Opciones
PrincipalIndexPrimer Simposio Nacional de la Danza FolklóricaSegundo Simposio Nacional de la Danza FolklóricaEnlacesQuienes somosMesa DirectivaAporte TeóricosArtículos PrestadosArmando PoesíasAves del PaísArtesaníaArtesanos de la VidaBreves HomenajesBoletín MensualCarnavalesCanal de You TubeCiclosColaboracionesComidasContando CancionesCONGRESOS NACIONALESCorreo de lectoresCumpleañosDanzas TradicionalesDebatesDevociones PopularesDiscosENCUENTROS NAC/ REGIONALESEscritoresEstudiosFestivalesFolklore de LatinoamericaFolklore LaboralFolklore LiterarioFolkloristasGastronomíaHomenajesHistoriaHistoria del CantoHumorInvestigaciónInstrumentos MusicalesJoyitas de RecuerdoLiteraturaLibrosLeyendasLiteratura FolklóricaMultimediaMedicina PopularMúsicaNovedadesNoticiasNuestros MaestrosObras IntegralesPartidasPelículasPinturaPonenciasPoetas de la TierraReflexionesRecuerdosPosicionamientosRegionalismosRegionalesReligiosidadTercer Certamen de CancionesDelegacionesVidas ParalelasContáctenos

Suscribase a nuestra gacetilla electrónica
Nombre:
e-Mail:

 

2013 Octubre
Han sido popularizados a través de arte, tradición y literatura las características y sentidos del rodeo pampeano; menos conocidos son los detalles de esta faena, fiesta y espectáculo a la vez, en otros ámbitos, como los que “Selecciones Folklóricas” (Año 1 nº 10, Junio de 1966) detalló para las cumbres catamarqueñas, en un artículo de Carlos Villafuerte.
 
Han sido popularizados a través de arte, tradición y literatura  las características y sentidos  del rodeo pampeano; menos conocidos son los detalles de esta faena, fiesta y espectáculo a la vez, en otros ámbitos, como los que “Selecciones Folklóricas” (Año 1 nº 10, Junio de 1966) detalló para las cumbres catamarqueñas, en un artículo de Carlos Villafuerte.


Arreo en las Cumbres

“En Marzo o Abril, cuando los soles comienzan a bajar, se realizan las grandes corridas de animales para la marcación. Ya para esta época han pasado las lluvias y las crecidas de los ríos han menguado. El otoño se insinúa en el atardecido color de las hojas de los árboles y las noches se tornan frescas. En los amaneceres azules el aire denso y claro pega en la cara y en la frente y el ánimo se ensancha con la avidez de realizar los trabajos más intensos: el perfume de los montes se aspira con fruición y las mañanas se agrandan en lejanías de cimas, de luces y de soles.
En todo el cañón del Ambato, de la provincia de Catamarca, desde el Rodeo hasta Humaya, que va a dar en el cerro de la Carreta, el cual divide esta zona con El Pucará, se espera para esta fecha que los dueños de los campos más grandes y que poseen más hacienda, hagan correr la voz  de la próxima corrida. Y los viejos corredores, los que por tradición y prestigio no pueden faltar y que desde ese momentose sienten con la obligación y el entusiasmo de asistir, preparan sus cabalgaduras y enseres de trabajo, hasta que les avisan el día de la partida.



EL PUEBLO

Nos situamos en el paraje llamado Las Piedras Blancas, del departamento de Ambato, que se halla a 1.600 mts. sobre el nivel del mar y a 75 kilómetros de la vía férrea más cercana. Sitio rodeado de montañas, donde pequeñas lonjitas de tierras de cultivo se explotan al máximo para una producción escasa que aprovechan sólo los lugareños; por eso éstos se dedican casi exclusivamente a la ganadería. De clima frío y seco; la temperatura llega a los 30º y las mínimas a los 9º bajo cero; son frecuentes las nevadas y los temporales de granizo en invierno que impiden andar por los cerros. Ello ha hecho que los viejos pobladores se hayan vuelto duchos en la predicción del tiempo. Si los fríos son muy intensos y “el tiempo va muy seco”, las heladas son negras; si hay un poco de humedad y el frío no es muy fuerte, las heladas son blancas; si hay viento y viene nublado del sur, con seguridad que habrá descompostura; si grita el zorro del agua o el mugido de las vacas tiene cierta particularidad o las hormigas se mueven con una característica que ellos conocen, habrá cambio de tiempo. Cerca del pueblo pasa el río Huaño mil y los arroyos que bajan del Ambato: el arroyo de Las Burras, de los Morteros y el de la Quebradita. Al frente se levanta el cerro de Los Tres Morros. En su parte central se abre la laguna del mismo nombre, cuyas aguas azules dan un toque pintoresco al lugar. Por allí y por las Lomadas del Comedero de los Guanacos y de la Loma Corta andaba el indio Agüero, huyendo y burlándose de la policía y de los enemigos políticos en tiempos del caudillismo de 1900. Todavía se conserva una cueva que llaman El Refugio de las Niñas, donde tenía su guarida este personaje de leyenda y en donde buscó refugio la mujer que lo acompañaba en momentos en que perdió su apero y se hallaban cerca sus enemigos.


CABALLOS Y PERROS

La mayor parte de los hombres de esta aldea montañosa, como de otras aledañas que se dedican a la cría y al cuidado de la hacienda, esperan el aviso de salida para la corrida. Y esto sucede antes que comiencen los fríos intensos que impiden llegar  a los refugios invernales del ganado. Los Hombres hacen los últimos preparativos y revisan cuidadosamente los caballos y las jaurías: porque su vida, en este trabajo, depende del caballo, y el buen resultado, de los perros. Un mal paso del animal o una rodada suelen ser mortales: caballo y hombre caen  a los precipicios o ruedan entre las piedras: de allí es que dedique tanto cuidado al grupo de animales que va a llevar, para montar uno por día; porque estas corridas son de matacaballos por esos cerros de Dios. Elige el caballito criollo, ese caballito chico, chuschudo, fiero, de estampa pobrísima, pero es el que se hunde en los pedregales o entre los espinillos o el que corre como una luz sobre una piedra o el que se detiene en seco sin resbalar un jeme. Nunca se lo hierra y se cuida de no herrarlo jamás, porque al hacerlo una vez, hay que mantenerlo siempre herrado. Y el hierro resbala en las piedras; en cambio el vaso flexible del animal se agarra como ventosa. Se tiene precaución de que en los últimos días no ande en los ríos o aguadas, para evitar que el agua le ablande los vasos, y se déspie al pisar las piedras. El caballo enseñado para el arreo con un pequeño tirón de riendas se detiene de golpe, manteniendo inconmovible al jinete, cuando el animal que va siguiendo ha doblado o se ha vuelto. El hombre y el caballo, en pleno arreo, es una sola cosa, unidos en inteligencia, fuerza y destreza. Es un centauro que, con ayuda de perros, domina las bestias bravías. Cada corredor tiene su jauría de quince a veinte perros, auxiliares indispensables, porque sin ellos no podría realizar las tareas hercúleas en que muchas veces se halla solo. Con sus perros puede bajar una tropilla de vacas medio salvajes desde las cumbres, lo que sin ellos necesitaría varios corredores para hacerlo. El trabajo del perro es arrear y atajar, es decir, encauzar los animales por donde el hombre quiere que bajen. Se le enseña desde chico dónde y cuándo debe morder. Y se haría matar antes de intervenir en un arreo o en una pelea si no es azuzado por el amo; sin embargo, a veces se arman tremendas riñas entre perros de distintos dueños, que son separados a lazazos. Pero esto suele ser causa para que un corredor sea apartado del equipo por no tener sus perros perfectamente enseñados. Es perro chico, flaco, pero bravo e inteligente. Se le enseña hasta a no comer. Se lo tiene siempre en plena actividad y delgado para que pueda correr enormes distancias que un perro gordo no haría nunca. Después le dan carne de presa, magra, locro y huaschalocro.


LA PARTIDA

Se han reunido en la casa del patrón los veinte o treinta corredores con sus caballos y sus perros. El patrón ha hecho acopio de vino, aguardiente, harina. Azúcar y yerba. Y cuando la gente está por partir hacia los filos de los cerros, de donde se divisan Los Pueblos, allá por el lado de Pomán, se les dan los avíos: azúcar, café, yerba, sal, pan casero, muchas veces la famosa tortilla rescoldada, y les llenan los chifles con vino y aguardiente. Esa noche nadie duerme y se entretienen contando cuentos, mateando y fumando cigarros de chala. Al otro día, antes de que salga el sol, con las primeras claridades del oriente, y cuando sobre el lomo del cercano cerro se ha apagado el lucero, se ponen en marcha. Desde ese momento comienza la actuación deln capataz quien tiene a su mando un ejército extraordinario de gente: la corrida se hace con cincuenta o sesenta hombres que obedecen al capataz quien tiene tanto prestigio moral sobre ellos que un reto puede terminar en el acto con la cesantía del corredor para quien va dirigido.
Ya sobre las cumbres el capataz traza su plan de acción. Manda diez grupos de ocho hombres con su jefecito cada uno y hace la distribución del trabajo de acuerdo con la geografía del terreno, y dice: “Vos vas a ir a la Piedra Bola, vos a la Cañada Larga, vos al Comedero de los Guanacos…” Los distribuye a todos  y les advierte a la hora justa en que tiene que estar de vuelta en el primer día de la corrida. Y esto tiene su importancia porque las vacas deben ser siñueladas. En esas alturas no hay corrales y las reúnen en cualquier explanada que sea apropiada para poderlas cuidar. Y allí se las vigila para que no se escapen en estampida. Los siñuelos, compuestos a veces por cientos de vacas bravías los cuidan, aunque parezca mentira, tan sólo dos o tres hombres que tienen sesenta o setenta perros. La perrada se instala lejos de las vacas, y cuando una de éstas se mueve, uno o varios perros levantan la cabeza por entre las pajas y es suficiente para que el vacuno se quede quieto. Sin embargo, se producen las escapadas; pero los cuidadores ni se mueven, porque saben que si lo hacen, se desparraman todas. Entonces ¿qué sucede? Les mandan los perros con orden de morder. La vaca que escapó, a los quince o veinte metros comienza a dar mugidos de desesperación, porque los perros la han cazado del hocico y la han tumbado; entonces dan orden de que  suelten y el animal vuelve al siñuelo.


LA CORRIDA

El segundo día, el capataz ordena para que formen otros siñuelos. Al quinto día comienzan a bajar los animales, agregándose a los siñuelos ya formados. Es un espectáculo maravilloso. Los campos se pueblan de alaridos, de tropel de animales, de gritos de los hombres, de ladridos de los perros, que se desparraman en ecos por las cumbres. Es una mole de animales que bajas por laderas y lomadas. Y los jinetes se perfilan en los filos de los cerros, estampados sobre el azul del cielo, con el lazo alto y echando gritos salvajes. En esta arreada van quedando vacas muertas porque en medio de miles de animales ocurren muchas desgracias, y vacas deschacadas por los toros en el afán de aparearlas. Y éstas no se levantan más: se las mata, se les saca el cuero, si es posible y se deja lo demás para los cóndores. Baja toda la hacienda para los corrales y los hombres que están a la espera corren en ayuda y se ponen quebrada arriba o quebrada abajo para las topadas. Y los corrales se hinchan de animales bravíos que se arremolinan en busca de una salida, hasta que se aquietan. Ese día en que vuelve la gente es un suceso extraordinario. Por todas partes se ven las ollas de tres patas preparando el locro y en los ensartadores el churrasco que se va dorando poco  a poco. La primera orden del capataz es matar una vaca para que coman corredores y mosqueteros. Y los corrales se llenan de mugidos de vacas que llaman a las crías y de bramidos de toros separados de sus manadas que buscan pelea y se echan en el lomo manotadas de tierra. La marcación comienza al otro día, después de la separación. Y todo el pueblo de Las Piedras Blancas se halla en los corrales de pircas, en el trabajo más intenso del año”.



« Volver

 

CopyRight 2018 Academia de Folklore de la República Argentina | Todos los derechos reservados
Cap.Fed. Argentina 
Powered by Sistemas On Line