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Chiquitos
Chiquitos
Reviven las misiones de “Chiquitos”, Lucía Gálvez
 

Hace unos años se descubrieron en Santa Cruz de la Sierra, en pueblos de origen jesuítico-chiquitano, mas de cinco mil partituras del siglo XVIII y XIX, algunas cuidadosamente conservadas por los Cabildos Indígenas y los “solfas”, como llaman a los músicos y fabricantes de violines en la Chiquitanía, y otros en lugares tan insólitos como el cuarto de baño de una sacristía. Se trata de la mayor y más valiosa colección de música barroca colonial y misional.

Todos conocemos la existencia de los treinta pueblos de guaraníes instalados en la cuenca del Plata por iniciativa de la Compañía de Jesús. Muchos han considerado esta obra como la realización de la Utopía soñada por Tomás Moro: un lugar donde la gente trabajara la tierra y gozara de sus frutos alabando al Creador, sin conocer la miseria ni las disparidades hirientes. Este maravilloso experimento había sido emprendido con la colaboración de indígenas guaraníes y de religiosos europeos conscientes de su misión evangelizadora y capacitados para llevarla a cabo a través de un desarrollo económico y una calidad de vida basada en la cultura y la espiritualidad. Los jesuítas fueron expulsados y los pueblos mal administrados decayeron, pero lo que los llevó a su destrucción y desaparición fueron las guerras del siglo XIX y el despojo paulatino de que fueron objeto mientras la selva iba envolviendo lo que quedaba de casas, colegios, talleres e iglesias.

No demasiado lejos de allí, está la llamada “Chiquitanía”, región boscosa de cotizadas maderas, palmares y serranías limitada por tres ríos: el Pilcomayo al sur, el Paraguay al este y el Grande al oeste. Diez pueblos de Chiquitanos lloraron también, en 1767, la partida de sus queridos padres. Tenían la misma traza de los pueblos jesuítico-guaraníes y la forma cotidiana de vivir estaba también orientada hacia lo sagrado, tanto en el trabajo como en la fiesta. Lo extraordinario es que estos pueblos fueron preservados de la codicia y la rapiña de las guerras, por estar lo suficientemente aislados de las grandes ciudades y no tener grandes riquezas, pero sobre todo porque los Chiquitanos, han sido los mas celosos guardianes de sus tesoros, tanto espirituales como materiales: desde las enseñanzas evangélicas contenidas en los sermones escritos en su propia lengua con perfecta caligrafía jesuítica, (que leían los “solfas” al pueblo cuando no había sacerdote) hasta el patrimonio arquitectónico, plástico y sobre todo, musical encerrado en sus iglesias de madera y adobe, exquisitamente talladas o imaginativamente pintadas.

Estas joyas del siglo XVIII americano se estaban deteriorando a pasos agigantados, a pesar del constante celo de los Chiquitos que iban reemplazando las piezas dañadas y recopiando las partituras mas utilizadas. En 1943, don Plácido Molina Barbery, mientras trabajaba en la demarcación de los límites de Bolivia con el Brasil, descubrió San Ignacio y quedó paralizado de admiración ante su venerable belleza. Fue el punto de partida de una verdadera campaña para rescatar esos pueblos e iglesias del olvido y darlas a conocer al mundo entero. Fotografió rincón por rincón de San Ignacio, Santa Ana y San Rafael. La urgencia era justificada, pues el deterioro de San Ignacio, la mayor de todas las iglesias, era tal que las autoridades eclesiásticas habían resuelto demolerla. El Archivo Fotográfico iniciado por don Plácido fue decisivo en el momento de la reconstrucción. Antes de esto pasaron años de infructuosa prédica dentro y fuera del país destacando la urgencia de rescatar “la historia de un pueblo, de una raza que se va”, de sus costumbres centenarias, su arte y su música, mixtura de costumbres europeas del siglo XVIII expresadas con la sensibilidad de un pueblo en la etapa seminómade. Por fin, en 1958 se produjo el milagro esperado: un jesuita alemán, el padre Félix Platner, interesado en esa región en la que, mas de 200 años antes habían descollado jesuitas germanos y suizos de múltiples habilidades artísticas, arquitectónicas y musicales (como los padres Schmid o Knogler) viajó en compañía de un fotógrafo profesional y publicó luego un libro que asombró a Europa. En 1972 llegaba a Bolivia el arquitecto suizo Hans Roth, (recientemente fallecido) con el encargo de dirigir las restauraciones. La mano de obra serían los mismos Chiquitanos que habían aprendido de sus padres y traían en sus propios genes, la habilidad para tallar maderas, hacer música o pintar paredes con la flora y los adornos mas imaginativos. San Ignacio se rehizo. San Rafael y Concepción fueron dejadas como nuevas después de varios años de trabajo. Actualmente están en restauración Santa Ana y San José, la única de piedra. En San Javier, la primera fundación, especialistas austríacos rescataron las viejas pinturas de columnas y paredes y la iglesia llegó a los trescientos años del pueblo en 1991, luciendo la pátina del tiempo.

Entrar al inmenso patio rodeado de torneadas columnas de madera y apenas iluminado por la luz de las estrellas es una experiencia única. Las voces de las campanas dando la hora intensificaban la sensación de estar en otro siglo y en otro mundo. La sensación se repite al compartir la alegría de la música y los bailes en la explanada frente a la bella iglesia. Entre ellos, el llamado “sarao” representaba en si mismo una síntesis cultural: adolescentes de ambos sexos, vestidos de blanco bailaban haciendo distintas figuras mientras trenzan y destrenzan cintas de colores. La vieja danza europea de las “Kalendas mayas”se americaniza en los instrumentos de los músicos y los pies descalzos de los bailarines chiquitanos.

En San Ignacio, situada a casi seis horas de San Javier, puede comprobarse también que algo de aquellos tiempos sigue vigente en el pueblo reunido para la misa y el concierto, en la piedad y musicalidad expresada en los cantos por grandes, jóvenes y chicos. Su actitud muestra una continuidad entre el pasado y el presente: allí no ha habido ruptura.
 
La nación hermana de Bolivia nos indica con estos emprendimientos integradores un camino a seguir.

 


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