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2014 Noviembre
2014 Noviembre
Arturo Berruti
 

Como en el numero anterior, aprovechamos esta sección para presentar trabajos de los recientemente premiados. En este caso traemos a consideración de los lectores de nuestro Boletín Mensual del Maestro Hector Aricó, viejo conocido de nuestro Pregón Criollo.
Para quien no recuerde todas sus facetas, es bailarín, coreógrafo, e investigador. Docente del Instituto Universitario Nacional del Arte. Estudió danza y  composición coreográfica en Europa y Estados Unidos de Norteamérica. Actuó como maestro, coreógrafo y jurado en Inglaterra, Yugoslavia, España, Francia, Italia, Eslovenia, Unión Soviética, Estados Unidos de Norteamérica, Islas Canarias, Sudáfrica y Japón. Autor de libros y artículos sobre su especialidad. Fue premiado como coreógrafo en Inglaterra, Yugoslavia y Francia. En el año 2005 recibió el Diploma de Honor a la Trayectoria, otorgado por el Consejo Argentino de la Danza y la UNESCO.


Ahora el trabajo


 
Sobre Arturo Berutti

por Héctor Aricó, 2014


Arturo Berutti nació en San Juan el 27/03/1858 (*1). El apellido original es Beruti, pero él mismo italianizó su biografía antes de viajar a Europa; hecho que no repitieron los miembros de su familia. Nieto de Antonio Luis Beruti (1772-1841) de destacada actuación en la Revolución de Mayo; fue quien repartió junto a Domingo French (1774-1825) las famosas cintas a los patriotas. Inició sus estudios musicales en San Juan y Mendoza, y luego los continuó en Buenos Aires. Además, estudió en Leipzig, Berlín, París y Milán. Algunas de sus óperas se estrenaron en Italia. En su producción figuran la ópera Pampa (estrenada en 1897), Yupanqui, Los Héroes y Sinfonía Argentina. Falleció en Buenos Aires el 03/01/1938. El siguiente cuadro sintetiza su intento de clasificación de los Aires Nacionales, presentado en el núm. 22 de Mefistófeles el 29 de julio de 1882. Los subdivide en bailes y canciones, aunque en el siguiente cuadro sinóptico se incluyen sólo los bailes.





Aires

Nacionales

 

bailes

 

Gato      

 

 

 

 

 

 

              

 

La Mariquita Muchacha

El Triunfo

El Cielito

(Gato con pañuelo)

El Caramba

 

La Refalosa

La Huella

El Malambo

 

Zamacueca

 

La Pinzona (es casi la Zamacueca)

El Amor

La Media Caña

El Escondido

 






Establece como criterios clasificatorios la semejanza en el ritmo o en el modo de bailarse, pero la descripción se refiere más al espíritu que a la coreografía. Respecto del 1º grupo -el del Gato- dice que estas danzas se componen de castañetas, vueltas y zapateos continuos, mientras que del 2º grupo señala que en estos bailes predomina el zapateo y que son una especie de desafío entre dos personas. En cuanto al grupo de la Zamacueca manifiesta que todas tienen el mismo ritmo que esta danza. Destaca que la Refalosa es un baile neutro que no debiera estar en la clasificación porque contiene formas de Gato y Zamacueca; y que la Media Caña y el Escondido son distintas en sus figuras, forma rítmica y melódica pero son parecidas por su expresión natural y algunas de sus partes (no menciona cuales partes).

A través de sus escritos presenta las coreografías completas del Gato, el Gato con Relaciones (no lo incluye en la clasificación), la Mariquita, los Amores, el Cielito (Gato con pañuelo) y la Media Caña. Además, describe la estructura general de la Zamacueca, el Escondido y el Malambo.

Datos generales sobre los ejemplares de Mefistófeles - Semanario de Música, Teatros y Novedades, consultados en la Biblioteca Nacional hasta el año 2002.Total de ejemplares: 28, correspondientes al año I (1882). Todos los librillos tienen 8 páginas cada uno.
Ubicación: 3º piso, sección Reservados (tesoro). Desde el núm. 1 al 25 se encuentran en el Nº 68 H de la Biblioteca y además en el microfilm Nº 1009. Los núm. 26, 27 y 28 están en el microfilm Nº 1107.

Descripción individual por número:


1. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6
2. están todas las páginas
3. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
4. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6
5. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
6. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
7. están las p. 3, 4, 5, 6, 7 y 8; faltan las p. 1 y 2 (no habla sobre danza)
8. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
9. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
10. no existe
11. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
12. están todas las páginas
13. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
14. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 (no habla sobre danza)
15. están todas las páginas (no habla sobre danza)
16. no existe
17. están todas las páginas
18. están todas las páginas
19. están todas las páginas (no habla sobre danza)
20. están las p. 3, 4, 5 y 6; faltan las p. 1, 2, 7 y 8
(al no estar la p. 1 no se puede comprobar si este es el ejemplar núm. 20 o el núm. 21)
21. están las p. 3, 4, 5 y 6; faltan las p. 1, 2, 7 y 8
(al no estar la p. 1 no se puede comprobar si este es el ejemplar núm. 20 o el núm. 21)
22. están todas las páginas - “Aires Nacionales”
23. están todas las páginas - “Aires Nacionales”
24. están las p. 1, 2, 7 y 8; faltan las p. 3, 4, 5 y 6 - “Aires Nacionales”
25. están todas las páginas - “Aires Nacionales”
26. están todas las páginas (no habla sobre danza)
27. están todas las páginas (no habla sobre danza)
28. están todas las páginas - “Aires Nacionales”
* * *



La presente transcripción textual de las palabras preliminares y artículos de Arturo Berutti (en Mefistófeles - Semanario de Música, Teatros y Novedades, Buenos Aires, 1882) fue realizada en la Biblioteca Nacional. –

Año 1, núm. 1, Buenos Aires, Febrero 16 de 1882

Sale todos los jueves
Director Musical Luis J. Bernasconi
Redacción Anónima. Dirección y Administración, Calle Cangallo 625
Editor y Gte. Estanislao G. Maíz
Punto de suscrición, en los principales almacenes de música
Nuestros propósitos:
Declaramos, ante todo, que no venimos a la prensa a hacer literatura, ni a manifestar nuestras opiniones fundadas únicamente en los caprichos del gusto. Estudiantes apasionados del arte musical, nuestras críticas o juicios analíticos serán el resultado de estudios conzianzudos, basados en las opiniones de autores competentes que den autoridad a nuestra palabra. Aceptaremos toda discusión que verse sobre música, siempre que ella tenga por objeto hacernos conocer los errores en que hayamos incurrido, ilustrándonos con conocimientos del arte y no con frasiologías insustanciales.
Estimularemos al verdadero talento y combatiremos el charlatanismo; juzgaremos las obras buenas o malas con la imparcialidad que se requiere en tan delicada misión y aplaudiremos con sincero entusiasmo todo aquello que importe un progreso para nuestro país en el arte al cual hemos dedicado toda nuestra atención. No teniendo preferencias por ningunas de las llamadas escuelas musicales, clásicas, modernas, melódicas, armónicas, etc. porque eclépticos, aceptaremos todo lo bueno de todas y criticaremos lo malo, aún cuando pertenezca a autores cuya celebridad a veces es, para los soi disant inteligibles, el polvo que echan a los ojos del público para ocultarle las insulceses que el simple buen sentido le haría rechazar.
Diremos, pues, la verdad ayudados por el estudio y recordando siempre lo que Reycha ha dicho en su tratado de la melodía: la razón colocada en el centro de las ciencias y las artes, es como el sol en el sistema del mundo: ella arregla su marcha y las ilumina. Expuestos los propósitos y el objeto de este semanario en estas breves líneas, terminamos enviando a los ilustrados colegas de esta capital, desde el humilde puesto que vamos a ocupar, entre ellos, nuestro más cordial saludo.

La Redacción



Galería de maestros argentinos
El decano de los maestros argentinos
Juan P. Esnaola

Si nos dejáramos dominar por el desaliento que nos causa el poco interés con que se miran nuestras cosas, es decir, todo lo que el producto de los hijos de esta tierra ya sea en literatura, artes o industrias, ni habríamos fundado este periódico -cuya existencia a pesar de ser infernal que lo patrocina, no será inmortal- ni habríamos emprendido la tarea de ocuparnos de los músicos argentinos a quienes nuestra sociedad ha menospreciado casi siempre; pero nos hallamos dotados de un carácter perseverante y de un amor al arte tal que nada nos hará desistir de nuestro propósito siempre que tengamos los medios de contribuir a su mejoramiento de alguna manera. La lucha contra los elementos subversivos del arte, es legítima y necesaria; pero la lucha contra el indiferentismo -con perdón del diccionario- es quijotezca. Esgrimir armas inofensivas contra molinos de viento es lo que vamos a hacer con nuestro periódico; predicar en el desierto es la tarea que emprenderemos, porque nadie nos escuchará, nadie nos ayudará en
nuestra campaña artística por la indiferencia de los unos, por la prevención con que los demás miran esta clase de publicaciones y porque no nos ocupamos de política, que es el tema obligado de todo periódico que quiere hacer camino entre nosotros, pero, qué importa!

Si la música ha sido descuidada o considerada como un mero pasatiempo, si los Gobiernos han querido proteger la pintura, enviando muchos hijos de esta patria, fecunda en inteligencias, a la tierra clásica del arte, para terminar sus estudios y recibir la inspiración de aquel cielo que inspiró a tantos genios, y la música no ha merecido esa distinción; si el Brasil, más feliz que nosotros cuenta a uno de sus hijos entre los más notables compositores contemporáneos, merced al ilustre Mecénas que lo protegió enviando al autor del Guarany a Milán, en donde completó sus estudios y mereció la reputación mundial con que se consagra al verdadero talento; si para mayor vergüenza nuestra hemos tenido talentos musicales, perdidos para el arte por falta de estímulo, cuyo recuerdo apenas se conserva entre algunos amigos; si un maestro argentino, hacen tres o cuatros años que tiene una ópera escrita que acaba de merecer una mención honorífica en la exposición de Milán, -ni el Gobierno ni los amigos, ni la prensa, que poco se ocupó seriamente de ello, han tratado de que las empresas líricas la pusieran en escena- cuando en Montevideo bajo la dictadura de La Torre se puso en escena inmediatamente de compuesta la ópera de un músico sin preparación, que no ofrecía garantía de éxito; si además los mercaderes musicantes profanan el templo del arte y los falsos apóstoles tienen sus creyentes; nosotros debemos levantar nuestra débil voz para que la verdad sea conocida, protestando contra el egoísmo de los unos, la indiferencia de los otros, el mercantilismo de los charlatanes, la pedantería de los fabricantes de reputaciones usurpadas y la apasionada crítica de los que creen que para escribir sobre música debe saberse de todo menos de música; y para cumplir con un deber de patriotismo, estimulando a los jóvenes músicos argentinos y desenterrando del olvido el nombre de aquellos que hubieran podido gloriar a nuestra patria si la indiferencia no los hubiera muerto para el arte.
D. J. Esnaola fue el primero de los maestros argentinos, cuyo talento y conocimiento de contrapunto, lo coloca en un grado elevadísimo entre los músicos de su época, nacionales y estranjeros, habiendo producido campos tan notables que le hubieran hecho célebre si su carácter reservado y modesto, y el poco entusiasmo con que se reciben en nuestro país las obras de arte que no vienen confeccionadas del extranjero, no nos hubieran privado de la publicación de esas composiciones y de su estudio.
Las únicas publicadas son aquellas mas ligeras, las escritas para salón, y que no son conocidas por la generación actual sino por los aficionados de su época, que buscando la sensación musical en las bellezas melódicas y no en las grandes dificultades gimnásticas del piano, gustaban de la música producida por la inspiración espontánea. D. Juan Esnaola fallecido en 1878, nació el 17 de Agosto de 1808, y fue su 1er. maestro de música D. José Antonio Picazarri. Las composiciones de salón consisten en romanzas sin palabras, nocturnos, piezas de baile, que no tienen de bailable más que el título, y cuyo género ha sido cultivado por los compositores más notables en el piano con gran éxito, entre los que se distinguen Field, Mendelsshon,  las personas de su relación numerosas contradanzas, valses y canciones que hacían las delicias de los aficionados de aquella época; y si a la belleza de esas composiciones, se agrega la manera como las tocaba en el piano, se comprenderá el efecto que aquellas producían.

Esnaola, a la par de compositor era un gran pianista, su escuela era perfecta, pertenecía a la escuela de Thalberg, del verdadero maestro del piano, expresivo sin exageración, elegante sin pedantería, arrancaba verdaderos efectos al instrumento sin golpearle, sin gimnasia, sin mímica; sus dedos acariciaban el teclado y éste parecía devolverlo en sonidos tiernísimos las caricias recibidas. Pero Esnaola tuvo que prescindir de las romanzas de bailes pues son las únicas que imprimen nuestros editores porque tienen más salida, según la mercantil espresión que ellos usan.

Y le oímos sin embargo cuando ya su edad y su abandono respecto del arte, no habían dejado más que un Echantillon del pianista ejecutante; pero nos bastó. La agilidad podrá perderse pero la escuela, el sentimiento, la delicadeza, el tacto del maestro, no se pierden jamás cuando se tiene el corazón de un verdadero artista. Y Esnaola era un artista. El Himno Nacional fue arreglado por él de la música de Pereda y entre sus grandes obras de orquesta existe la instrumentación que hizo de la creación de Haydn. Alejado de la política no ocupa más puesto público que la presidencia del Banco de la Provincia. Fue, además, presidente de la Escuela de Música y presidente honorario de varias asociaciones musicales.

Sarli


- Año 1, núm. 2, Buenos Aires, Febrero 23 de 1882

He notado que el instrumento más en boga entre nosotros para la música del porvenir no es el piano ni el violín, no la flauta ni la ocarina, siquiera, sino el tambor.
Hay una inmensa cantidad de aficionados que se han dedicado a su estudio con un entusiasmo tal que pronto darán conciertos de tambor, pues muchos de ellos han tenido oportunidad de oírlos en las comparsas y ciertamente que no me figuraba que se pudieran obtener efectos tan sorprendentes.

La monotonía de los demás instrumentos se hace más resaltante al lado de este tan melodioso y que con tanto acierto ha sido elegido como parte obligada de todas las comparsas que se han lucido en el corso de este Carnaval. Aconsejo su estudio a todas las niñas que quieran dedicarse a la música clásica. Dícese que el consumo de espíritu que se ha hecho en el Corso de este Carnaval por algunas máscaras puede calcularse igual al líquido contenido en los pomos.
Qué lástima que haya sido arrojado con tanta proligalidad por las calles!
Reserbadlo, jóvenes mascaristas, para vuestros novios, que os aprovechará más.
¿Dónde estáis vosotros espirituales Estudiantes de la Salamanca, con vuestra sal, vuestras alegres canciones, vuestros bailes, vuestras guitarras y castañetas?
Comparad el melodioso turún tun tun... turún tun tun..., “con vuestras seguidillas” y decid algo si os atreveis a entrar en competencia. Escuchad pues el consejo del maestro Espinillo.
El maestro Espinillo



- Año 1, núm. 4, Buenos Aires, Marzo 9 de 1882

Galería de músicos argentinos - Federico Espinosa
Para las generaciones nuevas, para las aficionadas que aún se hallan en la primavera de la vida, no comprenderán lo que este nombre significa en el arte musical de nuestra patria.
Recordaron haberle oído nombrar, tendrán tal vez una idea vaga de quien era, porqué en las tertulias que daban en sus casas, cuando ellas eran aún pequeñas, habranle visto sentado delante del piano haciendo brotar de sus teclas, un torrente de notas chispeantes, vigorosas, sonoras, que electrizaban a los danzantes de una manera tal que aún aquellos más flemáticos se sentían arrastrados por el ritmo de aquellas composiciones de baile, y se mezclaban en el torbellino de la danza como los bailarines más desenfrenados.
Sus polkas, mazurcas, valses y cuantas piezas de baile improvisaba eran buscadas por todos los aficionados con un interés tan grande que se veía obligado a escribirlas y darlas a la publicidad para satisfacer las exigencias de sus admiradores, pues su culpable despreocupación llegaba hasta el punto de no querer escribir sino aquello que se le pedía. Espinosa nació el 6 de Octubre de 1830 y falleció a la edad de 41 años el 31 de Marzo de 1872.
Obligado por la necesidad del trabajo, daba algunas lecciones, pero su principal ocupación era tocar en los bailes y en el salón de recreo en donde atraía a gran concurrencia con el prestigio de su talento.
Pero su especialidad eran las piezas de baile, y alguien le llamó el Strauss argentino, no porque las composiciones de Espinosa tuvieran alguna analogía con las de aquel sino por el género que ambos habían cultivado con tanto éxito. Strauss, en un grado más elevado como maestro compositor, llenando el viejo mundo de valses deliciosos, que han quedado a pesar de haber pasado su época, como el modelo típico y clásico de esa clase de composiciones. Espinosa, en un grado inferior y en un estrecho límite, causando las delicias de los aficionados porteños con sus polkas, valses, mazurcas, improvisadas la mayor parte, llenos de originalidad, a pesar de sus melodías populares, de grande animación y de un ritmo marcadísimo que obligaba a seguir su compás aún a los más anti-filarmónicos. A la par de músico, Espinosa fue un digno ciudadano, ocupando en la Guardia Nacional empleos elevados pues fue ayudante mayor del Coronel Don
Domingo Sosa; tomó participación en la Revolución del 11 de Setiembre; fue de los más leales defensores en el sitio; se halló en la Batalla de Cepeda e hizo toda la campaña del Paraguay.

Hemos concluido, y hemos sentido un placer inmenso al desempeñar esta voluntaria tarea que nos hemos impuesto, removiendo el nombre y las obras de los músicos argentinos en el recuerdo de sus amigos, y haciéndoles conocer a la generación que se levanta y a los distinguidos estranjeros que honran esta hospitalaria tierra con sus méritos y talentos, que si aún la Patria argentina no tiene un músico que, como Gómez en el Brasil, da honra al suelo que le vio nacer, y a su ilustradísimo protector, no es porque falte el germen de que se forman los grandes artistas, sino porque el que ha de producir los Mecenas del arte argentino no está aún en estado de incubación!... Esperemos, que el mundo marche, según Pelleton, y creemos que la República Argentina también.
Sarli
La presente transcripción textual de los artículos “Un velorio con baile” y “Un velorio con baile
(Conclusion)” de Arturo Berutti (en Mefistófeles - Semanario de Música, Teatros y Novedades, Buenos Aires, 1882) fue realizada en la Biblioteca Nacional.



- Año 1, núm. 17, Buenos Aires, 11 de Junio de 1882


Sección amena - “Un velorio con baile”

Hace algunos dias encontrábame sentado en mi mesa de escribir, leyendo el “Mefistófeles”, cuando me anunciaron que un muchacho preguntaba por mí. Salí y me encontré con un campecinito de tostado rostro, vistiendo poncho y chiripá y calzando bota de potro. Apenas me vió, apartó con rapidez de su cabeza un sombrero blanco de cortas alitas caidas, puntiagudo y con barbijo, y aproximándose me entregó con respetuoso ademan una cartita diciéndome: Aquí le manda padrinito. Rompí el sobre y leí: “Amigo D. Arfrelo -Le abiso ha usté que mijita fuanita fayesió lo conbido pael belorio desta noche abrá vaile palas muchachas. Su afetticimo. Agapito bernabel”. Tan orijinal invitacion causóme risa pero no se lo demostré al muchacho, q’ tenía clavados en mí sus grandes ojos y esperaba la respuesta recomendada. Dile a tu padre que haré lo posible por asistir -dije al mensagero. Bueno, entonces adiosito, dijo el muchacho. Calóse el sombrerito, hizo una mueca para colocarse el barbijo en la punta de la barba y sacudiendo el talerito que le colgaba de la muñeca derecha, salió en busca de su caballo que, rienda abajo, esperaba en la calle.
Volví á mi asiento y púseme á pensar si aceptaría el convite de mi amigo D. Agapito. -Si no voy -decia para mí- es capaz de creerse desairado, y ya me parece oirle decir: ¡Qué vá a venir, si esta es casa de pobres! –
Sí, iré -dije al fin- pero no iré solo, me haré acompañar de dos ó tres amigos y así pasaré mejor la noche. Y poniéndome el sombrero me largué á la calle, llevando en el bolsillo la consabida invitacion. No sin algun trabajo conseguí que dos de mis amigos aceptáran la convidada, y convenimos reunirnos en mi casa á las siete de la noche, debiendo llevar cada uno su correspondiente cabalgadura.
A la hora fijada, todos estábamos listos para la marcha, y nos pusimos en camino. Soplaba un fresco vientecillo del Sur, cuyas frias caricias nos molestaban un poco. Las dos leguas que distan del pueblo á la casa de Agapito Bernabel, las anduvimos poco ménos de una hora. Por fin llegamos y nos apeamos en el palenque, el cual estaba rodeado de caballos ensillados, por lo que juzgamos que la concurrencia no escaseaba en el velorio. La habitacion de mi amigo D. Agapito es pobre, como casi todas las que pueblan nuestros campos. Un rancho embarrado, con techo de paja, que servía de aposento, comedor y, en caso necesario, de salon de baile, una cocina con el techo y paredes llenos de agujeros; una ramada para colgar la carne y á cuya sombra juega la muchacha en tanto sus padres toman el mate al compás de una milonga que toca en la guitarra algun peón ó amigo de la casa. A pocas varas de la ramada, un pozo sin brocal, á cuyos costados crecen dos sauces pobres en ramas y en hojas, y á poca distancia del pozo el corral de la majada, hecho de estacas de ñandubay y lienzo de pino; luego el palenque y... paremos de contar.
Atamos nuestros caballos y nos dirijimos á la casa.
Pero apénas habiamos dado algunos pasos comenzaron á ladrar los perros, guardias obligados en toda casa de campo, y, cuando ménos lo esperábamos, nos vimos rodeados por tres canes de formidable tamaño y aspecto nada agradable que ahullaban furiosamente y nos amenazaban con sus grandes colmillos. Mis amigos pusiéronse á la defensiva envolviendo en sus diestras las lonjas de los rebenques y revolviendo los cabos para amedrentar á los asaltantes. Yo hice otro tanto con mi arriador, cuyo mango era de cedro, y así, ellos atacando y nosotros defendiéndonos, trabamos un verdadero combate. Mientras tanto, del rancho nadie salía, á pesar de haber mucha gente, y la guitarra se oia clarito tocando un prado. Uno de mis amigos, por huir de uno de aquellos perros salvajes que le acometia sin trégua, tropezó en un apero y cayó al suelo.
El perro se lanzó sobre él con intencion, sin duda, de despedazarle á mordiscos, pero no lo consiguió, por que, ligero como una exhalacion, caí sobre él y logré asestarle un golpe con el mango del arriador en medio de la frente, que lo hizo caer atolondrado: En tan críticos momentos se oyó por fin una voz de tiple que gritó repetidas veces. -No es cosa! No es nada!... Y los perros repentinamente cesaron en su ataque, y poniendo la cola entre las piernas se alejaron con la cabeza gacha y las orejas caidas. Yo inmediatamente lo comprendí todo, pues sé cuán originales son nuestros campesinos para poner nombre á sus perros. Pero no lo entendió así mi amigo, el del porrazo, quien, encolerizado y amenazante, se fué sobre el muchacho que tan oportunamente habia venido en nuestro socorro y tomándole por el cuello, al mismo tiempo que con la otra mano le amagaba un talerazo, le dijo con voz enronquecida por el sotocon: -Con qué no es cosa? ¡estúpido! Con qué no es nada? ¡salvaje! ¿Quieres ver como te arranco las mechas y...? Juzgué llegado el momento de intervenir para evitar que mi amigo cometiera un atropello en la persona del ahijado de D. Agapito, que era el mismo muchacho portador del billete de invitacion, y, colocándome entre ambos, logré, no sin gran trabajo, apaciguar á mí enfurecido compañero que se habia empeñado en vapulear al infeliz paisanito. Algunas explicaciones pudieron convencer á mi amigo que las palabras “No es cosa”, “No es nada” que había pronunciado el muchacho, eran los nombres de dos de los mastines.
Con esto quedó terminado el incidente, y precedidos por el muchacho llegamos á la cocina, en donde se hallaba D. Agapito en compañia de ocho ó diez paisanos, todos sentados en el suelo, formando rueda, y jugando al truco, en tanto que el mate y el frasco de ginebra pasaban de mano en mano. Apénas Don Agapito nos vió, se levantó apresuradamente y se acercó á nosotros con la mano estendida:
-Amigo don Arfrelo- me dijo, haciéndome crujir la muñeca de un soberano apreton -¡usté por aquí! Me alegro que haiga cumplido, ansi deben portarse los amigos! ¿Y estos señores, vienen con usté?
-Si, don Agapito, han querido acompañarme y me he permitido invitarles á pasar la noche en compañia de vd. y su familia, á quienes damos el pésame por la sensible pérdida que han tenido.
-Mire amigazo, mejor está la chicuela en el cielo ¿oiga? al lao del Señor, que sufriendo en la cama ¿No le parece?
-Tiene vd. razon, D. Agapito; Dios hizo el cielo para que lo custodiáran los ángeles.
-Justo, pues, canejo!... Vamos aura ande están las muchachas, que aqui estamos puritos viejos.
Y abriendo los brazos don Agapito nos empujó á los tres hácia la puerta del rancho. Debo decir que D. Agapito es todo un borrachon, que no tiene más defecto que gustarle un poco el trago, y cuando se pone alegre le dá por ser generoso, ofreciendo su casa y sus bienes á todo el mundo. No es hombre de mala bebida, ni reñidor ni pendenciero, y Dios libre que lo sea, pues sus hercúles fuerzas dejarian mal parado al que cayera bajo sus puños...
Entramos en momentos en que se bailaba un gato. La pareja danzaba haciendo castañetear los dedos, al mismo tiempo que el guitarrero rascaba furiosamente las cuerdas de su instrumento, entonando con voz gangosa un sempiterno ta ra la la la la. ¡Ese muchacho!... ¡lindo!... exclamaba entusiasmado D. Agapito, viendo zapatear al bailarin cuyos piés se movian con prodigiosa rapidez, levantando un polvo que nos sofocaba. Por fin se acabó el gato, tomó cada uno su asiento y nosotros hicimos otro tanto invitados por don Agapito que me tomó de la mano y me hizo sentar al lado de una de sus hijas, regular muchacha, de mofletudos carrillos y trigueño color. Mis amigos, á quienes les habia dado fuerte en codearse, guiñar los ojos y sonreirse con aire burlon, habían tomado asiento en un largo banco no muy limpio y algo flojo de piés en que se hallaban sentadas ocho ó diez personas de ambos sexos. A mi lado habia una mesa, y sobre ella el cadáver de la niñita cuya muerte
habia dado lugar al baile. Multitud de flores se habian esparcido en torno del cuerpo vestido de blanco con cintas celestes. En la boca de la difunta niña se veía un clavel de rosados matices. Aquel cuadro de la muerte contrastaba horriblemente con la fiesta á que se habia entregado aquella gente de tan raras costumbres. Mi mente vago un momento por la mansion de los que duermen el sueño eterno, al mismo tiempo que contemplaba el rostro lívido y los miembros y restos del pequeño cadáver que parecia protestar de tal profanacion. Un tiron dado en la manga de mi saco, hizóme volver la cara, y me encontré con Panchita la hija de don Agapito, á cuyo lado me habia sentado y de quien estaba completamente olvidado.
-Buenas noches, don Arfredo -me dijo la muchacha- ¿Por qué está tan triste? ¡Ni una palabra me dice!
-¡Ah! es verdad! perdone vd., Panchita; estaba pensando en... en...
-¿En qué?
-En vd. -dije sin más trepidar, en vd. que está tan hermosa, tan elegante y cuyo perfume me embriaga hasta el punto de adormecerme.
Panchita, que vestia un baton de coco color violeta marchita, de larguísimo talle y lleno de alforzas en la espalda, ajustado á la cadera por un cinturon de tafilete punzó, y trascendiendo toda ella á humo de visnaga con cierta mezcla de agua florida, se contoneó en su asiento, y fingiendo suma modestia exclamó: ¡Qué esperanza, don; usté me lisonjia! Y queriendo adoptar una postura coqueta, se le escapó una alpargata color chocolate que Panchita, toda colorada, se apresuró á ensartar en los dedos de su pié desnudo. Entre tanto uno de mis compañeros habia pedido una polka al guitarrero, y ambos eligieron compañeras y se pusieron á bailar. Otras parejas les siguieron, y yo, por no quedarme atrás, como generalmente se dice, invité a Panchita para que me acompañara á polkear.
-No bailaré hasta que no venga la orquesta- me contestó.
-¿La orquesta?- repetí yo, entre admirado y curioso.
-Sí, taita nos prometió que haría venir la orquesta, y voy á mandarle decir que no se olvide.
Y levantándose se dirijió adonde estaba un viejo acurrucado entre un poncho pátria, y le habló al oido. Se levantó el viejo, y salió.
Panchita volvió á su sitio diciéndome:
-Ya vamos á bailar; espérese un poquito.
Terminó la polka que, dicho sea de paso, me pareció fandanguillo, y había principiado ya el guitarrero á arañar una firmeza, cuando Panchita lo contuvo gritando:
-Nó, nó, no toque, que ahí está ya la orquesta.
Todos nos volvimos curiosos hácia la puerta y yo con más curiosidad que todos por ver la orquesta.
A.    P. (continuará)
B.   


- Año 1, núm. 18, Buenos Aires, 18 de Junio de 1882

Sección amena - “Un velorio con baile (Conclusion)”

Lo que vimos fué tres napolitanos, tipos idénticos á los inolvidables limpia-botas. Uno de ellos tenia en la mano un piston muy viejo y abollado, y en cuanto á sus compañeros no dejaban ver instrumento alguno.
-Vengan, siéntense aqui, les dijo Panchita señalándole un catre viejo único mueble de dormir que habian dejado en la pieza y en cuya vieja lona estaban acostados dos chiquillos que roncaban á mas y mejor. Los napolitanos obedecieron, saludando cortesmente á la concurrencia y yendo á ocupar la orilla del asiento que se les habia dedicado.
-Bueno: empiecen á tocar alguna cosa -les dijo Panchita que esa noche tenia el mando y la palabra. Eso era lo que yo queria ver. El del piston sacó la boquilla, la sacudió, la sopló, la limpió con la manga de su chaqueta de pana color de paja, y se quedó en actitud de espera mirando á sus compañeros. Uno de estos sacó del bolsillo de su remendado pantalon una canilla de carnero, llena de agujeritos. El otro metió la mano en el seno y dió á luz un raro instrumento. Era éste compuesto de costillas de vaca colocadas horizontalmente en distancias no muy exactas y sujetos en sus estremos y por ambos costados con un piolín que iba enlazándolas una á otra. Formaban una hilera como de quince costillas mas ó menos, cuyo instrumento se colgó al cuello, sacando en seguida de uno de sus bolsillos una larga canilla, también vacuna, que empuñó con la mano derecha y comenzó á pasar por las costillas, de arriba abajo y vice-versa.
La música que se produjo pueden bien suponerla nuestros lectores.
Luego aquel extravagante y original terceto comenzó á tocar algo asi como una mazamorra incomprensible. El del piston dejaba escapar unos pus pus pus que no variaban de tono. El de la canilla de carnero se habia empeñado en no salir de un ti li ri li rí insoportable. Y al de las costillas de vaca se le habia puesto entre ceja y ceja no abandonar su ta ra ra ra trac trac trac.
Yo miré de reojo á mis dos amigos que estaban sentados en frente y les vi con el pañuelo en la boca y el rostro amoratado á fuerza de contener la risa. No tenia yo menos ganas de reirme, pero el temor de que Panchita se ofendiera me obligaba á permanecer formal y en actitud atenta.
-Aura si, dijo Panchita dirijiéndose á mi; si usté gusta, bailaremos.
-Señorita, con muchísimo placer, le contesté, y dándole el brazo comenzamos á pasearnos entre cinco ó seis parejas que hacian otro tanto, pues ninguno se resolvia á romper el baile.
Pero ¿qué diablo de pieza tocaban los napolitanos? Eso era necesario averiguar, pues aquello era un verdadero batiburrillo, que ninguno entendia.
-¿Panchita -interrogué á mi compañera- qué pieza está tocando la orquesta?
-El balse de los enamoraos.
-¡Magnífico! esclamé, conteniendo á duras penas la risa.
A todo esto las demás parejas se habian entregado al baile. Pero ¿qué diantres bailan? me pregunté. En eso uno de mis amigos pasó por nuestro lado llevando casi en andas á la compañera y silvando una polka. En seguida el otro arrastrando á la suya y tarareando una habanera. Más atrás un peon de Don Agapito con la vieja cocinera de la casa, ambos brincando como unos condenados. Y en fin, cada uno bailaba á su manera.
¿Qué debia hacer yo? Bailar también. ¿Qué pieza? La eleccion no era dudosa: El baile de los enamoraos, que segun mi compañera, era lo que la orquesta tocaba. Pues á bailar! dije yo, y pasando el brazo por el talle de Panchita nos largamos bailando un furioso vals que, en verdad, mas parecia galopa. Y era de ver la confusion que se armó! Los choques entre los bailarines fueron frecuentes y nada suaves. Dos ó tres parejas rodaron por el suelo. La pobre vieja cocinera á quien, en un momento de peligro soltó el compañero por librarse de un porrazo, fué á dar de hocicos en un mortero de algarroba en donde se pisaba el maiz para la mazamorra, y se levantó echando sangre por la nariz y pestes por la boca en contra de su descortés y desapiadado compañero. Quien mas, quien menos, todos recibimos nuestra parte desagradable en tan endemoniado maremagnun. Por fin, y á Dios gracias, los napolitanos concluyeron el terrible balse, y los bailarines fueron volviendo á sus asientos, quejándose unos, rengueando otros, los mas sudando á mares y todos maldiciendo la orquesta.
Mis dos amigos, á pesar de haber resultado uno con un chichon en la frente, y el otro con los dedos de los piés machucados, me aseguraron cuando me acerqué adonde ellos estaban, no haber pasado en su vida una noche mas divertida, pues que no habian hecho otra cosa que reir desde que habian entrado.
Don Agapito que habia desaparecido apenas nos dejó en el baile, volvió á presentarse con una botella en una mano y un pequeño vaso, nada limpio, en la otra diciendo: -Señores, siempre es güeno un traguito pá componer el pecho y calentar la barriga. Y llenando el vasito con un licor color rosa lo brindó á uno de los concurrentes. Bebió este y lo pasó al que estaba á su lado, este al otro, y asi fué siguiendo la rueda hasta llegar á mis amigos, quienes salieron del compromiso como Dios los ayudó.
Yo habia vuelto al lado de Panchita y cuando el vaso llegó hasta nosotros que éramos de los últimos, estaba tan empañado por el aliento y algo mas de todos los que lo habian acariciado, que no pude menos de mirarle con horror cuando le ví aproximarse.
A Panchita le tocó primero, y Don Agapito que era el encargado de llevar el vasito cada vez que se vaciaba, le hizo señas con la cabeza indicándole que me lo pasara al mismo tiempo que me decia: -Vamos, don Arfrelo, un traguito, que le hará güen efeto. Entre tanto Panchita me alargaba el vaso. No habia escapatoria; tenia que beber si no queria disgustar al buen don Agapito. Tomé el vaso, cerré los ojos, hice de cuenta que una hada me brindaba divino néctar y me empiné el rosa de un solo trago.
-¡Güen mozo lindo! exclamó don Agapito recibiendo el vaso enteramente vacío. Y fué á osequiar, -como él decia- a los que aún no habian gustado tan exquisito licor.
-¡Qué toque la orquesta! gritó una voz de bajo.
-¡Nó, nó, que toque el guitarrero! mahulló la vieja cocinera que habia cobrado horror á la música de los napolitanos.
-¡Ni el guitarrero, ni la orquesta!- dijo otra voz que hasta entonces no habia sonado. Todos nos volvimos para ver quien hablaba. Era un indivíduo emponchado que apenas mostraba la nariz cuya pinta asomaba entre el sombrero de anchas alas y el pañuelo de seda punzó que le cubria la parte posterior de la cabeza y ambos costados de la cara. A su lado estaba otro hombre de larga barba negra y de ojos vivos é inquietos que paseaban su mirada por entre los concurrentes con altivez y descaro. Al primer golpe de vista, el ménos ducho hubiera conocido en este indivíduo uno de esos gauchos compadres tan mentaos de guapos y cuchilleros. Vestia bombacha de paño negro ajustada á la cintura por una faja de seda roja, y entre esta y la pretina se atravesaba el facon en su vaina de cuero. No llevaba otro abrigo que un ponchito de algodón listado en vivos colores y echado con negligencia sobre el hombro izquierdo. Su planchada y blanca camisa ostentaba en los puños un par de patacones sirviendo de gemelos. Al contrario de su compañero que calzaba altas botas de cuero de lobo, él pisaba alpargatas. Sus ademanes, sus movimientos, las caprichosas posturas que adoptaba, todo en él era chocante y repugnante al que le veia.
Don Agapito, siempre amable y cumplido, se fué á ellos haciendo saludos y diciéndoles:
-Güenas noches, señores; tomen asiento si gustan.
-Y ¡como nó!- dijo el emponchado, y seguido de su compañero fueron á ocupar un asiento vacante al lado de mis amigos que hicieron un gesto desagradable cuando vieron tales fachadas aproximarse á ellos.
-Prieste la guitarra, amigo, dijo el de las bombachas, dirijiéndose al guitarrero.
-Será si quiero- contestó éste ajustando las clavijas del instrumento.
-Y si no quiere lo mesmo dá- dijo el emponchado mirándole con fiereza.
El guitarrero guardó prudente silencio y siguió probando las cuerdas con la yema del dedo pulgar. Mientras tanto un sepulcral silencio habia sustituido á la algazara que reinara antes de presentarse tan extraños tipos.
Don Agapito habia desaparecido de nuevo con el vaso y la botella. Por fin concluyó de templar el guitarrero y le pasó el instrumento al de las bombachas, diciéndole: -Vamos á ver, toquenós un zambo.
-Y chueca se las he de tocar- contestó aquel empezando á probar las cuerdas. Y luego dirijiéndose á la concurrencia: -Señores -dijo- permitanmen primero que cante pa la riunion.
-¡Que cante! dijo uno de mis amigos.
El paisano se volvió para ver quien hablaba, y cuando vió á mis compañeros, valientes sotretas -dijo- son los de pantalon; ni pá rebenquiarlos sirven.
Uno de mis amigos, el que habia querido azotar al hijo de D. Agapito, era bastante vivo de génio y pronto se le volaban los pájaros. Le ví agitarse en su asiento, ponerse ligeramente pálido y echar mano al revólver que llevaba en la cintura; pero felizmente nuestras miradas se encontraron y pude hacerle comprender que iba á cometer un disparate. Esto bastó para que se contuviera y no demostrara su enojo.

-Ahí vá una cancion pa los del pantalon, dijo el de la guitarra, y empezó:
Los que se llaman decentes
Porque llevan pantalon
No sirven ni pá sirvientes
De mi manso mancarron.
Tara-ran-tara-ran-tan, tara-ra-ran.

Pa tantito bombillero
Con sombrero de carton,
Basta mi viejo talero
O mi majoso tacon.
Tara-ran-tara-ran-tan, tara-ra-ran.

 De infelices monigotes
No pasan tuitos de ser,
Que en cuanto tienen bigotes
Ya tuito quieren saber.
Tara-ran-tara-ran-tan, tara-ra-ran


Siempre quieren ser señores,
Y mandar la paisanada,
¡Como si fueran mejores!
¡Cuando no valen pá nada!
Tara-ran-tara-ran-tan, tara-ra-ran.

Y por conclusion les diré
Que me llamo Juan Romero,
Y el que me quiera hacer pié
Que me escupa ese sombrero.

Y arrojando éste al suelo, paseó su mirada provocadora por todos los concurrentes y concluyó subiendo el tono.  Tara-ran-tara-ran-tan, tara-ra-ran.

-¡Bravo! ¡Muy bien! exclamé cambiando una mirada de inteligencia con mis amigos, que aplaudieron tambien al canto que tantos insultos nos habia regalado.
-Les ha gustao á los puebleros ¡Pucha que serán zonzos! dijo riendo el emponchado y continuó
dirijiéndose á su compañero.
-Aura cantemele á aquella rubia que dende que entré me ha flechao- y señaló á Panchita que bajó la cabeza y se puso á jugar con un boton del vestido.
-¡Ahi vá pa la rubia! dijo el cantor, y arañando las cuerdas, comenzó:

Rubiecita de mi vida,
Corazon de palomita,
Que por el campo perdida
Vivís tristona y solita.

Si querés un compañero
Pá que lo pasés mejor,
Aquí tenés á Piñero,
Que te declara su amor.

-Hasta ahi no llegan las chanzas, gaucho bruto- dijo un paisano alto y fornido que estaba sentado á mi lado y que hasta entónces no habia desplegado los lábios, y, yéndose veloz como un rayo, cuchillo en mano, sobre el cantor, hizo saltar de un solo tajo las cuerdas de la guitarra. ¡Y aquí fué troya! Un mal intencionado apagó las luces y nos quedamos en tinieblas. Todos se habian levantado; unos para huir y otros para intervenir en la contienda. Yo por mi parte confieso que era de los primeros; pero fué tal la batahola que se armó que la salida se hizo imposible. No se oían mas que golpes, juramentos y gritos de mujeres. -¿Y mis amigos?- ¿qué será de ellos? pensaba yo en tanto que trataba de encontrar la puerta. Por fin dí con esta; pero, ¡oh! desgracia! estaba cerrada. ¡Qué salvajes! pensé, aquí va a ser nuestro fin! De repente recibí una trompada en la espalda. ¡Bárbaro! exclamé, y me volví para contestar en los mismos términos persuasivos, pero la voz de uno de mis amigos me contuvo diciéndome: ¿Eras tú, querido?
¡Caramba! ¡perdona! ¡Qué diablos, si aqui no se vé nada! ¡Esto es un infierno! ¡ay! cómo me duele este brazo!... De pronto empezaron á sonar fuertes golpes en la puerta de la parte de afuera. ¡Socorro! Gimió ahogándose una voz chillona, por la que conocí á la vieja cocinera. Los golpes en la puerta se redoblaban con furor, hasta que esta vino al suelo con estrépito. El primero que se presentó fué D. Agapito, trayendo una vela de sebo colocada en una botella. Tras él venian todos los jugadores de truco, que estaban en la cocina cuando nosotros llegamos.
Todos nos lanzamos á la salida como tantos condenados y al empuje de tal avalancha rodó don Agapito, con vela y botella, y pujando por levantarse, decia: -¡Punta de brutos, canejo! ¡Qué pucha les ha entrao á estos maulas! -¡Paso! ¡Paso! -gritó una voz, y dos hombres se precipitaron al patio, corriendo como exhalaciones en direccion al palenque, y un minuto despues se sintió el galope de dos caballos que se alejaban con rapidez. A todo esto don Agapito estaba ya en pié y la luz volvió á encenderse.
Entonces pude ver á mis dos amigos, uno con el brazo lastimado y el otro con un soberano chichon en la frente y un tajo en la mano izquierda, del que manaba la sangre en abundancia. Me aproximé a ellos y los invité á retirarnos. -¡Cuánto mas pronto mejor! ¡Uh! reniego del velorio y de la hora que se me ocurrió venir -dijo el del chichon, haciendo gestos y estañando con el pañuelo la sangre que brotaba de su herida.

Los tres nos encontrábamos solos en el patio, pues todo el mundo estaba en el lugar donde se habia librado el combate, haciendo comentarios sobre el hecho ocurrido. Juzgué la ocasion propicia y dije á mis amigos:


-Vamos, antes que salga don Agapito y nos obligue á entrar de nuevo.

-Mi sombrero está adentro- dijo uno de ellos.
-El mio tambien- dijo el otro, -pero yo me voy sin él.
-¡Qué diablos, y yo tambien! resolvió el otro.
-Como gusten- dije yo, que lo que queria era salir pronto de aquella casa y llegar á la mia. Y nos fuimos al palenque. Pero en vano buscamos nuestros caballos, porque no estaban allí.
-¡Adiós! ¡esto no mas faltaba! exclamó uno de mis compañeros- Nos han robado los caballos!
-Efectivamente -dije- aquí no están.
-Y ¿qué hacemos? preguntó el otro.
-Diablos ¿qué hemos de hacer? montar en tres de estos, y largarlos cuando lleguemos- dije, buscando uno ensillado. -Habian allí como diez caballos, unos con recado, otros en pelo.
No tardamos en estar montados, y sin mas esperar, nos lanzamos al galope en direccion al pueblo. Cuando llegamos á las quintas de este, sugetamos los caballos y los pusimos al trote. Y aquí empezaron nuestros comentarios sobre el velorio y sus incidentes. -¡Cuánto me arrepiento de haberte acompañado! me decía uno de ellos-
-¡Vayan al diablo los campesinos con sus bailes y sus velorios -decia el otro- No seré yo el que vuelva á ir.
-Son vds. unos tontos -les decía yo- Se han divertido hasta mas no querer; han reido hasta casi reventar, y por que han recibido unos arañazos sin importancia, vienen ahora gimoteando; eso no deben hacer hombres sérios como vds.
Y así, riéndonos unas veces y otras criticando las costumbres semi-salvajes que aun predominan entre los habitantes de nuestra campaña, llegamos al pueblo. En cuanto entramos á las calles nos apeamos y soltamos los caballos, que partieron al trote, cada uno á su querencia. Serian las tres de la mañana cuando nos separamos para irnos á dormir. Y fué aquella una noche que jamás olvidaremos. A don Agapito no he vuelto á verlo, pero supe por su ahijado, á quien ví hace unos dias que Panchita estaba enferma á consecuencia del sustazo que se habia chupao, como me decía el muchacho.
-¿Y los demás de la familia, se encuentran buenos? le pregunté.
-Tuitos buenos, señor, solo ña Getrudis anda medio rengueando y con las ñatas atadas- concluyó el muchacho y saludando se marchó.
Para concluir diré que doña Getrudis es la cocinera ¡Pobre vieja!
A.P

(*1) Datos extraídos del libro 35, folio 25, de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced de San Juan, dependiente del Arzobispado de San Juan de Cuyo. Así lo cita JUAN MARÍA VENIARD en su libro Arturo Berutti; un argentino en el mundo de la ópera (Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega”, Bs. As., 1988).

Fuente : http://www.hectorarico.com.ar/


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