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2013 Agosto
2013 Agosto
Fortunato Ramos - Jorge Cafrune
 
  • Entrevista a Victor Heredia en 2008 en Clarín

Víctor Heredia: "Creo que me hice artista frente a la primera amenaza"

Por:  Silvina Lamazares

 

Asegura que desde chico quiso ser músico, pero alguna vez también soñó con ser basurero... y alarmó a sus "tías paquetas". Tiene 41 años de oficio, una "ética heredada y elegida" y un compromiso cantado
Dice que se reconoce más en "ése que fui a partir de la secundaria". Sin embargo, su memoria viaja y aparecen entonces sus viejos placeres que tacharon su fecha de vencimiento: "Me sigue gustando remontar barriletes como cuando era un pibe... de hecho el otro día lo hicimos con mi hijo más chico, me sigue gustando la pesca, jugar a la pelota. Sí, creo que sí, claramente también me veo en ese nenito que fui". Tanto, que ese nenito alguna vez soñó con ser basurero, "declaración que horrorizó a mis tías por parte de padre, que eran muy paquetas". A más de 50 años de aquella escena que Víctor Heredia no olvida —el hombre que paradójicamente no olvida el valor de la memoria—, sus letras horrorizan, aún hoy, a más de una paquetería ajena.

Generoso en el relato, condimenta el repaso de los años con nombres y acotaciones que arrastran tributos, como cuando cita al "tío Edmundo, el tipo que me enseñó muchas cosas, como, por ejemplo, a romper una nuez cuando era niño: la ponía debajo de la pata de la silla y me sentaba... Lo quise hacer de grande y la dejé hecha un guiñapo".

La escena lo lleva a recordar "las navidades en un caserón enorme en el que vivíamos varias familias. Nos juntábamos en el patio, con parientes y vecinos, y se comía mucho, se reía mucho y yo cantaba las poquitas canciones que había aprendido de la radio (ver La anécdota). Y ¿sabés dónde cantaba también? En el mostrador de una carnicería: resulta que cuando volvía del colegio, cortaba camino atravesando el mercado que había en Salta y Belgrano, y un día el carnicero, al que mi madre le había contado lo que yo hacía, me pidió que le cantara... y día por medio hacía un show, me aplaudían dos personas y me sentía un artista".
Como quien resignifica lo que acaba de decir, admite que "en realidad, siento que me hice artista frente a la primera amenaza". La profundidad de la frase no cambia el tono de la charla, amable, abierta, matizada por una paleta de colores que también contempla los tonos oscuros, entre café y frases que insisten en quedarse. Que saben hacerse oír. Como cuando completa el pensamiento diciendo que "uno se transforma en artista de verdad cuando empieza a sostener lo que propone, cuando se para en la resistencia... Porque todo lo otro queda en lo lúdico y placentero. Las giras son muy bonitas, pero tienen algo de estudiantina. Yo creo que uno se da cuenta del valor que tiene lo que dice cuando tiene que defenderlo. Claramente son las vicisitudes las que te hacen madurar".

Y sin pudores cuenta que "el éxito me vino apenas empecé. Arranqué en el 67 en el Festival de Cosquín y ya en el 69, con 22 años, llevaba vendido medio millón de placas con El viejo Matías. Para mí era un milagro, me había podido comprar mi propia casa: lo que a mi viejo le había demandado 40 años de su vida, a mí me costó dos años". Su mirada nada complaciente con sus principios le permite ver que "fue recién en los 70 cuando entendí de qué se trataba esto". El muchacho que en el 72 había ganado el Festival de la Canción de Protesta, en Perú —con compañeros como Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa—, sufrió un año después "la primera trompada, digamos. En el 73 estaba haciendo Víctor Heredia canta a Pablo Neruda y eso me valió el primer teatro suspendido en Capital Federal por una amenaza... Lo pude hacer recién al año siguiente y en Caracas".

Con un maravilloso disco recién editado —Ciudadano, incluye un tema con Silvio Rodríguez—, que presenta esta noche en Colón (Entre Ríos)—, le afloja por un rato el hilo a los barriletes de la infancia y admite que "más de uno dijo alguna vez que había un acto de heroísmo de mi parte para quedarme en el país a pesar de las amenazas de la Triple A... y la realidad es que no. Ningún héroe. Yo me hubiera ido. Hubiera querido irme, pero frente a la desaparición de mi hermana y su marido en plena dictadura, y con la muerte de mi padre al poco tiempo,  y con mi sobrina de dos años y mi madre sola, ¿a dónde me iba a ir? Había que estar acá... en esos momentos todavía había esperanzas de que aparecieran. Ahora sólo queda seguir luchando por la aparición del hijo o hija de Cristina, porque estaba de cinco meses cuando se la llevaron".

El silencio se impone. No se busca. Y luego aparecen las palabras a propósito de la palabra, a propósito del "valor que me inculcó mi padre por el compromiso, por la coherencia. De él heredé una ética y una moral que me llenan de orgullo. He pagado precios caros, pero más cara es la traición".
 
Una anécdota completa el reportaje:

Entre las tres o cuatro canciones que de chico se había aprendido de memoria, Caminito del indio era su clásico en las reuniones familiares. A tal punto, que cuando tenía 6 años su madre "fue mi primera productora discográfica, porque me hizo grabar el tema en un disco de pasta para un cumpleaños de mi viejo. Me llevó a una casa que hacía algo así como grabaciones al paso: canté con una vocecita muy finita eso de sendero coya sembrado de piedras y cuando terminé dije para mi papá. Todavía guardo esa joyita que apenas se escucha"

 

Página 12 recuerda a Cafrune


 
LA HISTORIA DEL FINAL DE JORGE CAFRUNE
Una muerte dudosa


La “historia oficial” dice que el folklorista murió en 1978 en un accidente de ruta. Su hija, Yamila Cafrune, abogada y cantante, cuenta que la familia siempre sospechó que fue un asesinato político.
Yamila cuenta que a la familia le pareció extraño el accidente.
Para López Rega, Cafrune era más peligroso que un ejército. 

 
Por Karina Micheletto
  La madrugada del 31 de enero de 1978, cuando marchaba a caballo rumbo a Yapeyú para depositar un cofre con tierra de Boulogne Sur Mer en homenaje al general Jose de San Martín, el folklorista Jorge Cafrune fue atropellado por una camioneta. Quedó demasiadas horas tirado en la ruta con las costillas incrustadas en los pulmones, y al día siguiente falleció. A la camioneta y a su conductor se los tragó la noche: sólo pudo saberse un nombre –Héctor– susurrado por los habitantes de Benavidez.


Por entonces Yamila, la hija mayor del legendario creador de Zamba de mi esperanza, tenía 12 años. A los 18 decidiría seguir la carrera de abogacía. “Siempre sostuve la idea de que es posible hacer justicia hablando con la verdad, pero desde que pasó lo de mi papi supe lo que es empezar por casa”, dice Yamila. “Hasta el ‘83 fue imposible averiguar nada. Ese año empecé la facultad, y con mi madre y mis hermanas intentamos por todos los medios encontrar algún otro dato. Pero la investigación llegó a un punto muerto”.


Sin embargo, dice Yamila, hay numerosas conjeturas posibles. “Que detrás del accidente estuvo Gendarmería, o la Triple A. Es sabido que López Rega dijo que Cafrune era más peligroso con una guitarra que un ejército con armas. Es sabido que sus discos estaban prohibidos: En Radio Nacional de Córdoba guardan un disco que tiene los temas que no podían pasarse tachados con birome en la tapa y rayados con un clavo adentro. Entre ellos estaba Zamba de mi esperanza. ¿Sabés cuál era la palabra prohibida...? Era la palabra esperanza”.
Hay otros datos, que involucran nombres que Yamila ha preferido no retener en la memoria. Graciela Geuna, sobreviviente del campo clandestino de concentración La Perla, declaró haber escuchado cómo el por entonces teniente primero Carlos Enrique Villanueva dispuso en ese lugar la muerte del folklorista, luego de que éste cantara en Cosquín Luna cautiva, una zamba “no autorizada”. “Esto no deja de ser una conjetura, algo que alguien dice que escuchó”, apunta Yamila en una entrevista con Página/12. “Nosotros preferimos creer que fue un accidente. Llegó un punto en que priorizamos nuestra salud mental. La decisión de la familia es llegar hasta acá”, resume.
En 1992, Yamila comenzó su carrera profesional de cantante casi por casualidad. “Yo estaba recién recibida de abogada, trabajaba en el registro civil, y mi vida parecía encaminada por ahí. Fui a Cosquín por un homenaje a mi papá, y pedí que me dejaran cantar en un escenario callejero. Sucedió que entre el público estaba Julio Mahárbiz, y él me invitó a que el día siguiente hiciera un tema en el escenario mayor. Así empezó todo”, relata. Hoy Yamila no es sólo la hija de: ha sabido ganarse un lugar propio en el folklore local, con un repertorio que lentamente se aparta de lo más tradicional. Actualmente prepara un nuevo disco –ha editado cinco, en uno de los cuales canta, sobregrabada, junto a su padre- y conduce el programa de radio Nuestra herencia, que se emite los martes y jueves de 21 a 22, por fm folk, 92.3.
–¿Pesa o es un orgullo para una folklorista el apellido Cafrune?
–Es un honor. No es una carga, como mucha gente cree, pero sí una responsabilidad enorme. En el aspecto musical, porque la gente cree que una nació artista por ser la hija de Cafrune, y entonces siempre está el miedo de que piensen “cómo teniendo el padre que tiene no sabe lo que es una milonga...” O hasta en la forma de vestir: la gente espera verte de una determinada manera sobre el escenario, y por ahí no aceptaría que yo me aparezca de minifalda. La forma es una tontería, pero es importante lo que significa esta demanda: que hay una forma de llevar la vida que uno ha legado, y que tiene que respetar. No como obligación, pero sí como algo de lo que uno elige hacerse cargo.
-¿Qué cosas, además de la música, le legó su padre?
–Me legó una vida honorable a imitar y un nombre digno a llevar. Como me dijo una vez (Horacio) Guarany, yo nunca voy a tener que bajar la vista cuando hable de mi viejo. He recorrido todo el país y en todos los caminos encuentro los mejores recuerdos de la gente hacia mi padre.
 


Un homenaje en cuatro CDs.
Este domingo, con la edición de Página/12 se publicará el primer disco de la colección Jorge Cafrune, viento del pueblo, a un precio de compra opcional de 6 pesos. El homenaje consta de cuatro discos, que irán saliendo en los sucesivos domingos, y que mostrarán una perspectiva global de la obra del cantor popular. En la primera entrega se incluirán catorce canciones emblemáticas de Cafrune. Se trata, en todos los casos, de clásicos del folklore argentino, popularizados en buena medida por él. Así, desfilan, con el habitual estilo interpretativo de Cafrune, “Las golondrinas” (E. Falú-J. Dávalos), “Zamba de mi esperanza” (Luis Morales), “Virgen india” (Hermanos Albarracín), “Zamba por vos” (Alfredo Zitarrosa), “El último sapukai” (O. Valles), “Guitarra, dímelo tú” (Yupanqui), “Recuerdos de Ypacaraí” (D. Ortiz-Zulema de Mirkin), “Sudamérica” (J. Dávalos) y “Coplas del payador perseguido” (Yupanqui), entre otros.
 

 

  • La Gaceta recuerda a Fortunato Ramos
     
       
     

 


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