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2013 Septiembre
2013 Septiembre
El Velorio del Angelito en el cruce dialéctico entre Antropología e Historia Dra. MARICEL PELEGRÍN
 
El Velorio del Angelito

en el cruce dialéctico entre Antropología e Historia
Dra. MARICEL PELEGRÍN


Introducción:
Investigar sobre los rituales fúnebres desde su multivocalidad en el área rural de Santiago del Estero, despertó en mí un singular atractivo. Los años de trabajo de campo me unen afectivamente al noroeste andino, al cual pertenece esta provincia argentina mediterránea, actuando por su localización, como una región transicional entre las culturas de la selva orientales y las occidentales de la montaña. Santiago del Estero es la esencia de sus dos emblemáticos ríos, el Dulce y el Salado,  formando en Tumba de Angelito



En Cementerio Caloj


Su cauce es una diagonal fluvial que enmarca una amplia llanura. Sus orígenes históricos nos hablan de un  pasado unido a la gesta conquistadora que llegará desde Lima, la capital virreinal, para fundar en 1553 lo que será la ciudad más antigua del país, Santiago del Estero, sometiendo a una pluriétnica población indígena, en acciones de aculturación, evangelización y mestizaje. Una de las  huellas de estos hechos es la conservación del quichua  en su bilingüismo con el castellano en la población campesina criolla, como rasgo exclusivo de esta provincia. El sustrato indígena y el componente negro que llega a través de la trata de esclavos, sufrió un proceso intencional de borramiento pero se adivina en múltiples marcas tanto fenotípicas como culturales.

Dentro del tema de la muerte como entidad que permeabiliza el sistema de representaciones de una sociedad, es pertinente destacar, su aporte estratégico en el sentido de contribuir a hacer asequibles las categorías axiológicas y normativas, los puntos de alianza y ruptura entre sus miembros, los juegos de poder y jerarquía que los involucran en sus interacciones.
Los ritos mortuorios expresan de algún modo, el aspecto perfomático, donde las conductas de los sujetos involucrados responden a una dimensión corporal-gestual-verbal que remite al drama puesto en la escena-acción del teatro. Constituyendo la  muerte y su circunstancia una suerte de “alter ego” de la vida, insoslayable dentro del ciclo vital de cada individuo, transitar su “trama de significados”, como diría Geertz, es acercarnos a nuestros grandes interrogantes existenciales, buscando respuestas que iluminen la vida cotidiana.
Tomaré aquí como objetivo en cierto aspecto autorreferencial y paradigmático, el rito que en la región estudiada se denomina “velorio del angelito” , en un intento de sistematizar las discusiones sobre los campos epistémicos que marcan las fronteras entre la antropología y la historia; involucrando en ambas disciplinas sus contenidos, las líneas de pensamiento congruentes, pero teniendo en cuenta, además, aquellas que denotan divergencias y fricciones. Siendo conscientes que tanto una ciencia  como la otra están inscriptas en una línea espacio-temporal cargada de sentido, y que desde esa cualidad se consustancian con el neologismo acuñado por Mijail Bajtin ‘cronotopos’, debemos destacar el rol del ritual como lugar preferencial para observar, describir y explicar el imaginario colectivo, haciendo girar el análisis discursivo sobre el mismo.


El velorio del angelito en sus raíces histórico-culturales

Diversos autores coinciden acerca de la multidimensionalidad que adquiere el tiempo para el hombre, ejemplificándolo con la tipología de aquel propio de la vida cotidiana y el que se manifiesta en el contexto  ritual. Este último, presenta como atributos notables el ser estructural, cíclico, ahistórico y pleno de significación. En las actividades mágico-religiosas,  el tiempo es una estructura que se repite, pero no resulta una iteración siempre idéntica, ni se puede hablar de la inmutabilidad de sus actos,  sino que hay por sobre todo una recreación. Cada vez que se representa el drama de un ritual de tránsito relativo al nacimiento, los que involucran la entrada en la pubertad o de muerte,  son eternamente iguales pero también eternamente otros, la reconfiguración ha tenido lugar. Nancy Munn  observará las dificultades que se suscitan para hallar un metalenguaje que logre conceptualizar algo tan ordinario y aparentemente transparente como la temporalidad en la vida social. Sostiene que el tiempo es un proceso simbólico continuamente producido en la práctica diaria.


Cementerio Villavieja

La alianza espacio-temporal que se le presenta al antropólogo en la posmodernidad dista bastante del panorama previo. Los procesos
 de cambio acelerado que se produjeron con el espectacular desarrollo de los medios masivos de comunicación, afectaron las relaciones sociales y políticas. La derivación de estas coyunturas entraña para la ciencia antropológica, estudiar nuevas construcciones espaciales porque en la elevada antropodinamia, protagonizada especialmente por los pueblos que estuvieron bajo sistemas  de poder asimétricos y/o coloniales, se dan movimientos de reterritorialización que involucran la emergencia de nuevas identidades culturales y étnicas. José Antonio Fernández de Rota y Monter advierte que el antropólogo se enfrenta a un complejo entramado para configurar el campo de su trabajo de campo. Mientras que tradicionalmente se investigaba en sociedades más o menos aisladas con cierta homogeneidad en sus modos de vida, ahora debemos responder a un trabajo de campo multisituado, “siguiendo en varios lugares a los miembros de una diáspora, a grupos con problemáticas similares o seleccionando una unidad política en vez de una unidad espacial.”
Todas estas nuevas tendencias y conceptualizaciones  que nos hablan de una interrelación entre antropología e historia,  intervinieron cuando planteé los lineamientos básicos para el estudio del velorio del angelito . La muerte de párvulos lleva implícito un ritual que lo singulariza en relación al de los adultos y que por herencia española , tiene una amplia difusión por toda América Latina desde México hasta la Argentina. Baste como ejemplo la casuística americana que corrobora su existencia en contextos pluriétnicos: pueblos indígenas, comunidades negras y sociedades criollas y mestizas. Un imaginario relacionado con la pureza de los infantes y la construcción de determinados espacios teólogicos -la gloria celestial- a los que su condición los hace trascender post mortem en forma inmediata, atraviesa diacrónicamente su existencia y permite que se  pongan en relación horizontes de pensamiento  mítico-religiosos congruentes. (sigue...)

En  España el rito mortuorio que seguía a la muerte de un niño inspiró a poetas, novelistas, pintores y dramaturgos. Presentaba homogeneidad en sus rasgos y mayor incidencia y permanencia en la costa valenciana, donde los últimos rastros de su realización desaparecen luego de la Guerra Civil Española.. Allí se lo denominaba vetlatori del albaet y dansa del albaet .
Me interesan destacar algunos aspectos que comparten el ritual valenciano y el de Santiago del Estero que han logrado trascender las fronteras espacio-temporales. En la creencia que los niños muertos se transforman en poderosos ángeles mediadores, el velorio debe desarrollarse en un clima festivo, con música, danza y banquete. Dentro de la comunidad valenciana se bailaba -en danza de pareja- con movimientos lentos y suaves al compás de castañuelas, guitarras, bandurrias o acordeón y se entonaban varias coplas:

“La dansa del velatori
Dones vingau a ballar
Que és dansa que sempre es balla
Quan s’ha mort algú albat”




Cementerio Punta Pozo

Los padres convidaban cacau y tramusos, pasas, higos, porrón o bota de vino. Mientras que en el monte santiagueño, hasta hace unas décadas, era corriente que iniciaran el baile los padrinos del pequeño difunto quienes, durante todo el velorio, desempeñaban un rol protagónico, debiendo hacerse cargo, además, de las erogaciones que se originaran. Me decían que se conserva el hábito de servir  “El asado y la sopa, eso es tradicional”. “Se usa mucho el mate”. También se suele ofrecer, la noche del velorio, un guiso de arroz, bebidas como ginebra, whisky, café al cognac, “cinzano” o jugo. Una muerte se transforma así en un lugar de sociabilización, donde se plasman principios de reciprocidad que implican el deber de la retribución. Se vuelve imprescindible la presencia de la rezadora, suerte de corifeo, que alterna oraciones cristianas con la entonación de  versos, cánticos religiosos antifonadosque los presentes deben responder a modo de coro, en lugar de las alabanzas que son propias de los velorios de adultos:

Madrecita de mi vida
no me hagas tanto llanto
que me has de mojar mis alitas
y no he de poder volar
” .

Como lo demuestra el contenido de este verso, pesaba y aún perdura en el recuerdo, un tabú sobre la madre del angelito que le impedía llorar porque sus lágrimas mojarían las alas que se le colocaban, y no podría volar al cielo.
Las dimensiones de espacio-tiempo de acuerdo a cómo se vivencian en  el velorio del angelito, nos están ofreciendo interesantes elementos de análisis, ya sea a nivel histórico como antropológico. La muerte de niños instala un espacio y tiempo liminal marcado por lo sagrado, no olvidemos que son reconocidos como entes angélicos porque la edad confirma su grado de pureza. Es imprescindible ejecutar todos los pasos que prescribe la normativa ritual para consolidar el status de aliado poderoso del angelito y para favorecer que se territorialice en el ámbito que le corrresponde a los muertos. Su influencia será más notoria en aquellos más próximos en el afecto: padres, hermanos, abuelos, padrinos. Se reconoce su intencionalidad para mediar entre Dios y los hombres, portando beneficios terapéuticos, bendiciones y todo tipo de gracias. Preparar el cadáver del niño y disponer de la habitación donde se lo velará, contienen una simbología que remite al imaginario cristiano. Se lo viste de color blanco, colocándolo en un cajoncito del mismo color y “forman el cielo de una sábana blanca”. Se piensa en la muerte como un viaje a un espacio representado como semejante al terreno, por eso existen necesidades que se deben cubrir: “la mamá le tienen que echar la leche en la boquita”, “se hacen en forma de alas que se le cose en la ropita aquí, por sobre los bracitos, este para que vuele, dicen”. El respeto por estas reglas convertirán a los angelitos en un resguardo para la reproducción de la sociedad.
Muchas de estas creencias y prácticas rituales han experimentado un proceso de transculturación en los últimos tiempos en el área rural de Santiago, según lo he podido comprobar en los testimonios de los campesinos entrevistados, hecho que también es revelado por Claudia Forgione para todo el noroeste andino argentino. . La cultura en su dinámica, se ha ido resignificando por la influencia de nuevas ofertas religiosas de iglesias paracristinas y pentecostales, el incremento de las comunicaciones entre la ciudad y el campo y la incidencia de fenómenos de etnogénesis en los que emergen identidades étnicas olvidadas o se van configurando  nuevas.



Cerrando Ideas

Clifford Geertz  hace hincapié en los mutuos reproches sin validez metodológica, que muchas veces se hacen antropólogos e historiadores sobre sus miradas epistémicas. Según su lectura crítica acerca de estas polémicas, desde los tiempos de la nouvelle histoire,  la historia parece estar fuertemente limitada u orientada a exhumar esos pequeños sucesos de la vida mundana –tan caros al registro antropológico- pero que la alejarían  de los grandes resortes de poder que sacuden al mundo. Los historiadores señalan que los antropólogos confían demasiado en los testimonios orales, cayendo muchas veces en una tradición inventada o siendo víctimas de la fragilidad de la memoria. Fuera de estas cuestiones que poco aportan a la cuestión,  ambas ciencias están unidas en su preocupación por “el  Otro”, sea este sujeto de estudio más o menos próximo en el espacio y en el tiempo o no. Se trate ya de un rito fúnebre de párvulos en la región mediterránea del siglo XIX,  donde la mirada del historiador se dirige hacia atrás o un velorio de angelito en el área andina argentina contemporánea, donde el antropólogo mira hacia los lados. Además Geertz observará el interés común que presentan historia y antropología en las relaciones entre significado y poder. Si a esta afirmación  la ejemplificamos nuevamente haciendo un cruce dialéctico con el vetlatori del albaet, los historiadores indagarán en este rito el universo simbólico que condujo a que el desarrollo de un determinado modelo de Estado despótico franquista y homogeneizador de la diversidad cultural española, tuviera relación directa con la desaparición del mismo.
Habiendo prestado atención  a la polifonía de voces entre la antropología y la historia, a propósito del velorio del angelito,  me parece acertado sostener que para una mejor comprensión de las fuentes histórico-documentales, siempre es valioso estudiar la evidencia etnográfica y viceversa. Ser conscientes de la necesidad de un permanente diálogo conducirá a un enriquecimiento recíproco en la trayectoria de ambas disciplinas sin que pierdan por ello su especificidad .


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