecha”.

Ampliando lo dicho por Frías, aclaramos nosotros que don José Manuel García, en los apuntes citados, nos dice: “Lucio Archondo, hermano de doña Nicolasa, hijo de don Tomás Archondo, mandaba la barricada de 50 cazadores (realistas) donde hirieron a Güemes. Don Tomás era español y Lucio salteño”.

Cabe señalar que esta barricada de los realistas debió ser, seguramente, la que estaba sobre el puente del Tagarete, que menciona Frías, o en su extremo Norte, cuidando la puerta posterior de la casa de Güemes, que daba al tagarete de Tineo. Estos soldados de caballería, habrían estrechado a Güemes, herídolo a quemarropa y no con una bala “disparada al acaso”. Dicho esto, seguimos con Frías que agrega: “Logrado de este modo en gran parte el objeto propuesto por la invasión, y dueño de la ciudad, el Barbarucho fue reconocido por comandante militar de la plaza. Dueño accidentalmente de todo, nombró por gobernador interino de la provincia al coronel don Tomás de Archondo”… quien “bajo el ecuánime y humanitario gobierno de Güemes había podido vivir en Salta al lado de su familia y al frente de sus arruinados intereses, mas dando rienda suelta siempre a su furiosa lengua contra la Patria y contra Güemes, sin que de ello este calumniado gobernador hiciera caso”, expresa Luis Güemes.


Datos que nos llegaron por

Prof. María Cristina Fernández
Académica del Instituto Güemesiano
macachita@gmail.com
http://www.martinmiguelguemes.com.ar/





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Horacio Guarany (Heraclio Catalín Rodriguez, para los amigos)

Recibió la distinción "Néstor Kirchner" en la Cámara de Diputados. El cantautor de 88 años que supo "pintar" a Alto Verde, hacer no callar al cantor, enamorar y gritar, levantar la voz y susurrar injusticias, fue homenajeado. Una emoción que recorrió la comunidad folklórica y que El Pregón Criollo intenta al menos parcialmente, reflejar.  Agradeció la distinción del Congreso Nacional en la reunión a la que asistieron Luciano y Miguel Pereyra, el Chaqueño Palavecino y Luis Landriscina, Quique Llopis y tantos amigos, entre otros. Y que como justa celebración, entonaron "Si se calla el cantor".

El acto se desarrolló en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.


Horacio, folklorista de ley,  recibió la Distinción de Honor "Presidente Néstor Carlos Kirchner" en la Cámara de Diputados de la Nación, como reconocimiento al aporte realizado a la cultura popular y la democracia.  "Es un alto honor recibir está distinción en nombre de todos los compañeros que hacen cultura y educación, que son las bases", afirmó el cantautor.  Por su parte, el presidente de la Cámara, Julián Domínguez, dijo en su discurso que el homenaje buscó resaltar que Guarany "nunca se calló, aun en los tiempos oscuros cuando sus canciones alumbraban el camino a esta democracia".

En la ceremonia, que se realizó en el Salón de los Pasos Perdidos de Diputados, cantaron Luciano y Miguel Pereyra. También estuvieron en la sala los músicos Amelita Baltar, Chaqueño Palavecino, Facundo Saravia, Pablo Lescano y Luis Salinas, y el humorista Luis Landriscina, entre otros.  Además, los asistentes entonaron como se anticipó su canción emblemática. La distinción otorgada es el máximo galardón que entrega la Cámara de Diputados a artistas y referentes sociales que se destacaron por su compromiso y su contribución a la cultura y la sociedad.
Un orgullo que celebramos.

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