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2014 Septiembre
2014 Septiembre
En esta sección publicaremos una serie de notas especiales de nuestro Académico ...
 
En esta sección publicaremos una serie de notas especiales de nuestro Académico Correspondiente, Rafael Rumich, formoseño de ley. Que está desarrollando su investigación , profunda como todas las que hace, sobre un tema muy especial. “demostrar  que el folklore (ya sea en la superficie o en el subsuelo) está en todos lados, en todos los saberes (científicos, artísticos, filosóficos, tecnológicos, como en los distintos ámbitos del saber, ya sea el provisto por los sistemas educativos o los adquiridos empíricamente) , o sea  Filosofía del Folklore..




    MEDITACIONES ACERCA DEL FOLKLORE
(Séptima Nota)

                                                                              Por Rafael Rumich
   
    En cualquier ámbito, ante cualquier hecho, nos enfrentamos siempre con la necesidad de indagar, encontrar el por qué de las cosas. Es una exigencia inherente a nuestra condición de seres racionales. Esta disposición nos coloca en la situación de entidades reflexivas que, a su vez, nos habilita y permite internamos en el tiempo y ubicamos en un espacio determinado para abordar lo que se constituye en nuestra materia u objeto de estudio y, por ende, de investigación.
    No es necesario que para acometer este acto poseamos los conocimientos y herramientas que otorgan las diversas disciplinas científicas. Todo ser humano, en mayor o menor proporción, implícitamente posee las condiciones para indagar, dependiendo la consumación de dicho acto de la determinación que sustente y los medios que emplee para concretar su propósito.
    Es que todos los hombres tenemos mayores o menores conocimientos. Según Ander-Egg, existen dos grandes tipos de conocimientos: uno superficial, sensitivo, subjetivo, no sistemático y acrítico, son los conocimientos corrientes y elaborados por el sentido común; el otro es el conocimiento científico que va más allá del primero, “desborda la apariencia y pretende alcanzar la esencia de las leyes de los fenómenos y los hechos”. (Ezequiel Ander Egg: Técnicas de Investigación Social, 1980).

    Según el citado autor, el conocimiento científico “no guarda una diferencia tajante, absoluta, con el conocimiento vulgar y su objeto o sustancia, puede ser el mismo”. (op.cit.)
    A partir de estos enunciados, podemos manifestar que todo hombre, desde el conocimiento que dispone, trata de  encontrarle sentido a las cosas y otorgarle significados; cuando emergen nuevas situaciones que alteran la comprensión de tales cosas inmediatamente construye una resignificación que permita interpretar y ubicar la cosa modificada de acuerdo a su nueva forma o modo de ser. La cosa pasa a ser objeto y se define a través de conceptos, aunque de acuerdo a los diferentes tipos de conocimientos, para los diversos sujetos la cosa se manifiesta o exterioriza de una u otra manera.
    El significado es lo que se percibe de una cosa. La definición del concepto es lo que se dice de la cosa. Es manifestar y hacer saber lo que  se entiende de una cosa o de algo. No deja de ser la expresión de una idea, de un pensamiento o algo material. Son representaciones mentales que tienen un valor y el grado de importancia que se le otorgue dependerá del medio sociocultural en que tiene vigencia y se practica grupal o comunitariamente.
    Por estas razones, en muchos individuos, por no decir de manera absolutista, en todos, está presente el conocimiento corriente, cotidiano y, a veces, el científico convive con él. Por lo tanto, el que es común al colectivo humano no es el conocimiento científico, sino el llamado, vulgar, ordinario o cotidiano, o sea el corriente y elaborado por el sentido común. Este bagaje es el que va dar lugar a la sabiduría del pueblo, lo que Willians Thoms denominó folk y lore y, con el transcurso del tiempo, la amalgama de ambos fue constituyéndose en los nominativos  Folklore y folklore, es decir, la ciencia y su objeto de estudio. En ambos casos éstos fueron reconocidos a través del mismo término. Al respecto debemos aclarar que a partir del aporte efectuado por el Dr. Augusto Raúl Cortazar existe consenso académico para nombrar folklore a los diversos materiales que constituyen el objeto de estudio y Folklore a la ciencia que observa, documenta, describe, analiza, clasifica, estudia, compara y explica tales entidades psicosocioculturales.

    Por razones funcionales el mencionado folklorólogo consideró conveniente y necesario  designar de esta manera el ámbito objetual y a la ciencia que lo estudia, recurriendo así a una estrategia conceptual para que con la misma palabra se estableciera un espacio común y, a la vez, propiciar el reconocimiento de funciones diferentes.
    Al constructo folklore se lo conoce con esta forma porque en su elaboración inicial  en inglés, primero va pueblo (folk) y luego saber o sabiduría (lore) el que traducido literalmente al castellano quedaría “pueblo-sabiduría”, por la disposición sintáctica propia del idioma original. Si la construcción hubiera sido igual al del castellano, lo que hemos incorporado a nuestro vocabulario como folklore, cambiaría por “lorefolk” o sea “sabiduría del pueblo”. De allí que debemos entender que folklore y Folklore responden obligadamente a un requerimiento de carácter histórico-funcional,  adecuándose  los signos lingüísticos a las normativas de la sintáctica y semántica, como así también, a los requisitos  propios de la epistemología y la metodología de la investigación de la ciencia folklórica.
    Mediante este análisis comprobamos cómo el folklore es parte del conocimiento empírico, común, cotidiano y el Folklore corresponde al pensamiento científico. Así también, que todo individuo puede ser portador de elementos propios del folklore por más que en él habite un sujeto con conocimientos científicos u otros saberes cognitivos. El conocimiento científico no desplaza al conocimiento ordinario o cotidiano, es decir a los corrientes y elaborados por el sentido común, los que van a gestar la sabiduría del pueblo, en definitiva, el folklore. Por eso, en mayor o menor proporción, todos somos portadores de elementos folklóricos.
    En este punto, debemos entender que todo ser humano es un sujeto social: estamos sujetados por la sociedad, pero no por la sociedad mundial, a pesar de que a través de los mecanismos de la globalización y la mundialización quieren asimilarnos a un sólo patrón de conducta, comportamientos, usos, costumbres, modas, etc.
    El hombre es un sujeto producto de su espacio (grupo, comunidad, étnia), una entidad que viaja por el tiempo a través del inconsciente  colectivo, que vive su tiempo gregariamente,  sostenido por sus representaciones sociales y estimulado por el imaginario colectivo que siempre es grupal, local, mediante los cuales configura “su propio mundo” e interpreta su rol social de acuerdo a una particular cosmovisión, la que se ha formado por la entrega y recepción consciente o inconsciente (tradición) y se transforma por influjo de nuevos estímulos que ejerce la sociedad sobre los individuos. De allí que algunos estudiosos definen como cultura a las consecuencias que producen la persistencia y transmisión generacional de conocimientos y comportamientos por el aprendizaje. Por eso, también, que no podemos hablar de una cultura común a toda la humanidad, sino de culturas, miles de cientos de culturas, una diversidad que se da tanto en el orden generacional, de género, por interaccionar en grupos de convivencia o intereses, comunitariamente, a los que hay que sumar en la actualidad  a los que se relacionan a través de las comunidades virtuales.
    En todas estas comunidades, grupos, “tribus”, “clanes”, “logias”, etc., sus integrantes conviven y interactúan hacia el interior de  los mismos estableciendo sus propias normas, rituales, códigos, etc.
    Asimismo, cada una de estos colectivos se conforma y adquieren entidad en el interior de contextos sociales mayores; a la vez, sus integrantes forman parte de otros grupos, donde desempeñan roles diferentes y representan a otros personajes, por eso cada individuo transporta consigo diferentes sujetos, de manera tal que somos seres que ejercemos diferentes papeles como actores sociales somos. En todos estos espacios y en cada uno de sus integrantes está presente el folklore.
    Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el folklore es propio de la naturaleza del ser humano, todo hombre lo tiene incorporado a su ser lo que le permite identificarse con otros y diferenciase de los demás, tanto sea en la vestimenta, lo dialectal, las conductas, los usos, los distintivos, etc., rasgos y manifestaciones que cuando cambia de rol son reemplazados por los propios y característicos de los otros grupos a los que también pertenece. En todas estas diferentes situaciones encontramos indicios o signos de la presencia del folklore.
    Somos portadores, consciente o inconscientemente, de comportamientos folklóricos, que varían de acuerdo a los distintos grupos que frecuentamos y alternamos. Los fenómenos de tal carácter están presentes en nosotros y en distintos momentos de nuestra vida, a veces cotidianamente se hacen notar o se distinguen y manifiestan por alguna circunstancia especial.
    Por estos motivos, y para que nuestra tarea esté volcada a demostrar que el folklore tiene importancia, valor, como así también para entender mejor a nuestros congéneres y a nosotros mismos, el Folklore no puede actuar sólo, necesita de una acción interdisciplinaria y transdisciplinaria. Si no abordamos esta realidad compleja y variada desde una perspectiva amplia, holística, no podremos estudiarla en su totalidad.
    Además, los fenómenos folklóricos cambian y varían en el tiempo, mutan y se transforman, incluso viajan, se trasladan. Esto reafirma el carácter local del origen de los fenómenos, lo que indica que siempre existe un hipocentro o foco en el que se origina un hecho o fenómeno, aunque muchas veces, la manifestación tiene lugar en el epicentro, por lo tanto, el lugar que tomamos como foco es tan sólo la consecuencia de lo que comenzó a gestarse en otro espacio, luego de emerger en un determinado sitio, el fenómeno puede alcanzar una extensión y difusión regional, quedando recluido a ese ámbito, aunque en la actualidad, por la incidencia de los modernos medios de comunicación y transporte, los fenómenos alcanzan una expansión y dispersión nacional, continental o mundial, alcanzando así la condición de universal.
    En este sentido, el hombre del Noreste formoseño no le teme a la “mula ánima”, porque no forma parte de su “mundo”, no atañe a su “realidad”, pero si se sobrecoge y atemoriza cuando mencionan al “añá pucú” o “la pora”. Estas creencias no fueron más allá de la región donde mantienen su vigencia.
    Un 8 de enero comenzó la veneración del pueblo de Mercedes (Corrientes) hacia “el gauchito Gil”, transformado en santo popular. Hoy todas las rutas argentinas están pobladas de estandartes rojos, santuarios y ofertorios dedicados a Antonio Mamerto Gil. La veneración alcanzó una proyección nacional.
    De igual manera, el chamamé, especie musical y coreográfica que tuvo su origen en la provincia de Corrientes, en la actualidad se enseña en las universidades de Francia. Su onda expansiva lo llevó al llamado “viejo mundo”. Mucho antes, el tango arribó al Japón y hoy los certámenes internacionales de baile y la cinematografía mundial le han otorgado categoría de especie coreográfica universal.
    Si, de nuestra parte, concebimos pueblo de la manera en que conceptualiza  Caminotti (Delia Caminotti: Narrativa, Pueblo y Cultura, en América  Latina: Integración por la Cultura. 1973), lo que tendríamos que comprobar es, a partir de esta categorización,  si el conjunto de la población de una localidad o provincia constituye un pueblo. Cuando mencionamos al pueblo suramericano en forma genérica, sin duda, lo hacemos correctamente, porque la población suramericana responde a las exigencias que plantea la autora citada. Esa situación no impide que, hacia el interior de esta realidad diversa  que es Suramérica,  emerjan otros pueblos, sujetos a espacios y realidades socioculturales nacionales, regionales, provinciales o comunales. Es que por su contenido significativo, pueblo, como otros conceptos y categorías, es un término categoremático con función múltiple y diversa. Es decir, tiene significado en  sí mismo y actúa en diversos contextos a la vez, manteniendo las propiedades o cualidades, y variando, tan sólo, en la intensidad de los mismos. Esto se comprueba cuando examinamos la comprehensión y extensión de los términos. Si pronunciamos pueblo suramericano, estamos mencionando una categoría histórico-social  con mucha extensión porque abarca en su interior a otros pueblos (que responden por sus características a otras categorías histórico-social), pero que tiene una mínima comprehensión, porque en este tipo de categorías se dan pocos casos donde el parecido es común a todos los  integrantes. En cambio, cuando expresamos pueblo curuzúcuateño, estamos refiriéndonos a un tipo de categoría histórico-social que tiene máxima comprehensión porque emergen y se hacen visibles muchas   características y cualidades que les son propias, pero que tiene la  mínima extensión porque sólo se aplica a un pueblo, el pueblo de la ciudad de Curuzú Cuatiá (Corrientes). Pero para comprobar si la población de una provincia o de un municipio constituye un pueblo, debemos cerciorarnos de la  presencia de otros elementos constitutivos. Analicemos entonces, por interesar a los objetivos de este escrito, el caso de la población de cualquier provincia argentina.
En  principio digamos que todo pueblo  es un sujeto, un sujeto colectivo, que reúne, además, la carácterística de  social, cultural e histórico y que,  como tal , está comprometido, en lo horizontal, con los hombres y la naturaleza (lo que le permite una relación sincrónica), y en lo vertical (lo que le concede un continum en el tiempo,  la evolución,  la posibilidad del devenir histórico, o sea, la progresión  que hace que las cosas se realicen o se transformen) facilitando la trascendencia. Esto a su vez le otorga la condición de categoría histórico-social. El pueblo se compone con todos aquellos que comulgan con un proyecto histórico común. Se da mediante un  proceso que propicia la unión de la gente (común unión). A través de esa práctica y en torno a un proyecto que con el tiempo se vuelve histórico, adquiere carácter de comunidad . El proyecto común que nace como anhelo colectivo, de manera espontánea, va  tomando cuerpo  con el transcurso del tiempo, a la vez que adquiere actualidad. Con todos estos componentes el  mencionado proyecto se constituye en elemento rector de la vida del pueblo. Dicho proyecto  puede mantenerse en el ideario colectivo del pueblo como materia consuetudinaria, siendo su práctica informal en razón a las características que posee (costumbre), dependiendo, por tal motivo,  de la  influencia  que ejercen  sobre él el imaginario colectivo y  las representaciones sociales que el mismo pueblo se encarga de construir.
A partir de este análisis, reflexionemos por un momento y meditemos acerca del voluminoso caudal folklórico que hemos heredado los argentinos, patrimonio que todos los días lo acrecentamos, muchas veces sin darnos cuenta, patrimonio que nos identifica y nos otorga identidad nacional. Vale la pena intentar su estudio y saber quiénes somos. He ahí la importancia del Folklore.
Hasta la próxima.

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