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2014 Abril
Tomamos la segunda parte del extracto de un artículo publicado en Argumentos (México, D.F.) versión impresa ISSN 0187-5795 vol.24 no.66 México may./ago. 2011. Ver
 
Tomamos la segunda parte del extracto de un artículo publicado en Argumentos (México, D.F.) versión impresa ISSN 0187-5795 vol.24 no.66 México may./ago. 2011. Ver

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S018757952011000200012#notas


Las medicinas tradicionales en el noroeste argentino. Reflexiones sobre tradiciones académicas, saberes populares, terapias rituales y fragmentos de creencias indígenas

 Segunda parte
 
Anatilde Idoyaga Molina y Mercedes Sarudiansky

  En el presente artículo, las autoras describen las medicinas tradicionales en el noroeste argentino, particularmente el curanderismo, el autotratamiento tradicional o medicina casera. A partir de materiales originales, obtenidos mediante entrevistas abiertas, extensas y recurrentes a informantes calificados y grupos naturales, se intentará mostrar que las prácticas de legos y de curanderos sintetizan antiguas teorías biomédicas -en su mayoría de raigambre humoral- con saberes de la medicina popular europea aportados desde el siglo XVI hasta el XX, y con prácticas rituales, muchas de éstas de raigambre católica o asociadas y refiguradas en términos de ese sistema de creencias.
 
LAS PRÁCTICAS DEL CURANDERO Y LA TERAPÉUTICA RITUAL

Entre las técnicas que el curandero maneja, algunas tienen relación con dolencias específicas y otras son apropiadas para cualquier mal; a la vez, cada sanador impone sus estilos particulares. En la praxis terapéutica, la acción ritual y el concomitante manejo del poder es continuo. La cura involucra a deidades, seres humanos poderosos y la calificación del espacio y del tiempo. El terapeuta se enfrenta a brujos causantes de daños, a ambientes terribles que provocan enfermedades y a deidades, algunas decididamente negativas como el diablo y otras que, aunque más benignas, provocan dolencias y otros perjuicios como represalia a las ofensas y faltas que se cometen.
Las prácticas y nociones rituales que dan sentido al actuar del curandero remiten, en buena parte, en cuanto sistema de creencia al catolicismo. Entre éstas figuran la invocación y los rezos a las deidades, la repetición de la señal de la cruz, la alusión a la Trinidad al ejecutar tres veces cualquier acción, los lavados purificatorios, la ingestión de agua bendita y el sahumado de pacientes y de espacios.
En estas páginas nos concentramos especialmente en las terapias de raigambre católica a fin de analizar sus significados, dando por hecho que los procedimientos terapéuticos guardan consonancia lógica con la idea de enfermedad.

Es oportuno destacar que diversas representaciones del catolicismo dan soporte a teorías etiológicas de la enfermedad y a prácticas terapéuticas. En este sentido, debemos mencionar la visión dual de la persona conformada por cuerpo y entidades anímicas, incluyendo el espíritu,18 que explica manifestaciones y etiologías de enfermedades, así como prácticas terapéuticas. Tal es el caso del susto que supone la pérdida del alma y del mal conocido como agarradura, que implica o el rapto del alma o del espíritu.19

Asimismo, es de capital importancia el bautismo, que provee el significado purificatorio y terapéutico al agua, al agua bendita y al aceite y que además aporta la noción de renacimiento simbólico y dota de nombre a la persona. El nombre es un alma nombre, que tiene un papel importante en la terapia y que, a la vez, puede ser objeto de daño. Las figuras de santos, vírgenes, Cristo e incluso Dios Padre son fundamentales puesto que actúan como iniciadores y auxiliares del curandero, pueden causar enfermedades y constituyen arquetipos, cuyas acciones suelen actualizarse por repetición mítico-ritual. Por su parte, la figura del diablo se asocia con la enfermedad y con otros daños, con la brujería y con los brujos, con la calificación del tiempo de carnaval y con el ámbito nocturno. Las creencias relativas a la supervivencia del alma dan cuenta de las relaciones entre hombres y difuntos. Este nexo puede tener un cariz positivo, como se observa en las almas que se convierten en ayudantes del curandero, pero también puede ser un vínculo negativo cuando el difunto trasmite el mal conocido como sombra o aikadura.20Señalemos, finalmente, que las emociones que se definen como pecados capitales —la envidia y la cólera— se as
ocian a manifestaciones de dos taxa tradicionales: los nervios, causados por sentimientos de ira o cólera y la envidia que causa el mal homónimo. También la gula, la lujuria, la pereza, la avaricia y la soberbia aparecen en la etiología de males particulares, por ejemplo, la gula como fundamento del empacho, aunque en especial se conectan a desequilibrios religioso-rituales.21

Entre las acciones rituales que se ejecutan en todas las terapias figuran los rezos, la invocación a las deidades, el sahumado, el alumbrado con velas, el uso de agua bendita, las repeticiones de la señal de la cruz, la alusión a la Trinidad y a otros símbolos del catolicismo. Desde esta perspectiva, las acciones rituales del curandero actualizan y canalizan el poder del tiempo primigenio y de las figuras míticas involucradas.


Entre los significados de acciones rituales muestran su raigambre católica, la ingestión y aspersión de agua bendita en las que se alude a su valor purificatorio y terapéutico. El agua se da a beber y/o se rocía a los pacientes, puede contribuir a sanar el empacho, disipar las energías negativas del malhecho, mitigar el dolor causado por el mal aire o contribuir a recuperar el alma del asustado. La aspersión de agua bendita se usa también para limpiar ambientes corrompidos por la presencia de daños o de brujos, su capacidad purificatoria permite la restauración de la calidad del espacio. La aspersión suele incluir preparaciones con agua, ruda, contra hierba y vinagre.
Más allá del simbolismo católico, el agua es un purificador en muchos tratamientos, tal como se advierte en la atención de la tiricia, un desequilibrio socio-emocional,22 que se debe a la pérdida de vínculos con la madre o el padre, por muerte o alejamiento. Su terapia incluye el tirado simbólico de la tristeza al agua; el hacer presente al ser ausente mediante sus vestimentas y en los sueños del enfermo.
El poder regenerador y aniquilador del fuego es utilizado en la terapia y posee un claro simbolismo en el sistema de creencias del catolicismo, recordemos, por ejemplo, la incineración de las brujas. Es el elemento de mayor significación en las técnicas que eliminan el daño, se aniquila el mal mediante la incineración del paquete, envoltorio y/o elementos embrujados. De no ser esto posible, el daño se quema simbólicamente de dos formas: a través del sahumado del paciente —el humo es un equivalente semántico del fuego— o mediante la incineración del alumbre o el plomo que previamente se ha pasado por el cuerpo del doliente y que ya ha sustraído —al menos parcialmente— el daño del cuerpo de la víctima.

La incineración del alumbre o del plomo es una técnica diagnóstico-terapéutica de origen popular, que permite identificar el mal que padece el paciente según la forma que tome el mineral después de su contacto con el fuego, pero a la vez inicia la curación al extraer el mal/sustancia del cuerpo del enfermo. Antiguamente, el sahumado era típico durante la celebración de la misa, en la que el incienso se usaba para curar los males del cuerpo y del alma que padecían los feligreses.
Además de utilizarse el incienso, al enfermo se lo suele sahumar con ruda, romero, yerba, azúcar u otros vegetales, dado que en las representaciones de los actores son elementos fuertes, con poder terapéutico y que, por ende, purifican el cuerpo a partir del humo. La melaza, hecha de los mismos elementos, se usa para dar masajes que, al poner en contacto el poder del vegetal con el cuerpo del doliente, facultan la acción terapéutica.
El poder del humo no es sólo terapéutico, es vehículo preferencial en la comunicación del curandero con las entidades anímicas y las deidades. El humo alude al poder del fuego mientras que el sahumado y las melazas vegetales hacen también al simbolismo de los vegetales, que resulta de la reinterpretación de la medicina humoral en términos de poder, representación que incluye a vegetales, animales y minerales. El sahumado de personas, casas u otros bienes cumple con una función preventiva y terapéutica. La ruda y el romero impiden que las emanaciones, los daños, el mal de ojo y las envidias alcancen a la persona, la casa o al bien que se desea proteger.
La señal de la cruz es un poderoso símbolo de sanación en cuanto connota la muerte y resurrección de Cristo. Es una acción absolutamente reiterada; el curandero suele santiguarse al empezar y al terminar el ritual terapéutico, la hace, además, sobre el cuerpo del doliente y con el sahumerio durante la cura.
De acuerdo con los actores, el hacer la señal de la cruz posee una doble fundamentación, por un lado, invoca el poder y la protección de Dios y, por otro, implica un acto simbólico que actualiza el poder de Cristo, canalizado a través del curandero. Finalmente, la cruz —la habitual o la de Caravaca— suele colocarse cerca de la entrada de la casa con fines preventivos.
Las invocaciones, las oraciones circunstanciales y los rezos estandarizados a las deidades ponen en escena otra de las técnicas terapéutico-rituales de origen católico. Se trata de acciones que realiza el curandero tanto en ocasión de la terapia junto al doliente como en los rituales que ejecuta solo, generalmente por la noche, para facilitar el diálogo con las entidades míticas.
Estas técnicas son destinadas a comunicarse con las deidades —Dios, Cristo, la Trinidad, Pachamama (la Madre Tierra o simplemente la tierra), santos y vírgenes oficiales y populares— e intentan apropiarse del poder de las mismas. La acción ritual pretende una suma de poderes y voluntades que aporten eficacia a la cura. Cada sanador suele repetir especialmente oraciones invocando al o los santos que se desempeñan como sus auxiliares, a ellos les ora pidiéndoles por la salud del enfermo.

La utilización de velas muestra también la influencia del catolicismo. El curandero alumbra a sus auxiliares favoritos como contraprestación a la ayuda que recibe de éstos. Para algunos sanadores la lectura de la vela es el método diagnóstico preferido. En este caso, se enciende una vela por paciente y se corta el pabilo a medida que se avanza en la detección de las afecciones que aquejan al consultante o si este último interrumpe la lectura y pregunta sobre alguna cuestión concreta.

La significación de la mayoría de los elementos mencionados hasta aquí se funda en las creencias y símbolos del catolicismo, combinados con otros elementos principalmente de la medicina humoral. No obstante, en el extremo norte de la región aparece la figura de la Pachamama, dejando ver la pervivencia de creencias indígenas, a veces profundamente reformuladas cuando se la identifica literalmente con la tierra y los males que ésta puede acarrear de acuerdo con el modelo de las creencias humorales, otras veces mantiene el perfil de una deidad ambivalente dadora de bienes, pero que exige numerosas contraprestaciones. Se trata de una relación que no se diferencia básicamente de la que los individuos mantienen con los santos y las vírgenes del catolicismo, la que si bien hoy en día es expresión del catolicismo popular, incluía las concepciones de las élites en siglos anteriores.
Entre los procedimientos para tratar males específicos vale la pena analizar el susto, en el que se debe llamar al espíritu o al alma del enfermo. Con este fin, el curandero separa la piel de la frente y sopla en dicha dirección para luego pronunciar el nombre del doliente, posibilita de esta manera, que el espíritu reingrese a su habituallocus corpóreo. Para localizar el espíritu, el terapeuta da vueltas en las inmediaciones de la vivienda, mientras repite el nombre completo del paciente, preguntándole dónde está e invitándolo a regresar. Con el mismo objeto, el curador agita la mano mostrando al espíritu ropas u otras pertenencias del doliente, hecho que se fundamenta en una noción de corporalidad que involucra tanto la materia anímica como la vestimenta. El llamado debe hacerse tres veces en forma consecutiva. La reiteración del nombre de la víctima manipula la potencia del número tres y es, por ende, terapéutica.
El equilibrio armónico entre el cuerpo y el alma implica una idea de salud y enfermedad definible más en términos religiosos que biológicos. El alma o espíritu es el centro de poder del individuo y fundamento de sus capacidades intelectuales, motoras y afectivas, por lo tanto, la recuperación del alma implica el reequilibrio del poder y, en forma concomitante, de la salud. El llamado del espíritu revela que el nombre es otra de las entidades que integra la persona, más exactamente que la constituye y que es, al igual que el cuerpo y el alma, depositario de su vitalidad. La lógica de esta praxis radica en reunir las entidades, de cuyo equilibrio depende la salud.
En el tratamiento de la brujería suele llamarse al enfermo por su nombre para impedir la disociación de cuerpo y espíritu. En este caso, el llamado tiene un sentido preventivo y no terapéutico. La acción curativa que distingue a la brujería es la incineración real o simbólica del daño.
Existen diversas dolencias que hemos denominado desequilibrios religioso-rituales, que se originan en la represalia de las deidades por violación de tabúes, incumplimiento ceremonial o voluntad negativa de los seres míticos. En ellas, el aspecto distintivo de la terapia es la restauración del equilibrio entre el individuo y la deidad.
En el caso de la agarradura y la sopladura23 causadas por las deidades, la acción distintiva es la realización de la ofrenda que no hubiera sido hecha o la compensación a partir de generosas ofrendas.
Las deidades castigan el incumplimiento ritual, causando enfermedad y otros males. Así, por ejemplo, un individuo que tenía las imágenes de los Reyes Magos y habiendo llegado el 6 de enero no ofreció celebración alguna,24padeció de derrame cerebral.
Las terapias en esos casos exigen que el doliente rece y pida perdón a las deidades involucradas y, como acciones compensatorias, la realización de lo que fue omitido, vale decir una celebración y el cumplimiento de la promesa al santo o virgen.
El diablo causa el mal si las personas que han pactado con él no cumplen sus pedidos o violan el acuerdo. El accionar punitorio del maligno debe entenderse, en este caso, en términos de contrapaso. Otras veces, enferma por pura malignidad sustrayendo el alma al individuo o compeliéndolo al suicidio. Las posibilidades de que un incauto caiga en poder del diablo aumentan en carnaval, lapso dominado por el demonio y en el que su presencia entre la gente no sólo es permanente, sino que además es convocada por los hombres a partir de la ceremonia de desentierro.
En el tratamiento de la agarradura del diablo, el doliente debe trasladarse hasta el lugar en que el maligno le sustrajo y escondió el alma para liberarla y adosarla al cuerpo del enfermo.
En la cura de los males que hemos denominado desequilibrios religioso-rituales, se advierte el carácter sagrado de la terapia, expresado en la cantidad de poderes y seres que interactúan y se entrecruzan, tales como las deidades tradicionales —especialmente Pachamama- y del catolicismo -Dios, Cristo, la Trinidad, el diablo, vírgenes y santos—, el poder de los elementos y símbolos manipulados en los rituales terapéuticos —tales como los rezos y las invocaciones a las figuras míticas, las señales de la cruz, el alumbrado con velas, la ingestión de agua bendita, el sahumado de vegetales y de los más diversos objetos incluidos en los preparados para ofrendar a las entidades míticas— el poder del fuego canalizado a través del humo, el poder del ambiente, de animales, vegetales y minerales, la calificación del espacio y del tiempo, el poder del sujeto a partir del nombre, el cuerpo y el espíritu y, finalmente, el poder del terapeuta y el de sus espíritus auxiliares.
Estas técnicas incluyen terapéuticas rituales destinadas a restablecer el equilibrio entre el hombre, la sociedad, el ambiente y las deidades. Por ejemplo, cuando el mal se debe a fallas, como no celebrar las ceremonias debidas o ser mezquino en las ofrendas, no cumplir con la promesa hecha a un santo o a una virgen, transitar por espacios negativos, violar tabúes en relación con los muertos y/o los ambientes sagrados, entre otras posibilidades. Los rituales terapéuticos incluyen la comunicación con la deidad que se hubiera ofendido. Es igualmente fundamental la ejecución de acciones compensatorias de la ofensa cometida. Estas acciones son necesarias para recuperar la salud física, pues la idea de salud es integral y aquel que ha cometido una falta ritual la padece, entre otros aspectos, en el nivel orgánico.
 
CONCLUSIONES

Las medicinas tradicionales en el NOA son la medicina doméstica y el curanderismo. Ambas combinan nociones y prácticas de la medicina humoral (y otras prácticas biomédicas), saberes de la medicina popular y rituales terapéuticos muchos de ellos de raigambre católica o resemantizados en dicho sistema de creencia y algunas tradiciones indígenas. La influencia de la medicina humoral se advierte en las concepciones de la salud, la enfermedad y la terapia como equilibrios y desequilibrios humorales, en ciertas concepciones sobre males específicos, tales como el mal de ojo, el mal aire, el empacho y otro conjunto de taxa que todavía son reconocidos por la biomedicina como las anginas, la disentería, la tiricia, el pulmonía, etcétera, mientras que la influencia de teorías académicas más modernas se deja ver en las concepciones sobre los trastornos nerviosos y mentales. Los aportes de raigambre popular se aprecian en numerosas técnicas diagnósticas y terapéuticas, tales como la del agua y el aceite, la de la medida, la extracción del mal con alumbre o plomo, la prevención de la enfermedad con amuletos, el papel de santos y muertos como auxiliares de los curanderos, los procedimientos para curar la culebrilla, las hemorroides, las verrugas y en algunas teorías etiológicas de la enfermedad, entre otros aspectos.
Entre las terapias rituales se destacan los ensalmos, invocaciones, rezos, manipulación del poder sagrado de diversas entidades y de los símbolos del catolicismo, así como otras técnicas de raigambre popular como la homeopatía del rojo en el tratamiento de las paperas, el conteo de las verrugas y el uso de tinta china en la cura de la culebrilla. Las concepciones religiosas compartidas por las élites y los sectores populares aportaron las creencias en la brujería, en pactos con el diablo, en el mal hecho como enfermedad inscripta en la esfera del daño, en dolencias que se asocian con pecados capitales, la identificación de las entidades que integran la persona y el uso purificatorio del agua y el fuego, entre otros contenidos.

Algún fragmento indígena encontramos en la existencia de deidades como la Pachamama, la costumbre de "challar" o convidar a la Madre Tierra con lo que se esté comiendo o bebiendo. No obstante, en el último caso no debemos olvidar la tradición occidental de las libaciones las deidades.

Las medicinas tradicionales del NOA carecerían de sentido sin conceptos como los de cuerpo, alma, espíritu, pecado, ensalmo, brujo, curandero, santos y vírgenes, diablo, carnaval y, más en el general, el sistema de creencias del catolicismo asociado con tradiciones humorales y biomédicas, como la clasificación de los males y los remedios en cálidos y fríos, el contagio de las enfermedades por los aires, la debilidad/fuerza de las personas y su relación con la vulnerabilidad a contraer diversos males, la importancia terapéutica de sabores, olores y colores, las formas en que se afectan los nervios, entre otros aspectos.
 

BIBLIOGRAFÍA (ver en primer parte)
NOTAS

18 El concepto de espíritu fue refigurado y es una de las entidades que integra la persona, diferente del alma, vale decir el sujeto tiene un alma, un cuerpo, un espíritu y un nombre. Sobre las almas y el poder en el sujeto véase Gerardus van der Leeuw, Fenomenología de la religión, Fondo de Cultura Económica, México, 1964.
19 El diablo puede causar agarradura por pura malignidad o por el incumplimiento de los pactos que realiza con los hombres. Sobre el diablo véase Luis Amaya, "El Diablo Criollo", Cuartas Jornadas Nacionales de Folklore, Prensa del Ministerio de Educación, Buenos Aires, 1996, pp. 107-140. Claudia Forgione, "El tío, Diablo o Supay. Una realidad del mundo puneñ o", Scripta Ethnologica, XVIII, 1996. Cristina Krause, "El Diablo y los duendes cordilleranos", enSelección de textos de Folklore del Mercosur, Prensa del INSPF-IUNA, Buenos Aires, 1995, pp. 105-124.
20 Los muertos causan la sombra o aikadura. Cuando la mujer grávida concurre a velorios o cementerios o ve un cadáver humano o animal contagia el mal al feto. En los adultos, resulta de pensar con añoranza en los seres queridos que han muerto recientemente.
21 Anatilde Idoyaga Molina, "Natural and Mythical explanations...", op. cit., 2002a, p. 86.
22 Anatilde Idoyaga Molina, "Los nervios: un taxón tradicional en el NOA...", op. cit., 2002b, p. 56.
23 La sopladura es una emanación que se instala en el cuerpo. Causan sopladura las deidades —por incumplimiento ritual— y los muertos cuando el individuo entra en contacto voluntariamente (o no) con urnas funerarias y otras sepulturas, por excavar esos sitios o por llevarse piezas arqueológicas. La terapia implica la sustracción de la enfermedad, la compensación ritual del ser mítico ofendido y devolver las piezas sustraídas. Sobre este tema véase M. Cristina Bianchetti, Cosmovisión sobrenatural de la locura..., op. cit., y Anatilde Idoyaga Molina, "Natural and Mythical explanations...", op. cit., 2002a.
24 Los poseedores de imágenes de seres míticos deben ofrecer una fiesta en su honor en su día calendárico. El dueño de la imagen es generoso para ser socialmente respetado y seguir contando con la protección de la figura.




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