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2014 Noviembre
(Novena Nota)_ Por Rafael Munich
 

                                                                             Por Rafael Rumich

    El hombre es un sujeto social. Si lo analizamos desde su constitución como una entidad individual y, especialmente, desde la perspectiva de reflexión y especulación que ofrece la filosofía, el sujeto encierra en sí una amplia y difusa complejidad, sumamente sugerente y fascinante que impulsa a ser explorada.
    Si ubicamos y analizamos al ser humano como una individualidad, tratando  de descifrarlo y entenderlo como tal, de por sí ya estamos ingresando a un ámbito indefinido y, a la vez, cautivante. Analizada desde la disciplina  desde la cual nos dispongamos a examinarla la individualidad, como bien expresa la filosofía, es “una amplia y difusa complejidad”.

    Si tratamos de hacerlo desde la psicología tendríamos que preguntarnos hasta dónde estamos atrapados por la inconsciencia del ello y del superyó, y, si en realidad, existe el “yo psicológico” como entidad independiente y autónoma.
    Si lo abordamos desde la sociología, el hombre pierde su condición de individuo, deja de ser un objeto de estudio de carácter particular, propio y característico de sí; es desprendido de la posibilidad de ser analizado como alguien o algo para transformarse en un “sujeto” de estudio puesto que ya no es indagado como individuo sino como sujeto social; aquí prevalece aquello de “el hombre es una entidad individual pero actúa de manera determinada”, un producto definido por la sociedad, es decir, está “sujeto” y “sujetado” por ella.
    Lo mismo sucede con las antropologías. En este caso, el hombre es examinado como unidad de estudio para llegar a entender el comportamiento y la producción de elementos socioculturales que fabrica, elabora, consume, exterioriza y difunde para satisfacer necesidades de carácter material, gregarios o espirituales para así poder desenvolverse en relación con el grupo o la comunidad, con cuyos integrantes se relaciona, interactúa e interacciona, obligado a compartir y coexistir, ocasional o permanentemente, en un espacio y un tiempo común.
    La historia por su parte se encarga de ordenar los sucesos acaecidos, y apoyada por la heurística y hermenéutica, basada en el estudio y análisis de documentos, trata de interpretar los hechos y las consecuencias de los mismos. La mayoría de las veces el descubrimiento de nuevos datos o materiales documentales invalidan toda una narrativa previamente instalada. Asimismo, no siempre se disponen de todos los documentos que avalan un relato. De allí que, cada vez, haya más adeptos a las posturas y normas establecidas por el revisionismo histórico. Esta práctica tiende, en el campo de las ciencias sociales a someter a revisiones periódicas y metódicas, doctrinas, posturas e interpretaciones preestablecidas a fin de poder actualizarlas para que sirvan adecuada y beneficiosamente a fin de abordar la realidad,  satisfaciendo sus exigencias. En el campo de la historia se encarga del estudio y resignificación de ella. De este modo se ha otorgado el reconocimiento académico que precisa, eliminando el calificativo peyorativo que poseía. Mediante el mencionado proceso se produce la reinterpretación de sucesos históricos apoyados por la incorporación y estudio de nuevos datos, o se propicia la  reformulación y readaptación de aquellos tenidos como legítimos e innegables.
    En el caso especial de los estudios historiográficos debe distinguirse la diferencia que existe entre historicidad, historia e historiografía. La falta de comprensión o la confusión acerca de estos conceptos que definen espacios disciplinares específicos pueden provocar equívocos que sólo producen mayor confusión y desacierto.
    Favorecidos por tales avances epistemológicos y metodológicos, en la actualidad se ha alcanzado un cierto consenso en el ámbito de las ciencias sociales: Nada de lo producido o registrado por las diversas disciplinas es inmutable: los paradigmas cambian, las matrices varían; la verdad y la certeza se diluyen, las teorías quedan reducidas a construcciones especulativas difíciles de ser aplicadas a la realidad porque todo cambia vertiginosamente, varía el mundo y consecuentemente las representaciones socioculturales que tenemos de ellos. Es un provechoso adelanto que impide la instalación de dogmatismos, reduccionismos, cientificismos y propicia el dinamismo, la creatividad, la actualización cognitiva, favoreciendo de esta manera la construcción de conocimientos filosóficos, científicos y la creación artística.
     En esta trama que se establece entre individuos y sujetos sociales, donde el hombre como unidad presenta características especiales pero, como parte constitutiva de un grupo o colectivo, pierde la cualidad que otorga la individualidad, actúa, se desenvuelve, produce y se transforma la sociedad, pero no deja de incidir sobre el hombre como individuo y en la medida que avanza el tiempo esta situación se acrecienta.
    Como sujeto en cuanto persona, el individuo es considerado como el espíritu humano en oposición al mundo, “en cualquiera de las relaciones de sensibilidad o de conocimiento, y también en oposición a sí mismo como término de conciencia”.
    Si analizamos detenidamente pareciera que en esta descripción existe una contradicción. Por un lado, el hombre pierde su condición de individuo porque está “sujeto” por la sociedad; por el otro, éste aparece oponiéndose al mundo exterior.
    Cuando se expresa o manifiesta algo a través de la práctica discursiva, utiliza para identificarse el pronombre personal “yo”, pero en término de conciencia ese “yo” también se opone a si mismo, es decir entra en conflicto con su propia interioridad y, a partir de ese hecho, van conformándose sus subjetividades, a pesar que el “yo” psicológico se describe como la parte consciente del individuo, mediante la cual cada persona se hace cargo de su propia identidad y de sus relaciones con el medio.
    Lo hasta aquí expuesto justifica ampliamente que “el sujeto encierra en si una amplia y difusa complejidad”, pero, además, lo que más nos interesa resaltar es que a partir de este punto comienza a emerger la importancia del folklore como objeto de investigación o estudio y el Folklore como un amplio saber y hacer que puede ingresar e indagar hasta en el más insondable intersticio del  individuo humano y, de igual manera, en el ámbito en el cual vive y forma parte como sujeto social.
    Esto es lo que la hace diferente a esta meta-meta discurso o mega disciplina de todas las ciencias sociales, aunque, obligadamente, recurre a todas ellas como auxiliares porque precisa contar con los conocimientos que construyen y poseen las diferentes especialidades en su campo de acción. Cada una de ellas tiene como objeto el estudio de un sector o parcialidad de la realidad, mientras que el Folklore la atraviesa totalmente y, en cuanto al individuo humano, no solamente indaga en el “yo” psicológico, es decir la parte consciente de la persona, sino también en los ámbitos de la inconsciencia, ya sea el ello o el superyó.
    Aunque  pareciera que en estos mecanismos primara la perspectiva biologicista, las investigaciones realizadas han confirmado la envergadura de los efectos que produce la incidencia de la sociedad y la cultura en la mente humana, pues es en el superyó  donde se constata la presencia e influencia de ambas.
    Pero la mente humana todavía es una zona insondable, desconocida. Aún no contamos con todos los recursos ni las evidencias para entender plenamente qué somos, cuál es nuestra  constitución como entidades biopsicológicas. Esta situación nos lleva a oponernos a nosotros mismos. Si el conflicto se inicia en nuestra propia interioridad y no podemos resolver ni conciliar conscientemente tales disyuntivas, es comprensible que por extensión estemos en oposición al mundo exterior.
    Esta circunstancia se origina porque el “yo” psicológico o sea la parte conciente de la mente humana es el que trata de hacerse cargo de la propia identidad y de relacionarse convenientemente con el medio. Pero ese “yo” se forma a instancia del ello, quién con el superyó son los que dominan la mente humana. Estos son inconscientes, razón por la cual muchos de nuestros actos o pensamientos no sabemos por qué ni cómo se producen. En definitiva, al no ser dueños de nosotros mismos y sólo una parte es consciente, las contradicciones van a proseguir y nuestra relación con el mundo exterior seguirá siendo difícil de sobrellevar.
    Aunque muchas conductas y actos son inconscientes y, la mayoría de las veces ni tenemos noción de algunas comportamientos que ejercemos, lo mismo, tanto las representaciones sociales como el imaginario colectivo son alimentados de diversas formas y con distintos contenidos, posibilitando la percepción de la realidad de distintas formas puesto que es el superyó  el que recrea en nosotros la idea que nos forjamos de la sociedad y la cultura, construyendo en cada uno una realidad individual, producto del ámbito sociocultural en que nos formamos como sujetos sociales.
    Por eso algunos pueden escuchar el silbido del pombero y otros no, algunos creen en los dones que les puede ofrecer Baltasar, el santo de los cambá y otros califican este acto de fe como paganismo, están lo que creen en la protección del curundú y otros lo califican de un acto supersticioso, ciertas personas distinguen las almas en pena y otros no las perciben, determinados jóvenes para enamorar a la “prienda” de sus sueños, a manera de sortilegio, le hacen “paye”, mientras otros califican este procedimiento de “bárbaro e inculto”.
    Por nuestra parte entendemos que en vez de hacer un reduccionismo de la realidad debemos esforzarnos por ampliar el campo con mayor cantidad de herramientas epistemológicas y metodológicas que permitan ampliar los espacios de estudio.
    Al no tener la capacidad de comprensión de la realidad en su totalidad, a aquello que no podemos explicar le hemos atribuido el nombre de ámbito o espacio mágico, relegándolo al campo de las creencias populares, muchas veces en forma discriminatoria o peyorativa. Simplemente, porque todavía ignoramos muchas cosas, no porque no existan o porque simplemente le atribuimos el carácter de productos de la superstición, aunque algunos estudiosos ya se han atrevido a llamarlos fenómenos parasicológicos.
    Según la Academia de la Lengua Española, magia puede definirse como encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo, asimismo, para generar un acto mágico se recurre al arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de elementos mediadores, sean estos personas humanas u objetos de distinta procedencia.

     ¿Realidad, existencia, imaginación, creencia? Sea como sea están presentes en la mente humana, son parte de nuestra realidad. Asimismo, constituyen un segmento del cuantioso material que compone el patrimonio del folklore y lo estudia el Folklore.
    Si el Folklore tiene como objeto el estudio de la sabiduría del pueblo, le corresponde analizar todo este material en forma integral, con el auxilio de todas las ciencias y los otros saberes. Por tener esta función es una megadisciplina.
    El  hombre cognitivamente aún ignora muchas cosas. Para cubrir esos huecos está el Folklore, esa es su tarea: ayudar a echar luz allí donde todavía prevalece la oscuridad. El alumbramiento de la mente humana  es su misión.
    La sabiduría del pueblo, lo que Willians Thoms denominó folk-lore, es tan amplia y está presente, de una u otra manera, en todos los espacios y saberes que durante el transcurso de la historia de la humanidad el hombre ha ido creando o construyendo, incluso, en lo que todavía no ha gestado o generado, ya sea la religión, la filosofía, las ciencias y, como culminación de la producción del espíritu su expresión a través de las artes.
    Por eso el Folklore es tan abarcador e integral. Sus objetivos de estudio solo pueden alcanzarse atravesando toda la realidad. Por eso también tiene la importancia que tiene y tantas tareas por cumplir.
    Hasta la próxima.


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