Opciones
PrincipalIndexEnlacesPrimer Simposio Nacional de la Danza FolklóricaQuienes somosAporte TeóricosMesa DirectivaArtículos PrestadosArmando PoesíasAves del PaísArtesaníaArtesanos de la VidaBreves HomenajesBoletín MensualCarnavalesCanal de You TubeCiclosColaboracionesComidasContando CancionesCONGRESOS NACIONALESCorreo de lectoresCumpleañosDanzas TradicionalesDebatesDevociones PopularesDiscosENCUENTROS NAC/ REGIONALESEscritoresEstudiosFestivalesFolklore de LatinoamericaFolklore LiterarioFolklore LaboralFolkloristasGastronomíaHomenajesHistoriaHistoria del CantoHumorInstrumentos MusicalesInvestigaciónJoyitas de RecuerdoLiteraturaLibrosLeyendasLiteratura FolklóricaMultimediaMedicina PopularMúsicaNovedadesNoticiasNuestros MaestrosObras IntegralesPartidasPelículasPinturaPonenciasPoetas de la TierraReflexionesRecuerdosPosicionamientosRegionalismosRegionalesReligiosidadTercer Certamen de CancionesDelegacionesVidas ParalelasContáctenos

Suscribase a nuestra gacetilla electrónica
Nombre:
e-Mail:

 

Los 450 años de Santiago del Estero
Los 450 años de Santiago del Estero
Colaboración de la Lic. Lucía Gálvez
 

 

 

El 25 de julio de 1553 Francisco de Aguirre fundaba, junto al río Dulce, en “tierra de juríes y tonocotés”,  la que sería “muy noble y muy leal ciudad de Santiago del Estero”, madre de ciudades.
Aguirre no había sido el primero en llegar: las huestes de Juan Núñez del Prado estaban desde hacía dos años instaladas del otro lado del río, donde habían edificado una aldea que llamaron del Barco III, de vida tan efímera como sus antecesoras, del Barco II  (en los valles calchaquíes), y del Barco I (en tierras tucumanas). Antes aún, en 1544, Diego de Rojas y sus hombres habían sido los primeros españoles en penetrar en la selva tucumana y recorrer los llanos de juríes y tonocotés hasta llegar, algunos de ellos, al río Paraná donde se encontraron con indígenas del Paraguay que hablaban castellano. Diego de Rojas pagó con su vida el privilegio de la “Entrada”: los aborígenes de la región untaban sus flechas con una yerba ponzoñosa que causó estragos entre los españoles e indígenas de la hueste, hasta que descubrieron el antídoto o “contrayerba”. Los hombres de Núñez del Prado en cambio, habían llegado a los llanos de juríes tres años después de su partida del Cuzco o del Potosí: sus ropas –tan poco apropiadas- estaban hechas jirones o remendadas con cueros de “leones y tigres”. Ya no buscaban oro ni plata, solo querían levantar una población. Se aliaron a los juríes y tomaron a sus mujeres como prendas de paz. Fue asi como los primeros hogares formados en tierra argentina fueron mestizos. No había por entonces ninguna mujer española pero sí indias peruanas, araucanas y altoperuanas que venían acompañando a sus hombres o como “servidoras” de los españoles y que enseñarían el arte del hilado y el tejido a las juríes “vestidas solo con unas pampanillas”. Todas contribuyeron a que la ciudad se levantara y la vida se perpetuara. Los españoles e indios flecheros, por su parte, combatieron junto a sus nuevos aliados en contra de los lules que periódicamente los invadían para llevarse sus cosechas de maíz y sus mujeres. La ciudad era por entonces una aldea de ranchos con techos pajizos, entre los que se destacaban el cabildo y la pequeña iglesia con espadaña: los españoles estaban dispuestos a cualquier sacrificio menos el de privarse de auxilio espiritual. Y así fue que, al quedarse sin sacerdote, decidieron ir a buscar alguno a la ciudad mas cercana que era...La Serena, en Chile. Hernán Mexía Miraval, uno de aquellos “caballeros de la conquista” para los cuales “valía mas la sangre vertida que la heredada”. partió con cuatro compañeros –y seguramente algunos indígenas como guías- cruzó la “cordillera nevada” y volvió trayendo, además del sacerdote, semillas de trigo, avena, árboles frutales “de Castilla” y el algodón, que se convirtió en la primera industria y fuente comercial de la gobernación del Tucumán. Desde entonces ningún hogar santiagueño, por humilde que fuera, dejó de tener en sus patios de tierra, junto al tradicional algarrobo, una parra bajo cuya sombra se pudiera guitarrear y algunas higueras donde los chicos pudieran robar higos a la hora de la siesta.
Los primeros años fueron muy duros. La pequeña ciudad, sola en la inmensa extensión de nuestro territorio, estaba rodeada de tribus hostiles y casi incomunicada con los lugares de donde les podía llegar algún atisbo de civilización. Las “probanzas de Méritos” que los conquistadores harían llegar al rey para que retribuyera sus hazañas con mercedes de tierras y encomiendas de indios, cuentan que había muy pocos caballos y armas y que “se vestían de cueros, sacando una cabuya a manera de esparto de unos cardonas y espinas, a puro trabajo de manos, del cual hilándolo, hacían unas camisas que podían servir de cilicio”. Demás está decir que las tejedoras eran las indias.
Cuando el algodón empezó a dar sus frutos y las aborígenes aprendieron a hilarlo y tejerlo, pasó a ser “moneda de la tierra” y Santiago prosperó. En los hogares mestizos, niños de ojitos rasgados y color canela aprendían a hablar en dos y hasta tres idiomas (español, kakán y quichua, “lingua franca” de la región.) El sacerdote llegado de Chile enseñaría a madres e hijos el catecismo y la historia sagrada y a los niños rudimentos de lectura y escritura. Uno de ellos, Juan Nieto, hijo de Santos Blázquez, llegaría a ser por muchos años escribano del cabildo de Córdoba. Otras, como las hermanas Leonor, Ana y Juana Mexía, hijas de Mexía Miraval y de María india Jurí, se casarían con hidalgos españoles y serían cabeza de innumerables familias argentinas.
En 1563 volvió Francisco de Aguirre –está vez como gobernador del Tucumán- y decidió la fundación de dos de las ciudades que iban a jalonar el camino Real hacia la plata del Potosí: Talavera de Esteco y San Miguel. Hacia allá fueron los esforzados vecinos de Santiago con sus armas y bastimentos y algunos de ellos se quedaron a poblarlas. También saldrían de Santiago, convocados por el nuevo gobernador Juan Perez de Zurita, quienes poblaron Córdoba del Calchaquí, Londres y Cañete, poco después destruidas por grupos calchaquíes ofendidos en su dignidad. En 1573 el nuevo gobernador, Jerónimo Luis de Cabrera, cuya intención era “abrir puertas a la tierra” levantando una ciudad entre los comechingones y un puerto en el Río de la Plata, salió de Santiago para fundar Córdoba de la Nueva Andalucía. Su sucesor, Gonzalo de Abreu, después de hacerlo matar con “garrote vil” por motivos personales. intentó, sin éxito, volver a fundar en los valles calchaquíes. Por entonces, aunque  ya se conocían los caminos que comunicaban con el río de la Plata y Cuyo, había todavía mucha confusión en cuanto a las distancias: Con cincuenta vecinos de Santiago, Abreu pretendió llegar ¡al estrecho de Magallanes! Finalmente el lunático Hernando de Lerma, que también dio cruel muerte a su antecesor, iba a fundar, como pedía el virrey Toledo “la ciudad de Lerma en el valle de Salta”. Ya viejos y achacosos los vecinos de Santiago fueron obligados a contribuir con sus enseres y personas a la nueva fundación. Durante esos años con el séquito de los gobernadores habían ido llegando las mujeres españolas y desde Chile Gaspar de Medina había llevado nueve criollas “huérfanas de guerra” para que se casaran con los conquistadores de Santiago del Estero. Ellas, hasta las más humildes y analfabetas, traían el legado cultural de la España del siglo XVI, primera potencia de su tiempo: cantaban y bailaban romances y canciones, sabían oraciones y refranes cargados de sabiduría popular, cosían las complicadas vestimentas de entonces y cocinaban los platos regionales. Con su llegada todo cambió. Al mismo tiempo, gracias al florecimiento del comercio, las toscas casas de barro y madera se iban vistiendo por dentro con alfombras, tapices, espejos, cuadros e imágenes religiosas, arcones, instrumentos musicales, muebles, platería...todo lo que pudiera traerse a lomo de mula desde el Perú, Charcas y Potosí. Casi sin darse cuenta se fue formando una cultura mestiza de rasgos hispano-indígenas a los que se agregó alguna influencia africana, como la del bombo santiagueño, mestizo de caja y tambor. No nos queda sino agradecer a la madre de ciudades en estos 450 años, por ser también la cuna de nuestro folklore.

                                                                                              Lucía Gálvez


« Volver

 

CopyRight 2018 Academia de Folklore de la República Argentina | Todos los derechos reservados
Cap.Fed. Argentina 
Powered by Sistemas On Line