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2014 Junio
Meditaciones acerca del Folklore
 
En esta sección publicaremos una serie de notas especiales de nuestro Académico Correspondiente, Rafael Rumich, formoseño de ley. Que está desarrollando su investigación , profunda como todas las que hace, sobre un tema muy especial. “demostrar  que el folklore (ya sea en la superficie o en el subsuelo) está en todos lados, en todos los saberes (científicos, artísticos, filosóficos, tecnológicos, como en los distintos ámbitos del saber, ya sea el provisto por los sistemas educativos o los adquiridos empíricamente) , o sea  Filosofía del Folklore..


MEDITACIONES ACERCA DEL FOLKLORE
(Cuarta Nota)
Por Rafael Rumich
       

Lo que se inició como una actividad relacionada con el entendimiento humano  y desde el principio fue admitida como producto del “amor por la sabiduría”, la filosofía occidental, como disciplina intelectual lleva más de 25 siglos procurando construir un camino lógico y racional que permita descifrar o, al menos, interpretar “la totalidad de las cosas por sus causas últimas, adquirida por la luz de la razón” (Rafael Gambra: Historia sencilla de la filosofía. 1961)
En el transcurso de la existencia de este saber se han vertido numerosas definiciones, pero es la descrita con la que concuerdan la mayoría de los pensadores dedicados a esta práctica donde priman la reflexión y la especulación.
A partir de esta definición, considerando la magnitud de su extensión y por lo que en sí abarca, el primer interrogante con el cual nos enfrentamos es ¿qué tiene que ver el folklore con la filosofía?, y, consecuentemente, ¿ingresa el folklore al campo de “la totalidad de las cosas”?, para finalmente preguntarnos ¿es el folklore una cosa?
Sin duda que en la presente nota no vamos a poder responder todas estas demandas. Lo que si debemos admitir es que no nos podemos quedar sin intentar un esclarecimiento racional que ponga luz sobre tan enmarañada cuestión. Este propósito explicativo requiere el trazado de un itinerario de ida y vuelta entre dos saberes: la ciencia y la filosofía, del que no quedan excluidos los recursos que proveen las teorías del arte y la religión.
Por lo tanto, intentaremos a partir de esta nota una aproximación a dicha problemática.
En principio, cuando se refiere “a la totalidad de las cosas”, Gambra (op. cit.) expresa que la filosofía “no recorta un sector de la realidad para hacerlo objeto de su estudio”. Eso –aclara-, le corresponde a las ciencias particulares, o sea, a las que en la actualidad conocemos como unidisciplinares.
Ahora bien, en artículos anteriores hemos sostenido que el Folklore no puede ser reducido ni sometido a la condición de un dominio disciplinar parcial, encerrado o ceñido por límites  precisados como privativos de un específico sector que forma parte de la inmensa y compleja realidad. Justamente, porque el diverso material con características disímiles e inusuales que compone su objeto de estudio, al manifestarse como especial, extraordinario, desborda la simple condición de  particular e indiviso e ingresa a lo general, no porque abarque la totalidad de la realidad, sino porque en toda ella subyacen o emergen singulares componentes que lo distinguen como especial y, substancialmente, le otorgan carácter excepcional, pocas veces visto en otras objetos del conocimiento científico, filosófico, artístico o como ingrediente de las circunstancias cotidianas y comunes del ámbito sociocultural.
Es decir, que si bien puede ser analizado por sus propiedades ónticas también está presente en el universo metafísico, o sea, en el campo filosófico que se encarga  de investigar la naturaleza, estructura y principios fundamentales de la realidad. Estas condiciones especiales, pocas veces advertidas, le adicionan al folklore, como parte de la realidad y objeto de estudio transdisciplinar, una condición más que hacen del Folklore un ámbito de estudio diferente a todos los otros campos de investigaciones y estudios, especialmente los enrolados en las ciencias sociales y las humanidades.
Para llegar a dilucidar y comprender esta situación estamos obligados a tender un puente entre la ciencia y la filosofía. De por sí esto ya está anunciando la necesidad de la construcción de una epistemología del Folklore y, asimismo, ejercer una reflexión axiológica que abarque todo el material que ingresa a dicho ámbito de estudio.
A partir de ahí debemos dilucidar la primera incógnita: cuál es el material que podemos incluir como objeto de estudio del Folklore, concibiendo a este último como la mega disciplina que nos hemos encargado de especificar en artículos anteriores. La misma se encarga de reconocer e indagar la composición de las diferentes entidades materiales o espirituales, de conformación natural o artificial, real o abastracta, con que se evidencian y ponen de manifiesto. 
Para ello, debemos partir de un punto inicial: el conjunto de factores que intervienen y constituyen lo que llamamos folklore.
Este, por su variada y copiosa composición, desborda todo intento de condensación a través de la aplicación de mecanismos simples que intenten aglutinar, examinar y encauzar abarcando todos sus componentes mediante un proceso trazado, de manera tal, que partiendo de un punto original se pueda  llegar a otro final, y, de esa manera, resolver esta problemática.
Si logramos percibir en su verdadera magnitud esta cuestión, comprenderemos que no podemos condensar el material folklórico reduciendo  sus diversas manifestaciones (cosas, hechos, fenómenos, sucesos o conductas, etc.), obviando su complejidad, como así también, su extensión y alcance, en procura de transformarlos en objeto de estudio de una ciencia que presente limitaciones, especialmente, similares a aquellas que por su estructura y desenvolvimiento no logran superar el carácter y tratamiento unidisciplinar.
 El referido mega conjunto, conformado por un tramado complejo biopsicosociocultural solo puede ser abordado interdisciplinar y transdisciplinarmente, puesto que sus elementos están presentes en todo el campo dimensional temporo-espacial que conceptualizamos como realidad.     Por lo tanto, debemos afrontar y admitir la composición de esta realidad, aunque muchos opten por no consentirla. Los motivos y las razones que debemos detectar para comprender dicha actitud de rechazo o negación son fáciles de localizar: los estudios pertinentes y esclarecedores, a fin de abarcar todo el disperso compuesto biopsicosociocultural que, aunque impreciso y confuso constituye un todo, aún no se han efectuado. Está presente en la vida y el comportamiento del hombre y en las producciones que al impulso de esas pulsiones elabora, a veces para satisfacer conscientemente sus necesidades, otras, para calmar de alguna forma los impulsos de su inconsciente, admítase o no. Toda esta complejidad propicia la existencia de diversos tipos de producciones que el hombre elabora y forja como bienes materiales o espirituales, pero el generador de todo esa productividad es el conjunto de sujetos sociales, que se mueven y actúan al influjo de sus bagajes psicosociales, es decir, impelidos por lo que traen consigo atávicamente y lo que les imprime la sociedad en que transcurren sus existencias (a lo que hay que sumar ahora todos los mensajes que recepciona el cerebro y reconfigura la mente, especialmente en la actualidad a través de los diversos medios de comunicación que han establecido una nueva modalidad: la globalización del planeta a través de la denominada red mediática, donde se impone lo virtual como el factor más avanzado, atrapante y predominante. Lo que sucede es que si posamos nuestra mirada de manera holística y forjamos nuevas perspectivas que, en vez de parcializar, abren mucho más el abanico de la realidad, podemos comprobar que en todos los intersticios de esta compleja trama sobrevive, se manifiesta y readecúa el folklore, de diversas maneras y en distintas condiciones y estados.
Algunos estarán de acuerdo con esta concepción, otros no. El hecho es que este problema no ha sido generado por el folklore, la incertidumbre ha sido instalada y prosperó por la acción y el desempeño que le hemos impreso, por nuestra corta visión y ausencia de imaginación para instalar nuevas perspectivas; hemos preferido quedarnos dogmáticamente encasillados en un perfecto reduccionismo y, con ello, le hemos cortado las alas e impedido volar a nuestra capacidad de construcción de conocimientos. Preferimos aferrarnos a lo que teníamos en la mano y no nos animamos a preguntarnos cómo se había originado, en que consistía, como se iba transformando y  hacia dónde se encaminaba.
Si en vez de atrevernos a ir al  principio de las causas que originaron el proceso de gestación e indagar las variaciones inmanentes al posterior cambio de las cosas que conforman esa trama compuesta por innumerables elementos que dan forma al folklore, o sea, todos aquellos constituyentes que son inherentes a su condición básica y por lo que están unidos de modo inseparable a su esencia, aunque racionalmente podamos diferenciarlos como disímiles, hemos optado, en la mayoría de los casos, por distinguir al folklore no como un todo sino como porciones que no se juntan entre sí, como si fueran entidades autónomas, no estaríamos ante esta disyuntiva. Lo notable es que cada particularidad  es definida y para ello se utiliza como denominación el término “folklore” o el calificativo “folklórico”. En fin, una inusual maniobra de desbroce múltiple, en este caso, hacia el interior de lo que verdaderamente es el folklore.
Tal vez si no hubiésemos escogido para refugiarnos el mundo de las particularidades, entonces, el folklore, como así también el Folklore, no estarían en la encrucijada en que se encuentran ni habría tantos planteamientos dilemáticos en torno a los mismos.
De hecho que si no producimos el acercamiento de las partes, como de igual manera, no nos ponemos diseñar y confeccionar las herramientas epistemológicas y metodológicas que precisamos para acortar distancias y poder abordar esta cuestión con una mirada holística, acorde a lo que la cambiante realidad nos impone, seguiremos operando con mecanismos inadecuados para abordar y aplicarlos a las circunstancias y exigencias actuales. El hacer pasar por alto este cúmulo de complejas condiciones y no contraer una actitud resuelta que nos permita solucionar esta desarticulación y desmembramiento, obstaculizará permanentemente la propensión que tengamos para ajustarnos  a los acontecimientos, usuales o infrecuentes, pero que fijan, precisan y delimitan las situaciones imperantes en el contexto en que desempeñamos nuestros oficios. 

En muchos casos nos hemos quedado en el tiempo, cuidando objetos inertes, sin reconocer lo fundamental: todo lo que es y construye el hombre, esté bien o mal, es dinámico por excelencia, no está quieto, pasivo, ni inmóvil. Esta discusión tiene cientos de años de antigüedad y todavía sigue latente, Heráclito, con su teoría de la pluralidad móvil, y Parménides, con su concepción de unidad inmóvil, comenzaron esta contraposición de ideas que  prevalece hasta nuestros días y alimentó el pensamiento humano a través del más entretenido juego intelectual: el ejercicio dialéctico que, si no hubiese existido, no hubiéramos podido evolucionar y alcanzar nuevos niveles de conocimientos.

Aquella aparente simple discrepancia dio lugar al surgimiento de la metafísica, la ontología y al mundo óntico, hasta llegar a nuestros días con las nociones reñidas entre estructura y estructurando, los juicios enfrentados entre determinismo y desconstrucción, al si, al no, o al tal vez, a la certeza o la incertidumbre, a la veracidad o la duda, al dogma o la desconfianza, a la autenticidad o vaguedad, a la solidez o al reparo.
Por parte nuestra, sea la posición que asumamos desde lo personal, debemos animarnos a tomar partido, tenemos que abrir los ojos y enfrentar la realidad; encontrarle sentido, interpretar el movimiento, analizar los textos antropológicos y los contextos socioculturales, las amplitudes y expansión de las cosas, lo dinámico y la generación de hechos que se desplazan como ondas expansivas. Por supuesto, si por pasividad y comportamiento impasible nuestra mirada se estrecha cada vez más, indudablemente, lo que podamos conocer, también se reducirá.
Incuestionablemente todos estos enunciados nos conducen a nuevos interrogantes ¿por qué hemos parcializado, fragmentado y reducido el material folklórico? ¿Por qué tantos puntos de vista y tantas parcialidades? ¿A dónde nos conduce esta postura refractaria? Sin duda, estamos obligados a reflexionar sobre tales cuestiones. Emprender tal labor es un acto filosófico,  uno de los tantos caminos que tenemos para resolver la variedad de problemas fundamentales acerca de las cuestiones en que hoy está sumergido el folklore.
Hasta las siguientes meditaciones.




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