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2014 Abril
Abril 2014
 
El Gran Chaco- Luis Jorge Fontana

     Algunos libros nos permiten rastrear como se aproximó el Folklore en cada región. Y aun antes, cuando las primeras expediciones fueron descubriendo antropológica o étnicamente, regiones como las del Gran Chaco. En la Colección RESCATE del la Subsecretaria de Cultura del Gobierno de FORMOSA, se ha publicado  “El Gran Chaco” de Luis Jorge Fontana.
 
Este nos permite una idea de las sensaciones (y hasta de las concepciones) de los primeros exploradores de finales del  siglo XIX: El libro fue auspiciado y prologado por el Presidente Nicolás Avellaneda, siendo su publicación en 1881, un aporte a conocer un verdadero “otro” para la cultura ciudadana de lo que entonces era Argentina en la visión de las elites gobernantes.

Por ello tal vez sea útil (más allá de ciertas referencias a los “salvajes”  y a sus características inferiores, productos de época, claro…) recuperar como se enfrentaron a su realidad y así “dejar testimonio, como indica el prof.  Sergio “Lilo” Domínguez, coordinador de la colección. Para “comenzar a saber y comprender `de donde venimos y con que carga venimos’ los `hijos del costado norte de la patria’ los formoseños”.

 
   El mismo Nicolás Avellaneda prologó el libro, y supo de las limitaciones de estos esfuerzos pioneros:
“ Un espíritu crítico, sin ensañarse en la censura, podría hacer notar con exactitud que sus exploraciones son incompletas , que conjeturan mucho y deducen poco, y que su aptitud para la observación científica no se halla suficientemente desenvuelta por fuertes y vastos estudios (… aunque debemos entender…)  que estos jóvenes han aprendido a la casualidad, sin maestros y casi sin libros ( De hecho…) El Sr D Luis Jorge Fontana es soldado y es explorador y no es escritor ni hombre de ciencia, sino en cuanto se lo han consentido los ocios del campamento o los escasos medios de instrucción que pueden encontrarse viviendo en los territorios desiertos. (Asi, igual…) ¡Cuanta observación  hay encerrada  en el capítulo sobre la inteligencia de los indios’ (…) Un tono grave, la reflexión severa, la noticia exacta son las calidades primordiales de este libro (…) Empieza así para nuestro país, y para esta parte de América; la segunda creación, es decir su posesión por la ciencia, su fecundización por la inteligencia humana”
     En este breve selección de la introducción que el “reciente ex-presidente” (lo fue entre 1874 y 1880) escribió en 1881 para la publicación inicial de este libro hoy rescatado, y del que extraemos algunas partes  significativas, ya se pueden apreciar ciertas concepciones de época: El sur patagónico así como el gran chaco eran vistos como  “el desierto”, y la ciencia es la segunda creación (aún dentro de lo “natural, que no de lo divino). No dominar con ciencia es desierto, en otro plano, la educación es entonces el medio (no por caso quien escribe fue   Ministro de Justicia e Instrucción Pública de Sarmiento). El otro, muestra grados en la inteligencia… el patagónico ( en momentos, 1878/1885 con epicentro en 1879, en que se desarrolla la “Campaña”) “no puede ser jamás tan inteligente y susceptible de aprender como el indio chaqueño”. Las consecuencias prácticas (físicas, humanitarias, económicas) serán paralelas a esta concepción. En una única escala ascensional, donde algunos están en la punta de la pirámide, y otros en la base o estadios intermedios… el camino es único y “científico”.
Hoy otra es la mirada… pero esto no obstaculiza repasar los datos y las concepciones, para aprehender, de ellas, los elementos de análisis que hoy no sean útiles. Los mismos que tal vez en 100 años serán juzgados aun más diversamente. Y de ellos resalta que eliminar el “desconocimiento” de lo que era el Gran Chaco era el principal objetivo del libro.

Aunque la poesía lo abarque, casi naturalmente. Penitentemente pecador, el editor se permite refrasear partes del libro justamente para demostrar su poesía implícita. Y la invitación a “ocupar” el espacio ofrecido:

El Chaco es
horizontal planicie en que navegan
el Pilcomayo, Bermejo y Salado.
Sin accidentes, son cuadros de  ajedrez
los montes seculares,  bajos campos, y lagos.
Ni una serranía, ni un bosque espeso:
nada impide  el paso del viajero,
todo  pues
desierto, inmenso, es…

Veamos, ahora sí, algunas partes textuales del libro (que tal vez merezca mas ampliación en el futuro):


Tercera Parte: Etnología
I-    El Chaco y el amor a la libertad

Cuanto dejamos dicho en la primera parte de estos apuntes creemos que es cuanto menos, suficiente para demostrar que el Chaco es una planicie horizontal, sin accidentes, sin fragosidades en el terreno; un tablero de ajedrez cuyos cuadros negros son montes seculares, y los blancos, campos bajos y lagos.
 Los ríos Salado, Bermejo y Pilcomayo, que son los mayores de esta región, se hallan colocados por su capacidad, en la categoría de ríos medianamente caudalosos. No hay una serranía que cruce el país en dirección alguna, ni siquiera un río cuya profundidad y anchura puedan, por un momento, detener el paso del viajero, ni tan solo un bosque bastante espeso como para contrariar su marcha. Esto es un desierto inmenso que carece de divisiones naturales y desde una época que se pierde en el caos de los siglos miles de seres humanos han vivido sólo con el fruto de sus bosques y ríos; millares de hombres han sucumbido al impulso invariable de las leyes naturales; todas las aves, todos los cuadrúpedos , todos los reptiles, todos los insectos, hasta los más pequeños, han muerto y vuelto a nacer infinitas veces ; los árboles gigantescos en dimensiones y en edad han cedido a la acción devastadora del tiempo, para tornarse en polvo fecundante y con este acumulo asombroso
de restos orgánicos, el terreno se ha ido levantando, creciendo, como lo comprueban las conchas y los caracoles terrestres que antes ocupaban la superficie de la tierra, trepaban a los gajos más altos de las plantas y los cuales se encuentran hoy a muchos pies de profundidad, mezclados con árboles medio carbonizados por la presión, por el calor terrestre y todo confundido con restos del arte humano, de ese ingenio misterioso que se encuentra en todas partes, donde existe luz y calor, y que también, desde tiempo incalculable, habitó en el Chaco, cuando su suelo, cinco pies más bajo que hoy, se levantaba apenas sobre la superficie de las aguas.
    Actualmente este país desolado en cuyas entrañas quieren penetrar nuestra mirada y nuestro espíritu alentados por el deseo, pero temblorosos y empequeñecidos ante la majestad de tanta grandeza, se halla rodeado de por muchos pueblos de raza latina que pertenecen a diversos estados americanos, cuya ilustración se encuentra muy elevada en la escala del adelanto social.
Pero, si antes de afrontar el punto objetivo de estas líneas, nos proponemos investigar la etimología de la palabra que sirve de nombre al territorio que nos ocupa, tropezaremos en el primer escollo, pues ella no figura en las lenguas del Chaco, ni tampoco en la guaraní, no obstante que, recurriendo al Tesoro Guaranítico, hallamos esta caprichosa definición: “Chaco o Chácu, caza de fieras, sin duda por los muchos animales salvajes que se encuentran en aquella región” .
     Parece más bien que ella fuese de origen quechua puesto que en esa lengua, Chácu significa un grupo de guanacos que se refugia en los montes impenetrables de un país misterioso, y así parece que los incas del Perú designaron a las tribusque, no querioendo quedar bajo su dominio, se escaparon para ocultarse en los bosques que aún se levantan al pie de los contrafuertes o mesetas orientales de las cordilleras. Esto, el nombre del río Pilcomayo, compuesto de dos palabras quechuas pilco y mayo (río de aves).y algunos otros nombres propios de la misma lengua, son motivos que nos inducen  a suponer que las expediciones conquistadoras de los antiguos Hijos del Sol, alcanzaron también hasta las ardientes llanuras del Chaco. En el propósito de comprobar esta idea, hemos investigado prolijamente, avivando el recuerdo de los indios, pero en este sentido nada hemos adelantado, pues ellos no conservan ni la más oscura tradición, ni tienen la más remota noción de su origen; dicen que son dueños de la tierra, porque allí nacieron sus padres, ignorando el tiempo y la forma en que se presentaron los hombres blancos, y por este olvido ignoran también la excesiva crueldad con que fueron tratados en los primeros tiempos de la conquista; sin embargo, por una intuición levantada en el ánimo de éstos, sin duda en el momento  en que llegó a extinguirse  el recuerdo de su antigua libertad, ellos temen y sienten odio hacia el hombre civilizado que les tiende la mano.

    De este modo el indio chaqueño quiere ser independiente; jamás llegará a someterse por completo; la libertad es su único culto, es su Dios; ser libre como las aves es su solo anhelo, la sola ambición de su alma; el cuerpo es nada para él, lo expone a cada paso que da, y pierde la vida en cualquier instante, con sentimiento, cuando se encuentra libre y absoluto en sus campos, con gusto, pero con el corazón henchido de fiereza, cuando se encuentra cautivo,
cuando ve comprometido el ideal que hace la única dicha de su vida: la libertad de su raza.
    A un indio tomado prisionero en un encuentro de armas, se le ató al cuello un cordel cuyo extremo opuesto fue asegurado a la cincha del caballo en que montaba el soldado que debía conducirle; puesto éste en marcha y cuando el cordel perdió su elasticidad, el indio cayó como un tronco, pues no dio un solo paso, ni profirió la más ligera queja; fue necesario dejarlo, porque él prefería la muerte a la esclavitud.
    Otro indio, llevado en 1873 a la colonia Rivadavia, con el objeto de que prestase declaración, se negaba a responder; por esto el oficial que lo interrogaba le dijo : “voy a mandarle quemar vivo”; el salvaje, por toda contestación extendió una pierna, metiendo el pie en un fogón; este Muscio Scevola  indígena no era menos valiente, ni menos digno que el célebre ciudadano de la antigua Roma; no obstante, por una de aquellas negligencias tan propias de nuestro carácter, es la primera vez que se consigna un hecho tan verídico como notable.
    Finalmente, hace pocos días que regresábamos de una expedición al interior del Chaco central; traíamos diez mujeres pertenecientes a los tobas y marchábamos por un estero, con el agua al pecho; cada una de ellas tenía dos hijos, que cargaban a su espalda, y estaban cansadas; por esto el jefe ordenó que los soldados tomasen los chicos para aliviarlas; dos de estas indias, cuando estuvieron más libres en sus movimientos, aprovecharon la oportunidad y se escondieron en el monte, cuya ceja seguíamos, dejando cautivo al tierno fruto de sus entrañas; en este caso también, el amor a la libertad pudo más que el cariño a los hijos, y por conseguirla, afrontaron el riesgo de ser devoradas, durante la noche, por el tigre que, hacía pocas horas, y a corta distancia, nos matara un caballo.
    No puede dudarse de que estos actos, de un carácter indómito, encierran el más delicado sentimiento, que, de un modo salvaje pero conmovedor, manifiestan.
El impulso de la voluntad, sacrificando el corazón para salvarse del infortunio del cautiverio.

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