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2014 Agosto
Pasado y presente del Folklore como ciencia en la Argentina.
 
Visiones como las de Marta Blache y Ana Maria Dupey se complementan con otras miradas. En este caso presentamos el Documento Inicial del Primer Congreso Nacional de Folklore de nuestra Academia, realizado en 2010, en San Luis. Este, redactado por Olga Fernandez Latour de Botas, Elena Rojo y Maria Azucena Colatarci, presenta la Historia  de la Ciencia Folklórica, su relación con las restantes y la visión  útil y asentadamente consolidada,  que en su primer parte sobre las tres que lo componen,  reproducimos aquí. Disfrutelo, coméntelo, es la base que todos debemos conocer, para a partir de allí construir, crear, reveer.

Documento Base

para distribución gratuita en todas las Jornadas del Primer Congreso de Folklore organizado por la Academia del Folklore de la República Argentina en el marco del Bicentenario de la Independencia.

Editado por la
Academia del Folklore de la República Argentina
 Buenos Aires 2010


“Pasado y presente
del Folklore como
ciencia en la Argentina”


Doctora Olga Fernández Latour De Botas
Profesora Elena Rojo
Magister María Azucena Colatarci



Resumen
: El objetivo de este trabajo es reseñar, en una apretada síntesis, los aspectos más destacados del desenvolvimiento de la actividad académica del Folklore como ciencia en la República Argentina, desde  sus primeras manifestaciones en el siglo XIX hasta nuestros días.
Palabras clave: Folklore (contenidos semánticos de la palabra); periodización de la  historia del Folklore como ciencia; actividad pública y privada en materia de investigación, enseñanza y difusión del Folklore como ciencia.

El Folklore, como ciencia,  se ha desarrollado  en la Argentina de acuerdo con diversos impulsos que surgen de su propia índole. Si caracterizamos su campo de estudios, es decir el folklore como patrimonio fenoménico, en tanto segmento correspondiente a la cultura popular tradicional de las naciones civilizadas, en las cuales aflora como un "pasado presente", resulta claro que la mirada crítica adquirirá
ribetes antropológicos, etnohistoriográficos y sociolingüísticos. Los primeros trabajos realizados en nuestro país sobre “folk-lore” tuvieron dicha orientación.
Por otra parte, atento a que, entre los materiales de dicho segmento cultural, hay algunos que trascienden  con facilidad su medio social y cultural  propio y tienden a proyectarse en diversos campos de la actividad social toda - como ocurre, por ejemplo,  con la poesía, la música, la danza, las artesanías-,  se explica la frecuencia con que suele confundirse al auténtico folklore con esas manifestaciones inspiradas en él que, técnicamente y a partir de una propuesta de Carlos Vega (Bibl.Nº 36), suelen denominarse “proyecciones folklóricas”.
El Folklore Aplicado, como ciencia teórica de la práctica, cuya misión es devolver a la sociedad  aquellos elementos que pueden ayudar a la salud física y espiritual, a la educación y hasta al buen gobierno de las comunidades que la integran, fue el último gran mensaje del patrono del presente Congreso:  Augusto Raúl Cortazar (Salta,1910-Buenos Aires,1974).
El Folklore, como disciplina científica, ha desarrollado métodos y técnicas que le son propios y se ha valido también de algunos procedentes de disciplinas afines: hoy, en la historia de las ciencias del Hombre en la Argentina, ocupa un lugar perfectamente definido, cuyo devenir histórico y epistemológico puede abordarse teniendo en cuenta  tres etapas:

1.- Etapa inicial (desde sus comienzos en el mundo hasta 1960 en la Argentina)
Sumario: Romanticismo europeo; antecedentes y creación del vocablo Folk-Lore en 1846; primeras sociedades científicas. Desarrollo de los estudios folklóricos en el mundo. Etapa inicial en la Argentina: la Generación del 80 y el Folklore;  la Junta de Historia y Numismática Americana, convertida en Academia Nacional de la Historia en 1938; la Encuesta Folklórica del Magisterio (Consejo Nacional de Educación,1921): catalogación en el Instituto de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de Ricardo Rojas; avances del Folklore en las primera mitad del siglo XX (Institutos, escuelas,  cátedras y carreras superiores y universitarias; publicaciones). El Instituto Nacional de la Tradición, la obra de Juan Alfonso Carrizo y Bruno Jacovella: traspaso de dicho Instituto a la Academia Argentina de Letras en 1956, bajo la denominación de Instituto Nacional de Filología y Folklore y su transformación en Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas dependiente de la Subsecretaría de Cultura de la Nación (1958). Carlos Vega y el Instituto Nacional de Musicología: trabajos de campo y de gabinete; labor de Isabel Aretz y otros colaboradores,  publicaciones, discos, colecciones. El profesorado de la Escuela Nacional de Danzas y sus Seminarios; Augusto Raúl Cortazar y la creación del Seminario de Folklore  (1956) y posteriormente de la Licenciatura en Folklore, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA; Mesa Redonda sobre Artesanías (UNESCO, 1957). Actividades auspiciadas por la Comisión Nacional Ejecutiva del 150º aniversario de la Revolución de Mayo: el Primer Congreso  Internacional de Folklore (Buenos Aires, 1960)  y los Certámenes Nacional (Córdoba, 1960)  e Internacional de Danzas Folklóricas (Buenos Aires, 1960). Teorías del Folklore. Folklore y tradicionalismo (deslindes conceptuales).  Investigaciones independientes en los distintos ámbitos del país.

2.- Desarrollo del Folklore en la Argentina (segunda mitad del siglo XX- 1). 
Sumario: Consecuencias del Congreso Internacional de 1960. La Comisión Internacional Permanente de Folklore (UNESCO): Augusto Raúl Cortazar y Félix Coluccio. Labor de Augusto Raúl Cortazar en el Fondo Nacional de las Artes (Relevamientos fotográficos y cinematográficos; la obra de Jorge Prelorán y otros colaboradores;  Censo de Artesanos; Régimen de Estímulo a las Artesanías y apoyo a los artesanos; publicaciones, exposiciones, etc.); Julián Cáceres Freyre y el Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas: su cambio de nombre en 1964 por el de Instituto Nacional de Antropología: Archivo documental. Bibliotecas. Trabajos de campo y de gabinete, su publicación periódica: Cuadernos; libros, exposiciones; Creación del CEFUCA (1965) y Creación de la Asociación Argentina de Estudios Folklóricos, por Augusto R. Cortazar. Creación del Instituto de Musicología “Carlos Vega” en la UCA. Fallecimiento de Carlos Vega (1966). Folklore en la UBA: Licenciatura en Folklore se transforma en Licenciatura en Ciencias Antropológicas. Congresos en el interior del país. Folklore como ciencia en el Festival de Cosquín. Fallecimiento de Augusto R. Cortazar (16 de septiembre de 1974) y discontinuidad de muchas de las acciones que él había organizado y dirigía. Félix Coluccio en el Fondo Nacional de las Artes. Bruno C. Jacovella, director del Instituto Nacional de Musicología.  Orfilia Pérez Román y la creación de los Centros Polivalentes de Arte (Magisterios en Danzas Folklóricas Argentinas); Olga Fernández Latour y la creación del Centro de Folklore Aplicado en la Secretaría de Cultura de la Nación; El Congreso Nacional de Folklore  (Laguna Blanca, Formosa, 1979): publicación de sus trabajos. El Primer Congreso Internacional del Folklore Íberoamericano (Santiago del Estero, 1980). Investigaciones independientes en el interior del país.

3.- Transformaciones y nuevos horizontes institucionales en la Argentina. (Segunda mitad del siglo XX.- 2 hasta la actualidad).
Sumario: Labor del Fondo Nacional de las Artes. Disolución del Centro de Folklore Aplicado de la Secretaría de Cultura de la Nación y constitución del Centro de Folklore Aplicado en el marco de una entidad privada sin fines de lucro, la Institución Ferlabó,  a fin de radicar allí el Programa Atlas de la Cultura Tradicional Argentina / ACTA: desarrollo y publicaciones del programa - ACTA  (AHCTA. Prospecto: UNESCO/ OIKOS/CONICET; ACTAE: Ministerio de Educación; 2º y 3ª ed. Senado de la Nación). Desarrollo de los Profesorados Nacionales de Danzas Nativas y Folklore en el interior del país por crecimiento vegetativo de los Centros polivalentes de arte dependientes de la DINADEA; labor del Instituto Nacional Superior del Profesorado de Folklore: bibliotecas, cursos y seminarios, viajes de estudios. Congresos y Encuentros provinciales y regionales. Folklore en el CONICET, en la UBA y en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano. Martha Blache y la Revista de Investigaciones Folklóricas. Museos. Disolución del Sistema Nacional de Educación Artística por efectos de la Ley Federal de Educación y desaparición de la DINEA (ex DINADEA), transferencia de establecimientos a las provincias. Los profesorados superiores del área metropolitana conforman el IUNA (Instituto Universitario del Arte).Labor del Área Transdepartamental de Folklore. La gestión de María Azucena Colatarci y las Jornadas y Congresos de Folklore del MERCOSUR.  Creación de Profesorados Superiores (entre ellos de Folklore) dependientes de la Dirección de Educación Artística del Gobierno de la Ciudad (de Buenos Aires - 2009). La investigación independiente en el interior del país. 

1.- ETAPA INICIAL (desde sus comienzos en el mundo hasta 1960 en la Argentina).

PERÍODO FUNDACIONAL.
La fundación del Folklore, como disciplina científica, se produce tardíamente en la Argentina – y, en general, en Sudamérica-  pues mientras en el mundo es hija directa del movimiento romántico, llega al Río de la Plata en las últimas décadas del siglo XIX.  Sin ninguna duda, sus cimientos deben buscarse en la misma concepción del quehacer historiográfico que alentó a los hombres de la Generación del 80, creadores de la Junta de Historia y Numismática Americana, más tarde Academia Nacional de la Historia, en nuestro país, ya que, a partir de allí se construyeron las obras de los primeros recolectores con métodos científicos, clasificadores, analistas y editores de materiales auténticamente folklóricos: cancioneros poéticos, recopilaciones musicales, estudios sobre el cuento, la leyenda, las supersticiones y creencias, la medicina y la alimentación tradicionales, las artes populares, las destrezas criollas y los oficios.
Otra  vertiente, afín con los comienzos del Folklore en Europa, nació de los estudios literarios impulsados por personalidades tan relevantes como la  del tucumano Ricardo Rojas y la del cordobés-santiagueño Leopoldo Lugones, quienes, aunque eligieron un paradigma distinto de lo que Cortazar llamaría  folklore literario - surgido directamente del pueblo - elevaron a condición de clásico nacional  lo que el mismo maestro denominara literatura folklórica y,  más ceñidamente, la caracterizada por Rojas como literatura gauchesca, producción basada –por artificio intelectual -  en un tipo humano síntesis de la cultura oral tradicional rioplatense: el gaucho. La literatura gauchesca, exaltada sobre todo en su obra cumbre, el Martín Fierro de José Hernández, atrajo la atención universal hacia nuestras tradiciones y costumbres creando una tradición paralela a la folklórica: la tradición del tradicionalismo. En esa misma línea, la de mostrar en la ciudad lo que el paisano hace espontáneamente en su pago, el músico santiagueño Andrés Chazarreta rescató para los públicos de los teatros citadinos los bailes de los ranchos del país interior y, con autenticidad muy ligada a las verdaderas vivencias provincianas, inauguró la existencia de compañías de bailes criollos, con músicos y cantantes, que elevaron a la escena mayor lo que estaba subsistiendo, a veces, como espectáculo de los circos.

UNA MISMA PIEDRA ANGULAR
La creación de la Junta de Numismática Americana en 1893 y su existencia como institución, bajo distintas denominaciones, hasta 1938, coinciden con una etapa fundamental para los estudios del Folklore en la Argentina.
Es más, los nombres destacados en Historia y en Folklore son por entonces los de los mismos hombres, y este no en el sentido genérico del vocablo sino en el propio de ‘varones”, ya que era excepcional la presencia femenina, con personal autoridad científica, en estos campos; y ella no se registra en las nóminas de la incipiente corporación académica.
Entre 1893 y 1938 se produce la verdadera fundación del Folklore como ciencia en nuestro país, en el marco de un concepto de la Historia como la disciplina abarcadora de la totalidad del legado cultural de los pueblos. Esta línea de pensamiento, alentada por los creadores de la Junta, enfatizaba le preocupación por la reconstrucción del pasado mediante la interpretación de sus testimonios y por el esclarecimiento de les orígenes de los hechos que, de acuerdo con una terminología muy usada en la época, sobrevivían en su presente. Creemos, además, que el impulso dado a la Americanística por la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento de América no fue ajeno a los posteriores desarrollos científicos que se hacen públicos a partir de l893.
Para comprender cabalmente el marco conceptual que el Folklore brindaba a quienes iniciaron su cultivo en la Argentina resulta imprescindible aludir, aunque sea en apretada síntesis, el estado de estos estudios en Europa y el resto de América durante el período que nos ocupa, con especial referencia a la perspectiva histórica de sus enfoques y al soporte epistemológico de sus métodos. Así surgen con mayor claridad los rasgos coincidentes, las líneas continuadas por los investigadores en nuestro país y también los sesgos de originalidad que en ellos se evidencian.
Podemos adelantar desde ahora la afirmación de que la Junta fue vibrante caja de resonancia y alto foro académico para la divulgación de los trabajos de aquellos sabios pioneros.

SOBRE EL CONCEPTO DE “FOLKLORE”
Por el mismo estímulo de plurales orígenes recibido durante el lapso que nos ocupa, el Folklore como ciencia no presenta una concepción homogénea desde el principio hasta el fin del período.
Una cosa era además, el estado de los estudios en Europa y otras diferentes, sus panoramas en la América anglosajona, en los distintos países de Iberoamérica y, en particular, en la Argentina.
En Europa, dos conceptos relacionados con la historia se mantuvieron explícita o implícitamente presentes como movilizadores de los estudios folklóricos: a) el del impacto producido por el descubrimiento de América, es decir la toma de conciencia del otro-inmediato-americano que genera la del otro-inmediato-europeo y es sustento de un nuevo humanismo; b) el del interés por las antigüedades, preocupación de los arqueólogos que, si a veces se manifestó como mero coleccionismo también llegó a alcanzar los altos niveles filológicos, etnológicos y hasta filosóficos (por sus indagaciones en ética y estética) que exige el estudio de las mitologías.
En el primer caso debe reconocerse, como lo afirma Giuseppe Cocchiara en su Storia dell Folklore in Europa (Bibl. Nº 8) desde el punto de vista europeo, que el conocimiento del Nuevo Mundo y las relaciones con él establecidas obligaron a los estudiosos a replantearse muchos problemas inherentes a la historia de las instituciones y a potenciar un método de indagación —el comparativo— del cual nace la Etnología moderna y con ella el Folklore. Por lo demás, como se ha dicho, a este antecedente remoto debe agregarse otro próximo: el movimiento generado alrededor de la conmemoración, en 1892, del cuarto centenario del descubrimiento de América, que dio nuevo sentido científico al vocablo americanismo, despojándolo de las connotaciones restrictivas en lo ideológico y lo cultural que Sarmiento reprochaba a algunas comarcas del Nuevo Mundo hacia 1846.
En cuanto al segundo elemento movilizador, es necesario establecer el alcance que, aun en el período estudiado, se seguía dando al concepto de Arqueología, etimológicamente, como disciplina que estudia las antigüedades, a partir de la clasificación de las ciencias de Francis Bacon, el filósofo inglés que, hacia 1600, las había colocado junto a la Historia. Tal clasificación fue retomada a mediados del siglo XVIII por los enciclopedistas y, como lo observa Carlos Vega, cuando la voz no quiere referirse a les monumentos, acoge los adjetivos “popular” y “vulgar”, por lo que se comprende la filiación del Folklore como ciencia histórica especializada en antigüedades populares que fue tan difundida.
Estos son los términos contemporáneos de la carta enviada por el anticuario William John Thoms al semanario Athenaeum, Journal of English and foreing literature, science and the fine arts, for the year 1846 (London Nº 982) y publicada el 22 de agosto de ese año bajo el seudónimo de Ambrose Merton, donde el autor propone un buen vocablo compuesto sajón Folk-Lore —el saber del pueblo— para designar los usos, costumbres, observancias religiosas, supersticiones, baladas, proverbios, etc. de los viejos tiempos. Thoms había dado allí nombre al patrimonio fenoménico, al campo de estudios, al objeto de la ciencia, pero también a la disciplina, ya que su primera definición expresa que Folk-Lore es “aquel sector de las Antigüedades y de la Arqueología que abarca el saber tradicional de las clases populares en las naciones civilizadas”.  No obstante, debió esperarse hasta 1878 para que, con la fundación en Londres de la Folklore Society, se aceptara el Folklore como una nueva disciplina con tal denominación. Era el comienzo de su organización sistemática, y debemos celebrarlo por los muchos aportes que en su nombre se han hecho a la cultura universal ya que, desde la perspectiva  actual percibimos, en al aparente caos inicial, lo que en él había de vital, de fecundo, de interdisciplinario, de universalista. Este pensamiento macrovisional perduró durante mucho tiempo tanto para el Folklore —que al ganar en minuciosidad descriptiva suele olvidarlo a veces— como para la Historia.

AVANCES LOGRADOS HASTA 1893
En 1893 ya habían ocurrido, pues, en el plano internacional, algunos acontecimientos claves para la historia del Folklore;
a) surgían propuestas más o menos afortunadas, en naciones con lenguas de origen latino, para designar con otras voces (varias con raíces griegas como demótica, demosofía, demopedia o latinas derivadas de vulgus o de populus) la ciencia que se estaba organizando mundialmente en torno del vocablo compuesto por Thoms, pero sus alcances no pasaron de convertirlas en sinónimos de aquel término cuyo uso se tornaba ya ineluctable,
b) el vocablo Folk-Lore se incluía en enciclopedias y diccionarios como el Nouveau Larousse que, si bien considera el Folklore parte de la Arqueología, destaca su valor como auxiliar de la Historia para e1 conocimiento del espíritu de los pueblos;
e) como era la época de las sociedades científicas, se incrementaba el número de instituciones y de personas dedicadas al tema y crecía la bibliografía especializada, tanto en materia de acopio de datos y clasificaciones como en lo referente a ensayos de teoría;
d) se tomaba conciencia de la existencia en los pueblos de hechos culturales cuyo estudio exige una especialización, sin acentuarse aun notablemente la definición sobre si el pueblo aludido debe comprender solo aquel vulgus de la sociedad civilizada (lingüísticamente generador del Folk sajón y del Volk germano, según lo advirtiera José Imbelloni) o también el saber de las tribus salvajes, como surge del First Report de la Folklore Society, y otros varios saberes;
e) algunos estudiosos habían alcanzado ya una conceptuación amplia del universo cultural folklórico, como la de Giuseppe Pitre, e incluían en sus enumeraciones de contenidos no solo los fenómenos literarios y artísticos, o los usos y costumbres tradicionales, como era frecuente, sino también los de carácter ergológico (lo material, el mundo del trabajo). En general persistía la orientación historicista de la ciencia y se aceptaba que el folklore, como patrimonio, es “todo lo conocido en el pueblo por tradición” o “la herencia de los siglos pasados”, como se lee en la mayor parte de los tratadistas de la época;
f) se habían realizado las primeras publicaciones de avance de lo que sería el método finés o histórico-geográfico, iniciado por Julius Krohn, y continuado por su hijo Kaarle, para el  estudio del Kalevala y, por extensión, de todas las especies narrativas en prosa y en verso;
g) habían tenido lugar reuniones científicas internacionales de la especialidad, como el Primer Congreso Internacional de Tradiciones Populares (Paris, l889) y el Segundo Congreso Internacional de Folklore (Londres, 1891). En 1893. Paul Groussac, representante de le Argentina ante el Congreso Internacional de Folklore de Chicago, leía un trabajo sobre Popular custums and belief of Argentine Provinces,  de enfoque costumbrista pero, en nota al cual, al publicarse en versión castellana, su autor utilizaría el vocablo de Thoms en destacable contexto.
Sobre todo, como surge de La rama dorada de Frazer en el campo de la magia y de las religiones primitivas, la ciencia del Folklore adquiría una justificación plena por el carácter al mismo tiempo profundo y trascendente de sus aportaciones. El método comparativo establecía el nexo necesario entre el fervor romántico y el rigor positivista y pequeños emergentes culturales - juegos, costumbres, cantos, cuentos-  aparecían como reliquias venerables de toda la humanidad. El otro histórico interesaba tanto como el otro geográfico y  adquirieron sentido en la obra de aquellos anticuarios, iniciados como naturalistas, geólogos, biólogos, filósofos o artistas, cuyo diletantismo favoreció la diversificación de perspectivas que forjó el nuevo humanismo de lo popular en torno del folklore. En la Argentina, como se verá, se reprodujo el fenómeno, generado en el mismo ambiente intelectual de diversidades concurrentes.

PRODUCCIÓN BIBLIOGRÁFICA EUROPEA Y AMERICANA
La producción bibliográfica internacional del Folklore muestra  en aquél período, efectivamente, orientaciones diversas. La primera, decididamente historicista, busca el conocimiento del origen de los fenómenos. La segunda filológica y literaria, apunta a la reconstrucción o de las epopeyas nacionales y a la caracterización de sus héroes arquetípicos. La tercera manifiesta la influencia de la Antropología (ya constituida en ciencia) y de sus distintas escuelas: la evolucionista de Taylor y Morgan, las difusionistas, relativistas y comparatistas surgidas como reacción (particularmente, en la escuela norteamericana do Boas, Wissler y discípulos) y hasta la funcionalista de Malinowski, cuyos primeros escritos aparecen en aquellos años, hacia 1920. La cuarta es la que muestra el impacto del enfoque sociológico sobre el concepto de pueblo y a esta siguen, con menos incidencia por su incipiente cultivo como disciplinas independientes, la de orientación psicológica (ya se hablaba de aportaciones del Folklore a la Psicología comparada hacia 1870) y la Lingüística que, en nuestro país, se halla representada por obras precursoras de gran envergadura científica.

EL FOLKLORE EN LA ARGENTINA
Los primeros estudiosos del folklore en la Argentina fueron herederos directos, cuando no integrantes ellos mismos, de nuestra notable “generación del 80” por ello, el período que nos ocupa constituye una etapa de capital importancia para la historia del Folklore en el mundo y, aunque nuestros especialistas eran contestes en lamentar el atraso en que estaba entonces en el país este campo científico, sabemos hoy que en la Argentina se preparaba un panorama promisorio al respecto.
Hacia fines del siglo XIX, en efecto, muchos de los hombres de la “generación del 80” se interesaban por destacar los caracteres diferenciales de la cultura campesina, no ya por la influencia del Romanticismo, que signara el período anterior, sino a la luz de un criterio de creciente objetividad.  Apareció en ese tiempo la primera obra que recoge referencias precisas sobre la música y los bailes del gaucho (La provincia de Buenos Aires hasta la definición de la cuestión capital de la República, de Ventura Robustiano Lynch, 1883) pero hubo que esperar todavía algunos años para que se publicaran trabajos en cuyos autores pudiera advertirse una consciente orientación hacia el Folklore como disciplina.
La voz Folk-lore (con su inicial grafía) habrá empezado a difundirse en los círculos científicos en Buenos Aires hacia el año 1886, ya que aparece impresa, aparentemente por primera vez en la Argentina, en la “Introducción” del libro Londres y Catamarca. Cartas a ‘La Nación”, 1883-84 y 85, de Samuel Lafone Quevedo, texto escrito en 1887 y publicado en Buenos Aires, con las cartas, al año siguiente. Al referirse a los consejos recibidos de sus amigos a raíz de esta sabrosa correspondencia, dice el autor: ‘Uno me pide vocabularios y Folk-Lore catamarcanos, otro patrañas”. Y más adelante, en relación con la “fiesta del Chiqui”agrega: ‘todo ello se relaciona con usos y costumbres, Folk-Lore y tradiciones que van desapareciendo”.
El término de Thoms no había sido incorporado aún al lenguaje corriente entre los eruditos, como lo comprueba la carta de Bartolomé Mitre a Ventura R. Lynch fechada en Buenos Aires el 27 de septiembre de 1887 - que hemos comentado extensamente antes de ahora - donde tanto el corresponsal como el destinatario se refieren a “Etnografía de la provincia de Buenos Aires” incluso cuando tratan el tema “Música y baile” del gaucho. Tal vez la idea de originalidad, de creatividad autóctona, que los europeos habían asociado inicialmente al concepto de folklore no hallaba, para aquellos críticos americanos, claras similitudes en la cultura tradicional de las pampas porque los procesos de transculturación se habían acelerado con poca profundidad diacrónica.
Sobre los antecedentes de esta etapa existe importante bibliografía, entre ella, dos magistrales trabajos editados en publicaciones de la Academia Nacional de la Historia: “Folklore y toponimia”, de Juan Alfonso Carrizo (1938, Bibl. Nº 6) y “El folklore argentino y los estudios folklóricos. Reseña esquemática de su formación y desarrollo”, de Augusto Raúl Cortazar (1964, Bibl. Nº 14).  En el ensayo de Carrizo cabe destacar, ante todo, su identificación con el estilo de abordaje científico de los fundadores de la Junta y del Folklore como ciencia en la Argentina, por la marcada interdisciplinariedad y por las acotaciones vivenciales de su autor que ubican en el clima de la época y rescatan hechos valiosos no mencionados frecuentemente en la historia oficial de la disciplina. Con criterio cronológico se refiere brevemente al folklore en Europa y, en cuanto a nuestro país, se demora luego en los precursores como Lucio V. Mansilla, Pedro Echagüe, Samuel Lafone Quevedo, Ventura R. Lynch, Joaquín V. González, Rafael Obligado, Godofredo Daireaux, Alfredo Ebelot, Francisco Schmidt, Adán Quiroga, Lisandro Segovia y Daniel Granada (español que investigó, en el Uruguay, la lengua y la cultura rioplatenses), sin olvidar la transcripción de agudas acotaciones de Bartolomé Mitre, figura rectora en toda la vida cultural de su tiempo.
Siempre es valorada por Carrizo la tarea del investigador de campo y esto lo subraya al aludir a Juan B. Ambrosetti, estudioso que más tarde, en atención a sus trabajos antropológicos sobre el terreno y específicamente a los que dedica al “Folk-lore” misionero y calchaquí,  será proclamado en 1960 “nuestro primer folklorista científico”.  Pero también rescata Carrizo propuestas de recolección por otros medios: las encuestas que se ofreciera a dirigir Groussac desde la Biblioteca Nacional y las vehementes sugerencias de Ricardo Rojas respecto de la necesidad de salvar los tesoros de la tradición argentina. Estudioso y lector incansable, había completado su digna formación de maestro normal en el marco de una magnífica biblioteca que mantuvo actualizada hasta su fallecimiento. Por ello también asignó méritos a los trabajos de recopilación de materiales impresos o manuscritos, especialmente con poesía, como el “Cancionero popular” de la Revista de Derecho, Historia y Letras,  publicado por Estanislao Zeballos.
Preocupaba a Carrizo la falta de un organismo central para la investigación folklórica actualizada—que más tarde le sería dado dirigir bajo el nombre de Instituto Nacional de la Tradición—, pero en su estudio no olvida la mención de escritores que, en forma independiente, realizaron contribuciones interesantes, como Juan Carlos Dávalos, Roberto J. Payró, Carlos B. Quiroga, Perfecto Bustamante, Pastor S. Obligado, Benjamín D. Martínez y Eugenio Giacomelli. En cuanto a los investigadores propiamente dichos debemos señalar las referencias del autor a Robert Lehmann- Nitsche, a Martiniano Leguizamón, al español Ciro Bayo, a Manuel Gómez Carrillo  - musicólogo y compositor - y al historiador Bernardo Frías, así como también a la primera mujer que aparece en este campo de estudios mencionada por Carrizo como “la señorita Berta Elena Vidal”, a quien conocimos como Dra. Berta Elena Vidal de Battini y fue ilustre e inolvidable maestra de nuestra generación de alumnos de Folklore en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Más de un cuarto de siglo después de publicarse aquel trabajo de Carrizo apareció, como se ha dicho, “El folklore argentino y los estudios folklóricos. Reseña esquemática de su formación y desarrollo” de Augusto Raúl Cortazar quien, pocos años más tarde (1968), ocuparía en la Academia el sitial de José María de Iriondo. Otra formación, otra propuesta metodológica, otras aspiraciones para la disciplina, definen el perfil de Cortazar, abogado, bibliotecario, doctor en Filosofía y Letras, frente a aquel maestro erudito pero en gran parte autodidacto, Juan Alfonso Carrizo. No obstante, en ambos se revela la misma pasión por la cultura regional y popular del país, la misma convicción de que constituye un riquísimo venero de nobles tradiciones que es necesario registrar científicamente, el mismo respeto por aquellos estudiosos, en su mayor parte miembros de la antigua Junta, que marcaron el camino.
La relación del ensayo de Cortazar con nuestra presente contribución se establece, sobre todo, a partir del subtítulo ‘Vislumbres del rumbo científico”. Según palabras de su autor y en vista de lo dicho sobre el tema por Carrizo en el trabajo que hemos comentado y que él cita, sus referencias serían “sólo complementarias, con tendencia a la valoración sintética más que a lo descriptivo, anecdótico o bio-bibliográfico”, pero la lectura nos muestra la sobresaliente labor de riguroso historiador y crítico realizada por Augusto Raúl Cortazar que proporciona datos preciosos sobre los precursores, alentadores e iniciadores de los trabajos del folklore en nuestro país. Cortazar aprovecha la oportunidad propicia para reunir su teoría con la práctica, señalar la presencia de elementos folklóricos, marcar las proyecciones en tal carácter (especialmente en relación con el fenómeno de la poesía gauchesca) e indicar métodos, procedimientos y objetivos a tener en cuenta para continuar indagaciones corno las que él mismo por entonces, tan brillantemente, materializa.
Es particularmente importante el tratamiento que otorga a la personalidad de Ricardo Rojas. Lo recuerda en su mocedad provinciana, como narrador de impresiones de viajes por el país y por España, motivado por la visita de Menéndez Pidal a América en 1905, impulsor y difusor de los estudios sobre la Colección de Folklore de 1921 y de las investigaciones de Carlos Vega, de Ismael Moya y del mismo Cortazar desde la dirección del Instituto de Literatura Argentina que hoy lleva su nombre.  La Colección de Folklore fue fruto de la Encuesta Folklórica General del Magisterio que, de acuerdo con un proyecto del Vocal Juan Pedro Ramos, fue realizada en 1921 por el Consejo Nacional de Educación por medio de los docentes de las escuelas primarias Nacionales “Ley Láinez”, que funcionaban en el interior del país. Esta obra extraordinaria permitió reunir en un solo año más de tres mil legajos manuscritos procedentes de casi todas las provincias y territorios de la Argentina, con datos sobre sus manifestaciones folklóricas más diversas. Son materiales documentados por docentes comunes, no por investigadores especializados, no obstante, si son sometidos a una buena crítica por lectores conocedores de las costumbres regionales de nuestro país, puede demostrarse que encierran verdaderos tesoros surgidos directamente de las fuentes populares de la cultura tradicional argentina.  En 1951, el profesor Bruno Cayetano Jacovella, Director del Instituto de la Tradición de la Provincia de Buenos Aires con sede en La Plata, encaró la realización de una nueva encuesta folklórica entre los docentes de esa provincia. Si bien esta colecta no alcanzó la efectividad de la anterior, el Manual-guía para el recolector, publicado ese año por su autor, Jacovella, es hasta ahora la mejor y más utilizada propuesta taxonómica de aplicación práctica con que contamos los folkloristas en nuestro país.
A partir de la tercera década del siglo XX, en efecto, comienza la etapa más prolífica en cuanto a investigaciones de campo y de gabinete, creación de Institutos, cátedras y carreras superiores y universitarias sobre Folklore en nuestro país. Debemos aclarar que este trabajo ha acotado su campo hasta restringirlo a lo que es la historia de los estudios sistemáticos y metódicos del Folklore y a la enseñanza de esa disciplina antropológica. Por ello faltan aquí los nombres y los títulos de las obras de muchos estudiosos que trabajaron y trabajan en los campos de la danza, de la música, de la literatura, del teatro, etc., cuyo tratamiento es fundamental para completar la visión del movimiento cultural generado por el folklore hasta la actualidad, en nuestro país. Tampoco se incluyen los estudios de carácter netamente etnográfico o etnológico, sin desconocer por eso cuánto interés tienen para la interpretación de los procesos de cambio cultural que influyen en el folklore argentino.  En ambos casos remitimos a la excelente bibliografía existente y a las obras generales incluidas en nuestra Bibliografía.
El Instituto Nacional de la Tradición tuvo como director a Juan Alfonso Carrizo quien radicó allí su obra (los monumentales Cancioneros de Catamarca, Salta, Jujuy, Tucumán y La Rioja ya le habían sido publicados por la Universidad Nacional de Tucumán) y, con Bruno C. Jacovella como brillante Secretario Técnico, comenzó a editar la Revista del Instituto Nacional de la Tradición de la cual solo aparecieron dos números (1948-1949) . Cuando se produjo la reapertura de las Academias Nacionales, en 1955, Carrizo, con la salud ya quebrantada, se retiró de la función pública y el Vicedirector del Instituto Nacional de la Tradición, Manuel Gómez Carrillo, quedó como Director del flamante Instituto Nacional de Filología y Folklore, que absorbió a aquel y comenzó a funcionar en 1956.  Con el personal y el fondo bibliográfico y documental del antiguo Instituto Nacional de la Tradición, incluida la magnífica Biblioteca personal de Carrizo, y los legajos de la Colección de Folklore de 1921,  el nuevo Instituto pasó a depender, en 1956, de la Academia Argentina de Letras hasta que, que en 1958, bajo la jurisdicción de la Secretaría de Cultura de la Nación, tomó el nombre de Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas y tuvo como director a Julián Cáceres Freyre. Su revista anual Cuadernos y sus importantes publicaciones no periódicas mantuvieron el nivel inicial de este organismo y dieron a conocer trabajos sobre temas folklóricos  y antropológicos en general  .
Es fundamental mencionar, en estos años, la labor del Instituto Nacional de Musicología, fundado por Carlos Vega, en  cuyas investigaciones de campo y de gabinete, registros sonoros, publicaciones, etc., descollaron los grandes discípulos de dicho maestro; Isabel Aretz y Silvia Einsenstein (argentinas), Lauro Ayestarán (uruguayo), Luis Felipe Ramón y Rivera (venezolano). Dentro de ese ilustre conjunto, la figura de la Dra. Isabel Aretz requiere una mención especial porque fue quien ilustró sobre la música con que se cantaban las piezas recogidas por millares en todo el Noroeste argentino, por el maestro Carrizo. (Bibl. Nº4).
Desde 1938 funcionaba en el Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico la primera cátedra de Folklore, dictada por Rafael Jijena Sánchez y luego también por Bruno C. Jacovella. Sobre la base de dicha cátedra, Antonio Ricardo Barceló creó la Escuela Nacional de Danzas Folklóricas Argentinas que abrió sus puertas el 13 de septiembre de 1948, en el segundo piso de la Escuela sita en Av. Quintana 31, Buenos Aires con un selecto elenco de docentes de danza, música, coro, guitarra, historia del arte, musicología, y otras materias complementarias. . Los profesores de la asignatura Folklore (como ciencia) eran Bruno C. Jacovella y Augusto R. Cortazar. A medida que fueron egresando las primeras promociones, se fue formando una generación de profesores interesados no solamente en la danza y la música sino, en muchos casos, en la historia del atuendo tradicional y en el Folklore como disciplina científica. Para satisfacer esta necesidad se crearon, en 1952,  seminarios, como el dedicado a Atuendo a cargo de Aurora De Pietro de Torrás y  el  de Folklore a cargo de Augusto R. Cortazar que fue el germen del que más tarde organizó el mismo profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y que se transformó luego en la Licenciatura en Folklore de dicha casa de altos estudios (1956-1958).  En 1959 la Licenciatura en Folklore, que pasó a integrarse en la Licenciatura en Ciencias Antropológicas como una de sus orientaciones, constaba de tres materias específicas y un cursillo de Especialización.  Entre los más destacados docentes de Folklore de la primera época fundadora de  esta carrera citaremos, siempre alfabéticamente, al propio Cortazar, a Rodolfo Merlino, a María Delia Millán de Palavecino, a Enrique Palavecino y a Berta Elena Vidal de Battini, que fueron verdaderos maestros de maestros.
La ciencia del Folklore ya contaba por esos años con métodos específicos, como los divulgados por las escuelas europeas de corte histórico-cultural, y particularmente el llamado método de trabajo folklórico (Die folkloristische Arbeitzmethode)  de la escuela finesa, aplicado casi exclusivamente al estudio de las especies narrativas, sobre todo de los cuentos. Métodos tomados de otras ciencias eran considerados auxiliares en el procesamiento de los materiales folklóricos recogidos en trabajos de campo, entre ellos el llamado “de palabras y cosas” (WÖRTER UND SAGEN),  que fue aplicado en distintos países a la realización de mapas y atlas etnolingüísticos y folklóricos. En la Argentina los grandes documentadores de campo dedicados especialmente a la poesía (escuela encabezada por Juan Alfonso Carrizo con sus Cancioneros 1926-1943) y a la música y la danza (escuela liderada por  Carlos Vega), trabajaban con un método que fue llamado monográfico, consistente en recoger una sola especie de fenómenos en un área geográfica extensa. A partir de los trabajos de Augusto Raúl Cortazar, que había completado sus aportaciones personales con la traducción de la obra del antropólogo funcionalista Bronislaw Malinowsky Una teoría científica de la cultura y otros ensayos, se produce un importante cambio en la actitud de los estudiosos respecto del método a adoptar para sus investigaciones. Cortazar expone su propuesta en la obra titulada El Carnaval en el folklore calchaquí. Con una breve exposición sobre la teoría y la práctica del método folklórico integral (1949, Bibl. Nº 11), y la novedad radica en la elección de un área geográfica reducida para documentar en ella todos los fenómenos de su cultura oral-tradicional. La propuesta metodológica de Augusto Raúl  Cortazar se sustenta en el carácter regional, la condición de funcional y la raíz tradicional de los hechos folklóricos. Dice Cortazar: “si los fenómenos folklóricos son funcionales y tradicionalmente localizados en una  región, el método por medio del cual se pretende captarlos debe tender a enmarcar geográficamente y culturalmente el ámbito de la investigación y a documentar luego dentro de tales límites, no una especie o manifestación aislada de ese conjunto, sino todas las expresiones de carácter folklórico recolectables. En resumen la investigación resultará geográficamente circunscripta y folklóricamente integral”  (1954, Bibl. Nº 12). Pero el autor de la citada obra no detiene allí su trabajo sino que, de aquel patrimonio integralmente relevado extrae un fenómeno (el Carnaval) y lo estudia monográficamente. Comprendemos así que el método folklórico integral no excluye al monográfico sino que ambos se complementan.                 
Un campo que creció notablemente en cuanto al interés que despertó en muchos sectores de la sociedad es el de las artesanías, palabra esta última que comenzó a usarse con aceptado tecnicismo diferenciado de arte popular a partir de la Mesa Redonda de Artesanías reunida por la UNESCO en Buenos Aires en 1957 y de la constitución de una Comisión Nacional Permanente en tal materia integrada por Ana Biro de Stern, Carlos Dellepiane Cálcena, Olga Fernández Latour y Horacio González del Solar (entonces Director del Museo de Motivos Populares Argentinos “José Hernández”) . Un año después se produciría la creación del Fondo Nacional de las Artes, organismo que, desde su papel de Banco para la Cultura,sería fundamental para el desarrollo de los máximos programas de relevamiento y apoyo a toda actividad relacionada con el Folklore en nuestro país.
Al acercarse 1960, la poderosa Comisión Nacional Ejecutiva del 150º Aniversario de la Revolución de Mayo promovió la realización de un Congreso Internacional de Folklore y de Certámenes Nacional e Internacional de Danzas Folklóricas Argentinas. Presidido por Cortazar y con Félix Coluccio como Secretario General y Olga Fernández Latour como Secretaria Auxiliar, se realizó entre el 5 y el 10 de diciembre de dicho año esta importantísima reunión internacional con delegados de todos los continentes. En cuanto a los Certámenes de Danza, tras el de selección nacional realizado en la ciudad de Córdoba, recordemos que, contemporáneamente con el Congreso, culminaron en Buenos Aires con el Certamen Internacional cuyos Directores fueron Beatriz Durante, Norberto Raúl  Marana y Luis Jorge Médici, y contaron con el asesoramiento de los maestros Antonio R. Barceló y Carlos Vega.
El Congreso de 1960  incentivó a los estudiosos para escribir obras de teoría folklórica; se difundieron los estudios de Ramón Alderete Núñez, Bernardo Canal Feijóo, Augusto R. Cortazar, Olga Fernández Latour, José Imbelloni, Bruno C. Jacovella, Ismael Moya, Enrique Palavecino, Alfredo Poviña, Padre Salvador Santore, Carlos Vega, y otros autores y se incorporaron también conceptos traídos por investigadores de distintos lugares de América y de Europa. Se establecieron asimismo deslindes claros entre tradición y tradicionalismo, se incrementó la práctica de manifestaciones sociales de raíz folklórica en las llamadas “peñas” y centros nativistas criollos y, al mismo tiempo, proliferaron los proyectos regionales independientes y el desarrollo de valiosos centros de investigación del patrimonio popular tradicional del interior de la Argentina.
     Una nueva etapa comenzaba para el Folklore como ciencia en nuestro país.


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