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2014 Junio
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A principios de la década de los cincuenta fue diseñada, entre el gobierno de Oaxaca y grupos empresariales de la capital, una estrategia de atracción turística basada en utilizar la tradición de las fiestas del “lunes del cerro” que se venían celebrando desde 1932. Hacia 1959 se decidió asignar el nombre de Guelaguetza a las fiestas del lunes del cerro para dar un toque de autenticidad y elevar su valor ante la mirada externa del turismo y la prensa nacional. Si entonces se trataba de rescatar lo prehispánico con fines utilitarios y mercantiles.
Hay dos formas de aproximarse a las fiestas de julio en Oaxaca. Por un lado el oaxaqueñismo, hedonismo mestizo que implica amor al mezcal, interés por la comida diversa y deliciosa, gusto por los coloridos huipiles y la música de alientos, rechazo a lo indígena al considerar las palabras “yope” o “indio” como insulto, identidad cosmopolita. Así, existe un oaxaqueñismo local, uno chilango, otro regio —de Monterrey— y lo hay hasta californiano, entre muchos más. Por otro lado está el indigenismo, resistencia terca y mansedumbre irónica. Ese imaginario colectivo que desde siempre se ha dicho excluido de las fiestas de la capital Oaxaca y, por supuesto, de los beneficios económicos que generan. Ese sentimiento de que tales fiestas son sólo el permiso que el oaxaqueñismo da a los indígenas para existir por unos días en el corazón del estado.
Ya desde los ochenta y noventa, intelectuales como Andrés Henestrosa y Rufino Tamayo pregonaban el distanciamiento entre la Guelaguetza y las realidades indígenas. Advertían de su degradación en un espectáculo de masas mixtificado y comercialmente puro. No pasó mucho tiempo para que en la representacion de un fandango se subiera al escenario, además de marmotas y guajolotes, cartones de cerveza corona y refresco de cola, y para que Verónica Castro, en 1992 se subiera a la rotonda de la azucena a bailar con la delegación de Tuxtepec, seguida —como símbolo de estatus— por esposas de secretarios de Turismo o hijas de gobernadores del estado. Hasta llegar a nuestros días, en los que el gobierno local paga a promotores como Paty Chapoy y su programa ventaneando, Chantal Andere, Redeba de Alba, Etc. Y luego la visita de los presidentes de la república, las primeras damas, los políticos de moda, Sofía y Juan Carlos de España.
¿Sirven estas celebridades para atraer más turismo o sirven para que ciertas élites acomplejadas de la entidad experimenten una sensación de reconocimiento similar a la que sentiría un adolescente que se cree feo al ser reconocido por los más populares de la escuela?
Si la Guelaguetza nunca fue algo por y para los pueblos originarios, ya que los bailes son inventados por maestros de danza folclórica —como el de Tuxtepec, cuya coreografía se hizo para lucimiento de las hijas blancas, de los comerciantes de la región— y hasta los años sesenta no eran delegaciones de las regiones sino grupos de danza de la ciudad de Oaxaca los que subían a bailar, el indigenismo ya no pide solamente alto a la hipocresía sino un mínimo de respeto. El gobierno de Gabino Cue debería eliminar el comercial, en el que coloca a los indígenas como sirvientes, en un franco alejamiento del supuesto sentido original de la fiesta, que es departir e intercambiar con los pueblos originarios.
Como estrategia de fomento turistico, la guelaguetza ha sido exitosa; como homenaje racial- ha resultado un rotundo fracaso, pese a los comités de autenticidad creados para tal fin y a que en la primera década del siglo XXI se pretendió dar un matiz de inclusión al adherir una representación de los pueblos afrodescendientes y su danza de los diablos. La fiesta se ha convertido en el instrumento oficial para negar la realidad indígena, lacerante o peligrosa, y mostrar lo que nunca ha sido indio: las costeñas bailan en tacones, las istmeñas usan terciopelo bordado y las del valle portan faldones que originalmente fueron una emulación de la vestimenta de las mestizas en las haciendas del siglo XIX.
Más allá de homenajes o tributos, Oaxaca bien vale una visita con la mente y el corazón abiertos a conocer a sus pueblos vivos, metamorfoseados, ancestrales y modernos, a verlos no como estampas coloridas de lo que no fueron sino en la alta definición de lo que son. Esos pueblos que trabajan y se adaptan, que conservan y se aferran; esos pueblos del tequio y de la organización que atrapa, que han generado su propia red de telefonía celular, que ganan torneos internacionales de basquetbol, que expulsan mineras depredadoras a punta de litigios; esos pueblos que hacen un manejo forestal comunitario que es ejemplo internacional y sirvió a la Premio Nobel de Economía 2009, Elinor Ostrom, para sustentar sus teorías del gobierno de los bienes comunes. Esos pueblos que están lanzando al mundo el ensayo de la comunalidad, —no socialismo, no comunismo, no indigenismo sino comunalidad, —; esos pueblos que están construyendo espacios de educación alternativa desescolarizada, y ya ni hablemos del arte y la cultura viva que representan, entre un sinfín de características más allá del oaxaqueñismo y los lugares comunes sobre “la mala educación” y la “pobreza extrema”.
Por Andres Juarez de EMEEQUIS
Gracias Jazmin Anahi Cruz Pelaez por pasarnos el articulo
By: Jesus Fuentes.

 



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