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Vestuario
El poncho como símbolo de cobijo
 

El poncho como símbolo de cobijo

Ruth Corcuera

El Konex recién y merecidamente ganado nos lleva a presentar un par de reportajes que muestran, a propósito del trabajo sobre el poncho de la gran catamarqueña, la historia de esta prenda.
La Nación y más precisamente Analía H. Testa nos ayuda para ello con esta entrevista que rastrea el camino de  esta prenda, el camino a recorrer de su mano la historia de la que iremos conociendo más en otros  números.

"Recorrer caminos olvidados y tiempos desvanecidos" fue para Ruth Corcuera una experiencia trascendente. Durante diez años se aventuró a rastrear "la complejidad de lo criollo expresada en el poncho" y de esa expedición "en las Tierras del Plata", surgió un libro que publicó el Fondo Nacional de las Artes y Verstraeten Ediciones.  Las escenas de su infancia en las sierras cordobesas cercanas a Alta Gracia fueron su punto de partida.

"Las mañanas de invierno, con sus arroyos congelados, eran duras; temprano pasaba un peón encargado de llevarme en la grupa hasta la escuelita de maestros catamarqueños. Aún resuenan las recomendaciones de mis padres en el momento de partir: "Cúbrase bien con el poncho que el camino es largo"".
Aquellas imágenes le imprimieron un universo de significados que recrea desde entonces. Por eso suena natural oírle decir que "el poncho es una metáfora de esta tierra amplia que cobijó a todos", como también "testimonio de los primeros encuentros entre mundos diversos". Desde que escribió "Herencia textil andina" en 1987, la acompañaba la inquietud de perpetuar, de algún modo, la historia de los ponchos olvidados en los museos, de los ponchos que acuñó como "huérfanos".


Entre las fibras desatadas y el polvo que desluce los colores, ella descubre, con actitud de arqueóloga, valores que se extinguen.  El empeño de rescatar esas prendas nació en Rosa del Valle Quiroga antes que en Ruth Corcuera. De aquel nombre, que recibió por herencia de sangre, le viene el interés vital por lo folklórico.
Rastreo cultural
La autora eligió un recorrido que va desde el origen americano de la prenda hasta los tiempos de los caudillos, cuando "el ruido de los ponchos atraviesa y rodea la batalla", tal como expresa Horacio Salas. El texto de Corcuera también recoge la "cosmovisión del mundo andino" impregnada en los ponchos pampa. De ahí que enlace sus comentarios con los de Pedro Megge Rosso, que advierte sobre "el proyecto simbólico fundamental" que toda tejedora mapuche construye en la urdimbre.
Tampoco falta la referencia a los tejidos ingleses. "La pampa estaba allá, bajo la Cruz del Sur, bajo ese cielo que las noches serenas parecía cobijarlos con su gran bóveda de estrellas. El diseño de no pocos ponchos ingleses recogen esas imágenes, pues a pesar de lo lejano, esos creadores intentaron plasmar las imágenes de un mundo que nunca vieron." Cuando se refiere al gaucho del siglo XIX indica como síntesis: "El domina el espacio a caballo y no conoce jefe, es naturalmente un rebelde. Por eso se identifica con una prenda tan libre que ni siquiera tiene botones".
Pablo Mantegazza, escritor italiano que visitó nuestras tierras en 1858, es uno de los viajeros que, según la autora, mejor describe ese aspecto: "Para componer su vestido, el gaucho ha buscado todo lo que pueda hacerle más cómodo su modo de vivir... Rasga en el medio un trozo de paño y pasando la cabeza por la hendidura hace una especie de casulla que llama poncho... Este vestido elemental del gaucho no necesita costuras ni cortes artísticos, y es el más simple, el más cómodo que pueda improvisarse cuando no se dispone sino de una tela y un cuchillo". Ruth Corcuera precisa a cada momento las referencias históricas, antropológicas y geográficas porque su afán es "comprender aquello que no aparece a primera vista".
"El pasado necesita ser reordenado, puesto que es un pretérito imperfecto, pero ese pasado permite identificarnos...", explica desde el prólogo.
La intención que la autora admite traer bajo el poncho es de carácter político. Del entramado de su texto se desprende aquel consejo transmitido desde el poema de José Hernández: "Los hermanos -léase argentinos- sean unidos porque ésa es la ley primera..."

Ecos de la tierra

Ruth Corcuera no abandona su inclinación por la docencia cuando aprecia su aporte intelectual en la investigación del arte textil. "Este trabajo no significa más que abrir la puerta para que otros sigan la búsqueda." Pero consciente de la dificultad de conseguir fondos para que el rastreo llegue a su fin, la autora pide que los municipios incentiven a los jóvenes a "reconstruir la historia regional".
Cuando comenta que son pocos los tejedores que en el trabajo diario resguardan el patrimonio textil de América del Sur, sobrevienen las palabras de su epílogo. "Esta prenda aún conserva esa capacidad de hacernos llegar sus arcaicos ritos y los ecos de nuestra tierra inaugural." Esta síntesis entrelaza el tono de Ruth Corcuera con la reflexión que Héctor Tizón comparte en su último libro, "Tierras de frontera". "Yo escribo tratando de registrar el fulgor de algo que se extingue, para bien o para mal. Y sé que todo pasado será barrido por la inexorable marca del tiempo, en la que ha de perderse y conservarse a la vez". .



También en la revista Winde de  El Litoral se detalla su trabajo en la entrevista de Elba Pérez.
     

Link completo de la nota: www.ellitoral.com/index.php/diarios/2002/08/31/nosotros/NOS-04.html
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Nuestra segunda bandera
     

Modesto o primoroso, a lo largo de la historia, el poncho cubrió a indigentes, patriotas y notables. Es sólo un rectángulo con una hendidura central, pero cobija gran parte de la identidad nacional.

Abrigo, cobijo, apero y gala, el poncho es por su simplicidad una prenda multifuncional que identifica a los argentinos, pero es también transmisor de sabidurías textiles, de símbolos y mestizajes culturales, un texto virtual a interpretar como hace la investigadora Ruth Corcuera en su libro "Ponchos de las tierras del Plata".
Editado por el Fondo Nacional de las Artes y Verstraeten Editores, el libro es culminación de doce años de investigaciones y del esfuerzo interdisciplinario de Corcuera, Isabel Iriarte, Cristina Minutolo, Norma Ledesma y María Pía Falchi. Un equipo de mujeres, como de mujeres es la labor de las teleras de las tierras del Plata...
Aunque las dimensiones varían, el poncho es un rectángulo (en general, de 180 por 140 centímetros) de tejido, con una hendidura central por donde pasa la cabeza, una descripción que simplifica las complejidades de una prenda milenaria cuyo origen andino es el unku, abrigo de los incas.

     
 

    Fig. 54: Unku decorado con

cuadrángulos simples    
         
Fig. 53: Militar inca con unku decorado
con cuadrados concéntricos.

(Guamán Poma de Ayala 1987)    Fig. 55: Figuras antropomorfas en

Manto 5 (extracto de calco hecho

por Rodrigo y Huarcaya 2003)    Figs. 56a y 56b: Uncu perteneciente
al Textile Museum de Washington
(Gisbert 1996; Rowe 1973)
(Imágenes de  http://www.rupestreweb.info/manto.html )

No siempre es tejido en lana o algodón, ya que fue precedido por los ponchos de cuero, curtidos y sobados hasta alcanzar la flexibilidad de una gamuza o badana. Y sorprenderá saber que hubo ponchos de cortezas de árbol, de fibras vegetales y de seda bordada, primor y gala que no desdeñó vestir Juan Manuel de Rosas, por ejemplo.
Ruth Corcuera y su equipo descifran este texto fascinante tramado por manos anónimas. La investigadora catamarqueña (cuyo nombre verdadero es Rosa del Valle Quiroga de Corcuera) refuta las afirmaciones del escritor sueco Gšsta Montell, que en 1924 adjudicó al poncho origen europeo. Los testimonios arqueológicos e históricos abonaron la tesis de Corcuera reforzada por las investigaciones de Ricardo Oyarzún, Ricardo Latchman, Mary Elizabeth King y Ágata Huepenbecker.


La confirmación del origen prehispánico de la prenda motivó la recatalogación de las colecciones textiles de los museos europeos y norteamericanos.

De las tierras sin mal


Aunque los primeros ponchos datan del año 3000 antes de Cristo, su difusión masiva se operó con la llegada de los españoles a América. De esa época datan los ponchos arribeños, denominación genérica del gran área que abarcó el Virreinato del Perú. Fueron los jesuitas quienes adoptaron el poncho para cubrir la desnudez inocente de los indígenas de las "tierras sin mal". Hacia 1600 advirtieron el carácter simbólico de los colores y diseños originales y en los obradores de las reducciones los suplantaron por estilizaciones de la flora y fauna de la región. Introdujeron también motivos, técnicas y telares europeos. Los cambios fueron registrados por el padre Florián Paucke y Baltasar Martínez de Compañón, cuyas deliciosas acuarelas se reproducen en el libro.
El poncho jesuítico y la incidencia intercontinental de la Compañía fundada por Ignacio de Loyola, aseguró la difusión del poncho y otros tejidos realizados por manos indígenas y de los esclavos negros de las reducciones de Paracuaria. En tiempos de la colonia y a partir de la independencia se consolida la idiosincrasia criolla y la primacía, casi absoluta, de la mano de obra femenina. Las teleras de San Luis y Córdoba tejieron los abrigos y uniformes de los patriotas americanos. Este aporte a la gesta emancipadora justifica que el poncho sea la segunda bandera de los argentinos, según lo definió el arquitecto Alberto Bellucci.


Ponchito sobre las carnes...


El poncho criollo se apropió de las nobles fibras de los camélidos andinos (vicuña, guanaco, llama, alpaca, pacolama). Los de vicuña fueron -y son aún- los más preciados por la "morbidez querendona", la capacidad térmica, el peso ínfimo (algunos no exceden los doscientos cincuenta gramos) y la flexibilidad puesta a prueba al pasar por el aro de una alianza matrimonial.
El texto pasa revista al poncho pampa y a la araucanización de la Patagonia, un capítulo singular de la historia argentina que recupera el carácter documental de los textiles. Y da cuenta de la "resistencia" ranquel que buscaron diferenciarse de los diseños y técnicas de los telares mapuches. Estos cruces y entreveros culturales no fueron los primeros, ni los últimos. Los lectores se sorprenderán de la existencia de los ponchos ingleses, tejidos industrialmente en Manchester y exportados a la Argentina. El dato señala el rechazo a las tradiciones hispanoamericanas y la introducción del modelo inglés que, por supuesto, excede a la preferencia de una prenda indumentaria. En un orden menos político pero de no menor singularidad se inscriben los ponchos de seda, tramados y bordados en China o Filipinas.
"En mis tiempos cuando mozo, cuando soltero me vi, ponchito sobre las carnes, camisa no conocí", dice la copla que recopiló Juan Alfonso en 1926. Abrigo modesto o primor lujoso, el poncho cubrió a indigentes, patriotas y notables. La vigencia de la segunda bandera es seña de identidad nacional que la exacta investigación de Corcuera expande y proyecta en su erudición.

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