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La mujer en la lucha por nuestra Independencia
La mujer en la lucha por nuestra Independencia
Por María Cristina Fernández
 

En la localidad de Campo Santo, al sur de la Provincia de Salta, hay un algarrobo histórico con la leyenda:

“Algarrobo bajo cuya sombra, según la tradición, descansó el General Belgrano y en el cual fue amarrada Gertrudis Medeiros, esposa de Juan José Fernández Cornejo cuando fue tomada prisionera por los realistas por haber colaborado con los patriotas”.

Gertrudis Medeiros fue una de las mujeres de inocente aspecto y temple de acero que luchó por nuestra Independencia. Su vida y la de muchas otras, de todos los niveles sociales, fue heroica porque mientras los hombres se batían en el campo de batalla ellas esgrimieron las armas; cosieron uniformes; dieron apoyo afectivo; o se arriesgaron a morir fusiladas. Varias perdieron su fortuna o les fueron confiscados sus bienes. Por eso ocupan un lugar en la memoria de sus pueblos y el cancionero mantiene su vigencia como abanderadas del patriotismo.

Entre estas mujeres, algunos autores describen y exaltan a Juana Moro; Juana Azurduy; Macacha Güemes; Carmen Puch; entre otras. Por ejemplo la zamba La Juana Moro, de Giménez y Canqui Chazarreta, dice en dos de sus estrofas:

 “Cuando fue sometida
 la tierra gaucha
 llevaba los mensajes
 al paisanaje en batalla.
 Llegando al río Arias
 desde Quebrada del Toro
 con un parte guerrero
 la sorprendieron los godos
 pero guardó el secreto
 a los nuestros, la Juana Moro.
 Fue mujer y fue leona
 entre todas, la Juana Moro”.

Juana Moro era una delicada dama jujeña radicada en Salta. En 1813 convenció al Marqués de Yavi, noble con rango militar que provisoriamente gobernaba Salta, de abandonar la lucha contra los patriotas. El 20 de febrero, durante la batalla de Salta, el marqués comandaba un ala del ejército de Pío Tristán y decidió retirarse sin atacar. Esto contribuyó al triunfo de Manuel Belgrano.

Durante las posteriores invasiones realistas Juana vestía de gaucho o de viajera inofensiva, se trasladaba a caballo registrando recursos y movimientos del enemigo. En una oportunidad fue descubierta y obligada a cargar pesadas cadenas pese a lo cual no delató a las tropas a las cuales era leal.

Durante un sitio español a Salta, Juana fue condenada por sus actividades a morir en su hogar. Todo orificio fue tapiado para aislarla, una familia vecina se condolió de ella, oradó la pared y le proveyó agua y alimentos hasta que los patriotas recuperaron el dominio de la situación. Por esa condena que felizmente no se logró cumplir Juana Moro fue apodada “La Emparedada”.

Otra Juana, grande, americana, fue Juana Azurduy de Padilla. A ella le dedicaron una zamba y una cueca. En la zamba titulada Juana Azurduy, C. Molinero y L Manzini dicen:

 “Montonera de un tiempo de gloria
 tu renombre en los cardos golpeó
 amazona valiente y guerrera
 alzada entre el pueblo te armaste la voz
 con la fuerza de la tierra joven
 que en vino levanta la nueva Nación.
 Vamos Juana que Aguilera
 con pistola mató a tu Manuel
 lo deguella y su cabeza lleva
 clavada a una lanza en Laguna exponer”.

Juana Azurduy era altoperuana, nacida en las proximidades de Chuquisaca –hoy Sucre- en 1.780. Siendo muy pequeña quedó huérfana de padre y madre, junto a su única hermana, en su juventud se hizo cargo de la importante estancia que la familia poseía.

Se casó con Manuel Ascencio Padilla, con quien constituyó una pareja excepcional unida por el amor y los fervientes anhelos de libertad. Ambos apoyaron los movimientos revolucionarios en La Paz, Cochabamba y Buenos Aires y pusieron sus vidas al servicio de la independencia. Con sus tropas apoyaron a los ejércitos patriotas ansiosos por finalizar con la tiranía española.

El matrimonio intervino en numerosos combates y escaramuzas. Con gran dolor vieron morir en 1814 a sus cuatro pequeños hijos, víctimas inocentes de enfermedades contraídas como consecuencia de la difícil vida que llevaban junto a sus padres. Al año siguiente, durante un asedio realista, nació la quinta y última hija de la pareja, la única que sobrevivió a Juana.

En 1.816 Manuel Padilla fue cercado y decapitado en El Villar y su cabeza expuesta públicamente. En un acto de valentía, su esposa recuperó la cabeza, le hizo rendir honores y le dio cristiana sepultura. Juana continuó luchando a las órdenes del Gral. Martín Güemes, quien la respetaba y valoraba. Cuando Güemes falleció Juana quedó sola, con sus angustias y sumida en la pobreza. Pese a haber sido distinguida con un grado militar, no logró que el gobierno central cumpliera su compromiso de pagar por sus servicios.  Cuando regresó a su tierra sus bienes ya no le pertenecían, habían sido confiscados. Esta amazona valiente y guerrera a la que Félix Luna llama en su cueca flor del Alto Perú murió en la máxima pobreza un 25 de Mayo, en 1.862.

A Macacha –María Magdalena Dámasa Güemes de Tejada, hermana menor del Gral. Martín Güemes- le dedicaron temas en distintos ritmos: vidala, serenata, trova, chacarera y malambo. León Benarós en la chacarera Señora Macacha Güemes la describe diciendo:

 “Señora Macacha Güemes
 mujer de Román Tejada
 la Patria le debe gloria
 por noble y determinada.
 Bondad de fueros la suya    
 nadie los ha puesto en crudo
 porque usted trató al humilde
 lo mismo que al copetudo”.

Macacha recibió la educación habitual para las mujeres de su época y posición, pero poseía cualidades propias que le permitieron descollar como patriota. Cosió uniformes pero también desempeñó arriesgadas tareas de espionaje a favor de la independencia despertando la admiración de los realistas. Quizás basándose en ello en La trova de la Macacha, César Perdiguero poetiza lo que un enemigo pudo decirle al partir:

 “Aquí traigo, Macacha, la luz de las guitarras.
 aquí te dejo un ramo de luna y de jazmín.
 quiero adornar tu reja con mi copla de España,
 dulcísima enemiga: te bendigo al partir”.

Macacha lideraba una red de informantes que actuaba en Salta, Jujuy y Tarija, aportando datos fundamentales para controlar al enemigo. Entre los integrantes de la red se encontraban mujeres de la alta sociedad y campesinos que mezclándose con partidarios y opositores recogían datos que ella interpretaba y transmitía a Martín. Por ello en el malambo Macacha Claudio Román y Chichí D’Angelis cuentan que ella era:

 “Macacha, bien hembra!
 bien gaucha, bien macha
 como lo exigía la historia de ayer!
 Ella con bravura tejía leyendas
 llena de heroísmo
 por la libertad, por la libertad
 por la libertad.Libertad!!!”

Fue muy querida por el pueblo debido a la generosidad con que ayudaba a los necesitados quienes la llamaban “Mamita de los pobres”, como lo describe Jaime Dávalos en la Serenata titulada La Macacha:

 “Mamita del pobrerío
 palomita mensajera
 que entre el gauchaje lucía
 lo mismo que una bandera”.

Güemes se encontraba con ella cuando una partida realista lo atacó e hirió en Salta, el 7 de Junio de 1.821, causándole la muerte pocos días después. Ese  suceso inspiró a Pedro Blomberg quien en el tema Macacha Güemes le dice:

 “Besaron tus labios del héroe la frente
 en la noche oscura que lo vió caer
 tembló entre las lanzas tu lágrima ardiente
 Magdalena Güemes, porque eres mujer!”

Otra dama, Carmencita Puch, se destaca por haber sido, igual que Remedios Escalada, la dulce esposa que soñaba disfrutar un día de su heroico compañero y una Patria libre. Mientras tanto, sufría, se desvelaba y criaba a sus pequeños hijos en las angustias propias del amor ausente. En la zamba Carmencita Puch de Güemes, José Ríos y César Isella le cantan:

 “Había en sus brazos materna tierra
 aunque en la guerra no fuera igual
 ya que sus manos crispaban fuerte
 toda la suerte del General.
 Carmencita, amor de Guemes,
 estrella blanca, caliente va
 hay una historia de cielo y lanzas
 que en alabanzas te nombrarán”.

Estoicamente Carmencita escapó con sus hijitos cada vez que el enemigo quiso hacerla su presa para obligar a Martín Güemes a abandonar su espada. Pero el destino que soñaba no estaba sobre la tierra, cuando su esposo murió se fue con él. Ella tenía 25 años, huérfanos de padre y madre quedaron dos de los tres frutos de aquél inmenso amor.

Las mujeres nombradas son sólo algunas de las que merecen nuestro recuerdo permanente. Otras admirables destacadas durante la lucha por nuestra independencia fueron: Andrea Zenarruza de Uriondo; Candelaria Pacheco de Melo de Anzoátegui; Isabel Gorriti; Juana Torino; María Petrona Arias; Martina Silva de Gurruchaga; María Loreto Sánchez Peón de Frías; María Magdalena Goyechea y de la Corte. De otras no se saben sus nombres, como las llamadas “Niñas de Ayohúma”, que acompañaron a los hombres al frente de batalla, asistiéndolos. Sean estas líneas un respetuoso homenaje a todas ellas.

 


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